DISTORSIONES

Ética y relativismo moral: Enrique Rodríguez Álvarez

Moral y ética son conceptos que a menudo se usan como si fuesen sinónimos, hoy día se les reconoce significados diferentes. La humanidad, desde tiempos remotos, ha regulado mediante leyes o códigos, las acciones concretas de los seres humanos; en todos los pueblos, sociedades o culturas existen prescripciones y prohibiciones que definen su moral. La moral es un conjunto de juicios relativos al bien y al mal, destinados a dirigir la conducta de las sociedades.

La ética, por otro lado, es una reflexión sobre la moral que incluso llega a cuestionar la validez de un comportamiento moralmente aceptable. Es por ello que Aranguren, reconociendo la vinculación entre teoría y práctica, llama a la ética la “moral pensada” y a la moral, la “moral vivida”.

Una sociedad se rige, en el campo político y social, por preceptos constitucionales, leyes y códigos; mientras que en la esfera religiosa lo hace por medio de una serie de principios morales, que en gran número de veces son fuente de inspiración de leyes civiles.

Así lo concebía Heráclito de Éfeso cuando decía: “Todas las leyes humanas se alimentan de la ley divina”.

Tanto en lo político como en lo religioso, toda esta normativa está basada en el pensamiento filosófico y teológico de muchos siglos de evolución. Sin embargo, vemos como hoy día cualquier improvisado decide lo que es ético o no, la mayor parte de las veces en beneficio de sus intereses personales, políticos o económicos y no pocas veces, de sus más viscerales instintos para detrimento de la moral.

La ética se ha convertido en el santuario donde el relativismo moderno ha sentado sus reales y tergiversa a su antojo lo que es bueno y lo que es malo. Afirmar que para ser ético hay que ser ocasionalmente inmoral, es la mayor apología a la inmoralidad que alguien pueda proferir. Es que la ética existe, porque existe la moral, sin ella la ética no es más que un lobo con piel de oveja.

Las reflexiones sobre pautas morales que se hacen a nivel ético, deberían ser el complemento que cimenta los principios morales que nos rigen, no usarlo de vericueto para convertir lo inmoral en ético; recurso muy utilizado por políticos cuando justifican sus inmoralidades bajo el amparo de leyes que ellos mismos crearon; o bien, como hacen los llamados liberales, libre pensadores y relativistas que buscan la legalización de actos como el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre parejas del mismo sexo o bien, buscando que la lujuria y la promiscuidad se eleven a rango de libertad sexual.

Conceptos como justo o injusto, bueno o malo, honesto o deshonesto, pierden valor y jerarquía dentro del habitual comportamiento humano. Lo ético y lo moralmente bueno, para muchos, es todo lo que agrada, aquello que conviene, lo que no crea problemas, lo que reporta beneficios, poder o placer.

Hoy se acusa a la moral de no permitir espacios a la tolerancia que muchas conductas impropias requieren para obtener su legalización, mientras que no faltan éticos que con sus elucubraciones le proporcionan toda la permisividad requerida. Cuando se habla de amor, de familia, de defensa de la vida o creer en un ser superior o en otra vida; no falta quien te ataque con desprecio y te ridiculice, pareciera que se hablara de pecados y no de virtudes.

Así llevamos a la humanidad a su quiebra moral y ética. Para muestra un botón, la crisis que hoy padecen las grandes economías mundiales no es solo de índole financiero. Detrás de todo ello hay mucho de falacia, latrocinio, deshonestidad, falta de escrúpulos, carencia de valores e inmoralidad. Y pensar que esas sociedades de avanzada moralidad nos eran vendidas como ejemplo a seguir a los tercermundistas que vivimos adocenados en una obsoleta moralidad religiosa.

Decía Alexis Carrel: “El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación toda la estructura social va hacia el derrumbe”; lo cual complementaba Giuseppe Manzini al expresar que “el verdadero instrumento del progreso radica en el factor moral”.

Un Panamá donde la moneda de cambio sea la honorabilidad, la moral, la justicia, la lealtad, la sinceridad, el respeto a nuestras leyes, a nuestra identidad cultural y nuestras creencias religiosas nos ofrecerá una patria donde vale la pena vivir, nos hará un país grande y próspero, que sea orgullo de todos los panameños.

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