Franz Jägerstätter: el testigo solitario

Ni prisión, ni muerte ni cadenas pueden robar a un hombre su fe... El poder de Dios no puede ser vencido”

Al día siguiente, Franz se hizo presente en el centro de reclutamiento de Enns. Se le había ordenado reportarse para prestar servicio militar. Franz presentó su negativa a servir en el Ejército nazi. Se le arrestó y se le envió a la cárcel. Un tribunal militar de Berlín le juzgó y le dio la pena capital. Fue decapitado el 9 de agosto de 1943 bajo la acusación de ser “enemigo del Estado”.

Se dice que los vecinos de san Radegund sintieron hondamente la muerte de Franz. Pero no se sorprendieron. Jagërstätter era un converso. De ser el rufián del pueblo, luego de su matrimonio había pasado a ser un hombre diferente. “Se le conocía como hombre honesto y de altos principios, devoto de su familia y de la práctica de su fe. En tiempos normales estas características no lo hubiesen diferenciado de sus vecinos, y mucho menos, hubiesen apresurado su muerte. Pero estos no eran tiempos normales.”

En 1938 Hitler invade Austria y la anexa a la “Gran Alemania”. El Anschluss (la anexión) fue recibido con agrado y ratificado por la mayoría mediante un plebiscito. Jägerstätter mostraba abierto desprecio por los nazis. Todos sabían que en el pueblo solo él había votado “no” en el plebiscito. “Comparaba ese día con el Jueves Santo en que la multitud eligió al asesino Barrabás por sobre Cristo. Hizo saber que no importa lo que pasara, jamás serviría en el ejército de Hitler”.

En 1943 se le notificó su incorporación al Ejército y supo que había llegado el momento decisivo. Se aconsejó con su párroco y con su obispo. Y tomó la decisión que significaría su muerte aun sabiéndolo. Por eso, su esposa, su familia y vecinos e incluso los clérigos trataron de disuadirle de su actitud. En medio de esta tragedia, es aun interesante ver cómo a Franz Jägerstätter se le presentaron todos los argumentos que hacían éticamente difícil su decisión: a) era casado y padre de tres hijas, tenía una responsabilidad para con ellas; b) era miembro de un país anexado a otro, pertenecía juridicamente ahora a Alemania. Enrolarse era un deber patriótico (Además de los lazos étnicos y culturales entre alemanes y austriacos); c) podía o debía eximirse de la responsabilidad de hacer juicios políticos sobre la naturaleza del régimen que gobernaba su país.

Ninguna razón le pareció suficiente o válida para servir en el Ejército, pues esto último le parecía un reconocimiento de la causa nazi y un pecado grave.

Los oficiales militares que lo juzgaron lo urgieron a renunciar a su conciencia y salvar su vida. El abogado que lo defendió, el capellán de la cárcel, todos trataron de que cambiara su decisión. Pero Franz consideraba que este era un duelo entre su vida y su alma inmortal. O perdía una o perdía la otra. Obedecer a Cristo era, en estas circunstancias, desobedecer al Estado. Esa desobediencia se le planteó como un crimen. “No todo lo que este mundo considera un crimen es un crimen a los ojos de Dios —era su pensamiento—. Y tengo la esperanza de que no debo temer el Juicio final debido a este crimen”.

En los años 60 Gordon Zahn, académico estadounidense, documentó la historia de Franz. Hoy es considerado como “uno de los grandes santos y mártires de nuestros tiempos”. Algunos se oponen a su beatificación porque piensan que esto dejaría malparados a aquellos compatriotas que “cumplieron con su deber” durante la II Guerra. Pero eso no hace más que poner de relieve el mérito de Jägersttäter. No hay mejor final para esta reseña que la de Robert Ellsberg: “De alguna manera, en contraste con la casi totalidad de la Iglesia de su país, fue capaz de discernir hasta qué punto era imposible reconciliar la maligna naturaleza del nazismo con los mandamientos de Cristo. Sin embargo, su sacrificio, aparentemente estéril en su propio tiempo, representó un ejemplo, un hito de la conciencia, que iluminaria la trayectoria de las generaciones por venir”.

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