PREFERENCIAS Y COMPLICIDAD

Ética del negocio mediático: Xavier Sáez-Llorens

“Es el negocio, estúpido”, como quizás respondería Bill Clinton. No hay que tener mucho tejido cerebral para saber que los medios de comunicación, como cualquier otra empresa, definen sus objetivos según la cantidad de dinero que puede generar una actividad determinada. En mis años de idealismos y quimeras solía pensar que los canales televisivos, además de informar hechos veraces y denunciar irregularidades políticas, anhelaban también que sus programaciones se convirtieran en vehículos de educación, cultura y ciencia. Estaba, tristemente, bien alejado de la realidad. Si no fuera por las transmisiones internacionales, el televisor sería un artefacto innecesario, al menos en mi hogar. Algunos acontecimientos recientes en el campo noticioso deberían ser un acicate para la reflexión de nuestra sociedad.

La mal denominada entrevista de Noriega fue la gota que derramó el vaso de la indignación colectiva. Ya los doctores Carlos Abadía y Daniel Pichel, el domingo pasado en este diario, argumentaron magistralmente sobre las razones que empujaron al exdictador, temerosamente llamado general por el periodista, a leer su alevoso perdón. Era fácil suponer que el recluso se ampararía de manera conveniente en la religión cristiana pese a que, en sus años de poder, era un fiel devoto de la brujería. Los columnistas manifestaron, atinadamente, los porqués para oponerse a la premeditada disculpa. Analizo, en este artículo, otro ángulo del asunto. Que una tribuna informativa acepte un monólogo sin derecho a cuestionamiento hace despertar suspicacias de toda índole. ¿Prevaleció solamente el deseo de exclusividad para subir ratings? ¿Existió algún contubernio con las autoridades del Ejecutivo, de la Iglesia o del partido PRD para dar una aureola de víctima al ilustre preso? ¿Circuló algún aguinaldo bajo la mesa para fraguar la apócrifa primicia? Con abogados de por medio, cualquier entuerto es posible.

El caso Odebrecht provoca también desconfianza. Por alguna extraña curiosidad, ni los funcionarios gubernamentales, con discurso enérgico contra la corrupción, ni los reporteros habitualmente ruidosos y “valientes”, han aprovechado la reseña del encarcelamiento del líder empresarial para cuestionar licitaciones o realizar pirotecnia mediática. Se rumora que esta corporación, en gratitud por resultar acreedor de frecuentes y jugosos contratos, subvenciona obras sociales o deportivas, pacta sustanciosos espacios de publicidad, auspicia viajes a eventos foráneos y otorga lujosos obsequios por doquier. No obstante, silenciar o minimizar las graves acusaciones, como recompensa por esa “generosa” conducta, denota complicidad y escasez ética. Así como los médicos serios advertimos, al comienzo de una disertación académica, sobre hipotéticos conflictos de interés con empresas que financian estudios de investigación o consultorías especializadas, los comunicadores y sus patronos deberían revelar similares vínculos antes de emitir comentarios, maquillados o no, sobre un potencial patrocinador. El público distraído, propenso a la manipulación de opinión, tiene derecho a conocer estos íntimos detalles.

Durante la semana, escribí en las redes sociales, una crítica sobre la utilización de las ondas radiales para adivinar números de lotería con base en pirámides cabalísticas. El cordial anfitrión de un espacio hertziano popular me confesó su desacuerdo con esta ludópata práctica, pero argumentó que debía ceñirse a las directrices comerciales de satisfacer las preferencias de los oyentes. Y así, como el negocio de superiores es lo que dicta la conducta del subalterno, se le da protagonismo a toda una miríada de charlatanes (“doctores” hierberos, pitonisas, videntes, astrólogos) para engañar con placebos e ilusiones a una población esperanzada a salir de la pobreza o remediar sus dolencias crónicas. Los periodistas se quejan, cotidianamente, de la incultura, intolerancia, violencia y pérdida de valores que imperan en nuestro país. Pero, paradójicamente, sus propios programas están repletos de horrores idiomáticos, veneraciones supersticiosas, novelas salvajes, espectáculos machistas y cosificaciones sexuales, que promueven precisamente esas nocivas cualidades humanas. Ellos, además, critican agriamente el clientelismo en política pero, con estas actitudes mercantiles, la doble moral reluce esplendorosa.

Me resisto a pensar que estamos atados irreversiblemente a un entorno periodístico en que todo vale con tal de lucrar. Este afán, por supuesto, no aplica solamente al suelo istmeño. El presentador Ismael Cala de CNN, en búsqueda de fama y fortuna, se alió al médico espiritista Deepak Chopra y realiza giras por América Latina para promocionar libros de autoayuda y “meditaciones milagrosas” entre seguidores incautos. De ser un entrevistador habilidoso, él se ha transformado en un motivador gárrulo. Pero, no todo está perdido. Todavía hay algunos destellos de decoro profesional en el campo de la comunicación. Me alegré al enterarme que las compañías Univisión y NBC habían decidido no difundir el Miss Universo y cortado lazos comerciales con Donald Trump, debido a las sandeces discriminatorias proferidas en contra de mexicanos y centroamericanos. Me gustaría creer que, algún día, los medios locales no solo serán herramientas de entretenimiento, sino que contribuirán a mejorar la calidad de los habitantes que requiere Panamá para salir del subdesarrollo. Mientras espero ver complacida esa utopía, veo cómo en la actualidad se le brinda mayor realce a bailarines y boxeadores que a jóvenes talentosos en matemática y ciencia.

Desde que los empresarios descubrieron que la información es un suculento, negocio, la verdad se ha convertido en irrelevante. No hay en quien confiar.@xsaezll

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