MINIMIZAR LOS RIESGOS

Ética en investigación médica: Xavier Sáez-Llorens

La investigación ha logrado avanzar el conocimiento médico de forma espectacular durante los últimos 50 años. Comprendemos mejor la patogénesis de las morbilidades, la etiología microbiana de las infecciones, los factores de riesgo para dolencias específicas y la seguridad o eficacia de fármacos o vacunas, tanto para el tratamiento como para la prevención de los numerosos padecimientos que perturban a la humanidad. Debido a las variantes fisiológicas que exhiben las personas afectadas, resulta claro que no existen enfermedades sino enfermos. Dependiendo de la vulnerabilidad genética, la robustez inmunológica y el grado de exposición a la agresión externa, toda aflicción transita por un amplio espectro de manifestaciones que van desde el estado asintomático, perceptible solo en los confines del laboratorio, hasta la presentación florida, reconocible a simple vista. La investigación es la única herramienta para llegar al óptimo entendimiento de las causas que distorsionan constantemente nuestra salud. Hoy en día se puede afirmar que un individuo completamente sano es simplemente un paciente inadecuadamente estudiado.

La investigación, empero, debe ser democratizada. Es inaceptable que más del 85% de los ensayos clínicos se emprendan en naciones industrializadas cuando es en áreas tercermundistas donde prevalecen enfermedades prevenibles y mortalidades anticipadas. En numerosas ocasiones, además, una estrategia terapéutica o profiláctica que demuestra ser eficaz en Estados Unidos o Alemania, se asocia a fracaso o efectividad parcial cuando se utiliza en gente con disímil entorno étnico, nutricional, cultural o ambiental. Resulta injusto, quizás hasta pernicioso, que los libros de texto destinados al aprendizaje de los estudiantes de medicina de América Latina, solo tengan autores anglosajones o europeos y que la información vertida sea basada exclusivamente en estudios conducidos en esas poblaciones. Por tanto, la mejor forma de adquirir sapiencia que tenga inmediata aplicación en el lugar donde practicamos la profesión, es a través de la investigación local.

Sin ánimo petulante puedo aseverar que debido a 20 años de conducir investigación en Panamá, con el apoyo de un excelso equipo de colegas, enfermeras y colaboradores, la infectología criolla tiene poco que envidiar a la que se ejerce en instituciones pediátricas de primer nivel. Los estudios realizados nos han permitido identificar los gérmenes que causan las infecciones de niños panameños, sus patrones de resistencia, las terapias más confiables y las modalidades preventivas más impactantes. Gracias a nuestra participación en ensayos multicéntricos foráneos, las agencias reguladoras más prestigiosas del mundo (FDA, EMA), han aprobado varias drogas y vacunas de gran relieve para el manejo de sida, meningitis, neumonía, bronquiolitis, otitis y diarrea, entre otras patologías. Es motivo de orgullo profundo, que un ensayo clínico efectuado en infantes latinoamericanos, que incluyó a cuantioso personal sanitario panameño de hospitales, centros y policlínicas, fue premiado por la prestigiosa revista Lancet, como la mejor investigación del año 2006, de entre casi medio millón de publicaciones científicas.

Debo admitir, sin embargo, que nada ha sido fácil en estas dos décadas. Para practicar investigación de calidad, hemos tenido que combatir envidia, ignorancia, burocracia y amarillismo mediático. Hasta hace poco, todo proyecto de investigación debía pasar por dos evaluaciones éticas secuenciales, no paralelas, para optar por su aprobación. La primera por una comisión del nosocomio donde se ejecuta el ensayo y la segunda por una entidad nacional con sede en el Instituto Gorgas. En países desarrollados no existe este tipo de duplicidad evaluadora. Debido al incremento de estudios biomédicos en Panamá, la aprobación final solía tardar varios meses. En un escenario global cada vez más competitivo, el tiempo perdido no solo es tedioso y riesgoso, sino costoso. La excesiva demora desestimula el interés de compañías farmacéuticas, núcleos universitarios o fundaciones filantrópicas para patrocinar investigaciones localmente, lo que les lleva a movilizar sus protocolos a otros lares, carentes de tanta traba logística. Pese a mi aprecio por el trabajo arduo y desinteresado desplegado por los integrantes de la instancia ética precedente, hacía falta que alguien con visión de futuro y valentía académica nos hiciera salir del cuello de botella en que se encontraba la investigación en el istmo. Felicito al Dr. Rubén Berrocal por su valiosa iniciativa.

Aplaudo, por ende, la decisión conjunta tomada por Minsa, Senacyt y patronato del Gorgas en reestructurar el comité nacional y autorizar a las comisiones institucionales debidamente conformadas, según consensos bioéticos modernos, para agilizar la implementación de proyectos que cumplan con criterios éticos y científicos de calidad, garantizando en todo momento que los potenciales beneficios superen los posibles riesgos. La reciente multa de la FDA a dos importantes laboratorios resalta la importancia de que los comités de ética, las agencias reguladoras y nosotros los investigadores independientes debemos estar alertas para asegurar que los resultados de los estudios sean veraces y fielmente revelados a la comunidad médica y a la sociedad en general. Yo voy incluso más allá. Las autoridades sanitarias del país deberían prohibir todas esas terapias de ozono, de quelación, de antienvejecimiento, inyecciones de células madre y otros procedimientos que todavía están en fases de experimentación y carecen de evidencia plausible de beneficio contrastado. Asimismo, se debe censurar esos programas televisivos de “macumberos” y chamanes botánicos, saturados de propaganda engañosa, que negocian con la ingenuidad de un público pobremente escolarizado. El bienestar de la gente debe siempre estar por encima de los intereses económicos de empresas, médicos y charlatanes. Así de simple. twitter @xsaezll

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