OSCUROS INTERESES

Ganar perdiendo…: Daniel R. Pichel

El miércoles pasado, los panameños estuvimos todos de acuerdo por una vez en la vida. La sensación que produjo el dantesco espectáculo de la semifinal de la Copa Oro generó una compleja amalgama de sentimientos. Sin saber cuál predominaba, se percibía en la gente que se manifestaba en las redes sociales, en la calle y en los medios, una mezcla de indignación, repugnancia, impotencia, desilusión y disgusto. Pero al mismo tiempo todos orgullosos: de la hazaña de nuestra “marea roja”…

Lo que nos pasó ese día no es la primera ni será la última vez que pase en un torneo de fútbol. Sin mucho elucubrar vienen a la memoria muchos partidos marcados por injusticias arbitrales. El descarado gol “con la mano de dios”, en 1986; el gol fantasma de la final de 1966; el dudoso 6-0 de Argentina y Perú, en 1978; el codazo con fractura nasal a Luis Enrique en cuartos de final, en 1994; incontables clavados sancionados como falta; frecuentes fuera de juego que se ignoraron; manos no cantadas y goles válidos anulados, para cambiar la historia de partidos que, favoreciendo a equipos “grandes” a expensas de latinoamericanos, asiáticos o africanos, facilitaban finales o campeones “más rentables”. A eso se suma la descarada oposición de la dirigencia del fútbol a introducir tecnología que haga más justo el deporte y que aleje de los resultados la discrecionalidad de los árbitros.

Todo eso es un ejemplo de que la corrupción invade todas las actividades humanas. Ni aquello creado para divertir, y que debe regirse por elementales normas éticas, escapa a los intereses económicos. Por alguna razón que no es difícil de suponer, es sospechosamente poco frecuente que esos “errores humanos”, favorezcan a un pequeño país, cuando tienen frente a ellos a las supuestas “grandes potencias futbolísticas”, que llenan estadios, producen millones en regalías y generan grandes sumas de dinero en derechos televisivos. Porque un mano a mano de Lionel Messi con Manuel Neuer durante una final es mucho más atractivo para patrocinadores y televisoras que una en que Joel Campbell tuviera un mano a mano idéntico con Jaime Penedo.

La FIFA ha sido descubierta en una trama de corrupción que salpica resultados de partidos, asignación de sedes, calendarios de juegos y fechas de torneos. Todo dirigido por la insaciable voracidad de quienes dirigen las federaciones, siendo nuestra Concacaf, señalada directamente. En la primera incursión contra la pandilla de delincuentes que rige el fútbol, presidentes y vicepresidentes de las federaciones de nuestra región fueron arrestados.

Tres días después de favorecer a México con un penal más que discutible contra Costa Rica, ponen a dirigir el partido contra Panamá a un árbitro muy cuestionado. Para evitar lo mismo que pasó contra los ticos, se toman las precauciones expulsando al máximo goleador panameño a la mitad del primer tiempo e ignorando un descarado codazo de Carlos Vela durante un córner. Pero, con lo que no contaba Concacaf ni el dichoso árbitro Geiger, era que los 10 jugadores restantes de Panamá harían el partido que hicieron. Dejaron el alma en el terreno y, en el minuto 56 marcaban un gol que los ponía en la final contra Jamaica. Imagínense tanto dinero perdido por culpa de una final entre el reggae y el tamborito.

El partido avanza, se acaba el tiempo, y no hay manera de sacar a los canaleros de la final. Así que, en el minuto 88, Geiger se saca de la túnica albugíena un penal absurdo, por confundir las costillas con los dedos de Román Torres. Los panameños no quieren seguir jugando ante la descarada actitud arbitral, pero, para evitar sanciones mayores (siempre ejemplares para los países pequeños), vuelven al campo. Y allí, llega el momento de la verdad. Los mexicanos ponen a lanzar el penal a un pigmeo como Andrés Guardado que desperdicia su única oportunidad de pasar a la historia y quedar registrado como uno de los grandes ejemplos de juego limpio en la historia del fútbol. Por ambición (o por compromiso ante Concacaf) tira el penal y empata un partido que, al margen del resultado, ya había ganado Panamá. El resto es historia. En la prórroga se produce otra jugada en el área (menos dudosa que la anterior), pero que el libreto ya definía como penal para que México ganara. El mismo tipejo vuelve a anotar.

Al terminar el juego, a nadie le importó quién ganó, sino el robo que le hicieron a Panamá. Periodistas, árbitros y entrenadores mexicanos, centroamericanos, suramericanos y europeos coinciden en que lo actuado por el árbitro confirma la flagrante corrupción de Concacaf. Encima, como si fuera poco, el “héroe” Guardado, en lugar de hacer honor a su apellido y dejar la lengua “guardada”, le dice a los medios que “pensó fallar el penal, pero que le pagan por meter goles”… Pobrecito tipo…

En fin, el resultado final de la Copa Oro ya no le importa a nadie excepto a los que harán dinero vendiendo televisión y revendiendo boletos. El campeón es irrelevante. Pero lo que es un hecho es que, aún perdiendo, Panamá ganó más reconocimiento internacional que ganando la copa. Ojalá les sirva de acicate para llegar al Mundial… donde seguramente seguirán robando partidos para producir dinero, tal cual parecen indicar las normas que rigen el fútbol mundial. @drpichel

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