AYUDA INTERESADA

Fenómeno Chello: Agustin Clément

Cada año, para estas fiestas, mientras la gente se desea amor y paz pretendiendo que todo es lindo o que por alguna razón diciembre es un mes “especial”, yo me siento a analizar cosas al azar; este año: el fenómeno Chello. El honorable diputado Gálvez, un ícono del partido Cambio Democrático, es ampliamente cuestionado por algunos pocos ciudadanos y periodistas por dar regalos a sus votantes. Corrijo, por “ayudar” a sus votantes, como él mismo dice.

Las preguntas normales que se haría cualquiera son: ¿De dónde sale el dinero para estos regalos? ¿Es dinero del Estado? ¿Es dinero de él? ¿Otros panameños de otros circuitos no merecen también esta ayudita? Digo normales, porque parecería justo al menos saber si con los impuestos de todos es que se compran regalitos para unos cuantos. Estoy seguro de que el honorable entiende perfectamente estas preguntas y estas dudas. Alguien con tanto tiempo en el poder debe estar acostumbrado a que le cuestionen todo y a ser transparente. Pero en mi escrito de hoy voy a ir un poquito más allá. ¿Está la gente feliz con Chello? ¿Se mantendrá Chello en una curul In saecula saeculorum (al estilo de Elías Castillo)? ¿Es el sistema el que está mal? ¿Está mal que un diputado se reelija por la eternidad mientras que un presidente no?

Les cuento que la gente de El Chorrillo ama a Chello. Y seguirá votando por él tantas veces como se lance. Hablé con un amigo que nació y vive en El Chorrillo. Es agente de seguridad y le preguntaba: ¿En verdad quieren a Chello? Y me decía: Claro Agustín, ese man resuelve. A lo que yo le digo: Sí, con plata ajena. Y sonriendo me decía: ¿Qué más da? En la interesante conversa mi, amigo me explicaba que Chello era “bueno” porque si se moría tu mamá él te pagaba el ataúd y el entierro. O sea, el resto de los panameños sí debe organizarse, tomar medidas y ahorrar para que cuando uno se muera haya dinero para pagar tu entierro. Los chorrilleros no. Ellos duermen tranquilos porque una visita donde Chello en un momento de dolor les asegura “el resuelve”. Siempre paso por El Chorrillo cuando voy al Casco Viejo o a dar clases de teatro a niños. Antes comía “pescao” frito en Ana´s Place o donde Sorolo... pero ahora es peligroso. Hasta Ana se mudó porque había balacera a diario. Y siempre veo lo mismo, un barrio sucio, con aguas estancadas que huelen mal, herbazales crecidos, caserones que se caen, basura acumulada, jóvenes ociosos por ahí en camiseta, poca iluminación. Créanme, a los chorrilleros no les importan esas cosas. ¿Qué te puede importar que el agua de lluvia se estanque y huela mal, si el 8 de diciembre te dan una estufa nueva cada año? O un “microwei”.

El problema no es Chello. De hecho todo parece indicar que es un hombre de un gran corazón. Auténtico, espontáneo y popular. Una mezcla explosiva. Cuando le decía a mi amigo chorrillero: Hermanazo, ¿tú eres consciente de que todo lo que Chello regala es para asegurar su voto, no? O sea, los entierros, las estufas, los jamones y las galletas con su cara son para que recuerdes por quién votar en las próximas elecciones? Y él me decía: Sí, ¿es lo normal no? Y yo le decía: No, no es lo normal. Es antiético. Está comprándote, y barato. Tu voto no debe tener precio. No debe valer una estufa o un jamón. Deberías votar por un diputado que haga leyes que te beneficien, no el que te da un techo de zinc o una gorra. Mi amigo me miraba como si yo fuera un bicho raro. Por supuesto que no me pudo mencionar ninguna ley que Chello haya propuesto. Ni una. Y creo que no le importa. Lo triste es que Chello sí ha pasado algunas leyes memorables y que no voy a enumerar.

Gálvez no es el problema. Un país donde por dinero los diputados se cambian del partido que los llevó al poder; donde se coimea a gran escala; donde millonarios estafan bancos y quedan impunes; donde el Órgano Judicial tiene cero credibilidad; donde la gente que debe estar presa por robar está en su casa por tráfico de influencias... un país así no puede esperar menos de las bases humildes y populares.

Aquí el dinero es lo que da estatus, no la honestidad. Aquí lo material es lo que vale; diciembre dejó un sabor de consumismo innecesario que quizás pocos notan. Ojalá esta bonanza dure mil años, y algún día alguien tenga el valor de reformatear el sistema de compra de conciencias y se empiece de cero. Mientras tanto, las niñas de El Chorrillo seguirán viendo como normal que su mami y abuela hagan filas para verse beneficiadas sin hacer nada.

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