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EL MALCONTENTO

Frases hechas: Paco Gómez Nadal

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Cuando gateamos por la vida y nos toca ir a clases de gramática siempre hay un maestro o una maestra que se empeña en enseñarnos los tipos de oraciones o frases: que si desiderativas, que si predicativas, una copulativa por allá, una yuxtapuesta por acá. A mí siempre me pareció que elementos de nombres tan poco orgánicos merecían ser imputados por asociación para delinquir aunque, al crecer la barba y pasar los años, me di cuenta de que nunca nos hablaban de la maleante mayor de la banda: la autodenominada como “frase hecha”.

La frase hecha no es hermana del refrán ni del proverbio, ni tan siquiera es familia del aforismo. La frase hecha es hermana de sangre del sofisma, de la vaguería, del artificio maniqueo. Surgen para escapar del pensamiento crítico, para evitar la complejidad de la vida, en la mayoría de las ocasiones, para manipular o dejarse manipular. Conclusiones de baja estopa que quedan bien en pancartas o, en nuestros tiempos digitales, en el muro de una red social. Sin embargo, conviene no fiarse de las frases hechas, que no por estúpidas son menos agresivas, que no por fútiles están vacías de munición.

Estos días me retumba una muy chistosa (y peligrosa) alrededor de la cual se producen manifestaciones, declaraciones ostentosas y peticiones absurdas. Dice así: “Panamá para los panameños”. La máxima, de extremo atractivo para pancartas y chistes, es tan débil que le cuesta sostenerse sobre sus alambres, pero puede prosperar entre personas carentes de equipo de fútbol, religión o partido que les dé un sentido en la vida (que ya se sabe que a los seres humanos nos gustan las tribus y sus amorfas generalidades).

“Panamá para los panameños” es equivalente a “Las casas para quienes las construyen”, “Darién para los darienitas”, “La comida para quien la cocina” o “Solo pueden llevar zapatos los zapateros”. Además del sentido casi absurdo de propiedad de un concepto que ha cambiado tanto a lo largo de la historia, esta frase hecha se aprovecha de la confusión entre soberanía y bandera, entre identidad y exclusión, entre pasaporte y dignidad. Toma aliento esta frase hecha en un momento en que casi nada es de nadie. El falso sentimiento de propiedad es uno de los triunfos del sistema que nos hace defender lo que en teoría es nuestro ante la “amenaza permanente” de los vecinos.

Casi nada es nuestro: la casa es del banco hasta que en la vejez y con suerte paguemos la última cuota, el carro es del mismo propietario, nuestro tiempo es, en realidad, propiedad de nuestro patrón y nuestro país suele ser propiedad de los que de él se benefician (esa amalgama de élites locales, inversores extranjeros y fantasmas geopolíticos). Si por panameños entendemos a la inmensa mayoría de este país, siento revelarles una verdad: Panamá nunca fue de los panameños, como Colombia nunca ha sido de los colombianos, Italia de los italianos e, incluso, Estados Unidos de los estadounidenses.

Es perfectamente comprensible la sensación de frustración de miles de panameños que ven como pasa el billete por delante de sus narices y ellos siguen estancados en empleos precarios y una vida repleta de supervivencia. Pero las frases hechas suelen ser interesadas y logran nublar la vista de sus usuarios para que apunten mal en sus objetivos.

Si realmente quisieran defender la soberanía territorial, económica o legal de la patria deberían manifestarse frente a las embajadas de Canadá, Estados Unidos, España, Italia, México o Colombia, auténticas oficinas de intereses de los grandes beneficiados del festín panameño. O deberían dirigirse a las elegantes oficinas de las multinacionales de esos países que se esconden detrás de representantes legales de pasaporte panameño para esquilmar al país... o podrían hacer una marcha silenciosa y digna por las calles de un Costa del Este donde los habitantes pagan por un metro cuadrado lo que un panameño medio necesita para vivir seis meses... No es así, la frase hecha del “Panamá para los panameños” cumple su función enturbiadora y dirige la ira de los “indignados patriotas” hacia las puertas de Migración que de manera eufemística (e, incluso, sarcástica) denomina “Crisol de razas” a la operación de saqueo económico de los inmigrantes en situación irregular. Pobres panameños contra pobres extranjeros. Éxito rotundo de la frase hecha. No es la primera vez ni será la última. Recuerden lo ocurrido el 15 de mayo de 1903 cuando los panameños de entonces (que tenían pasaporte colombiano) fusilaron a Victoriano Lorenzo. La nacionalidad o la identidad no es una frase hecha ni un pasaporte y, como dice el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro refiriéndose al nacionalismo, “todo orgullo es vergüenza”. Pero esto no es una frase hecha y su argumentación no cabe en esta columna.

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