El ROL DE LA MAYORÍA

Gato tiránico por liebre democrática: Felipe Echandi Lacayo

Contrario a lo que muchos dicen, la tiranía puede que sea la profesión más antigua de la humanidad. Desde épocas inmemoriales uno o varios individuos se han impuesto sobre otros. Unos no se han molestado siquiera en justificarse; simplemente el fuerte se impone sobre el débil.

Otros incluso han llegado a creer que ellos mismos son los únicos encargados de someter a los demás, ya sea por derecho divino o como verdaderos revolucionarios. Sin embargo, en los últimos años se ha vuelto popular la tiranía de la mayoría o más bien, la tiranía legitimada por la mayoría. El triunfo moral de la democracia liberal tras el fin de la Guerra Fría le ha dado a la palabra “democracia” no solo una connotación política, sino ética.

No solo se presupone que todo lo “democrático” es bueno, sino que además es ético. Quien se manifieste en contra de cualquier cosa que sea etiquetada como “democrática” es entonces tildado de inmoral, antidemocrático e incluso autoritario. Atreviéndome a abusar del concepto del ilustre premio Nobel Friedrich Hayek, la palabra democracia parece haberse convertido en una “palabra comadreja” que tiene el poder de vaciar o alterar totalmente el contenido de la palabra que la acompaña. No es sorpresa, entonces, que cuando escuchamos de propuestas en favor de “propiedad democrática”, frecuentemente estamos ante propuestas que buscan limitar o eliminar la propiedad privada o que buscan darle propiedad a unos a costa de otros. Cuando se habla de “democratizar la educación” frecuentemente vemos que esto implica limitar la iniciativa privada en ese campo.

Todo parece indicar que los tiranos han sido lo suficientemente astutos para darse cuenta de este conveniente uso del concepto “democracia” y, a diferencia de sus burdos antecesores que utilizaban la opresión abierta y frontal, hoy legitiman sus fechorías con procesos “democráticos”, en perjuicio de las instituciones republicanas que dividen el poder. La palabra “democracia” parece estar perdiendo ese significado moderno de incluir la salvaguardia de los derechos fundamentales de las minorías y de los individuos para simplemente ser una vía fácil y éticamente aceptable para políticos ansiosos de poder.

Los referéndum se han puesto de moda. En muchos países es posible que unos ciudadanos decidan si otros pueden o no hacer uso de su propiedad, si pueden o no ingerir ciertas sustancias, o si pueden o no comerciar con ciudadanos extranjeros; temas claramente pertenecientes a la esfera de autonomía individual. ¿Es democrático un sistema donde la mayoría se impone sobre la minoría, sin debate, sin posibilidad de llegar a una solución de consenso y sin respetar una esfera privada de autonomía individual o grupal? Si bien los parlamentos no son perfectos, por lo menos los ciudadanos tenemos, al menos en teoría, un filtro adicional para propuestas tiránicas: el debate, el derecho de los miembros del parlamento a enmendar las propuestas, y en muchos casos el poder de veto de uno o pocos parlamentarios, son escudos débiles, pero escudos al fin y al cabo, en contra de propuestas impuestas por un tirano o por una mayoría tiránica. En un referéndum en cambio, si bien puede ser la única salida de ciertas situaciones coyunturales, solo tenemos un sí y un no. O se acepta el paquete completo o se desecha el paquete completo. Quien arma el paquete tiene entonces un inmenso poder para imponer al menos parte de sus caprichos porque los ciudadanos elegirán la opción “menos mala”.

El rol de la mayoría debería activarse cuando los individuos voluntariamente no logran cooperar para preservar la convivencia social. La imposición de fines arbitrariamente elegidos, por más loables que suenen, no es menos imposición. Cualquier otro uso de las urnas o de la “participación democrática” definida de forma poco clara frecuentemente tiene a impedir la cooperación social voluntaria en vez de promoverla. Más bien la verdadera participación democrática es la que espontáneamente surge cuando las comunidades se organizan de forma voluntaria para resolver problemas comunes, cuando individuos forman asociaciones de intereses coincidentes, o cuando empresarios inician nuevos proyectos con miras a resolver problemas no resueltos o detectados por nadie hasta el momento.

Parece conveniente tener cuidado de caer en la trampa de apoyar cualquier cosa “democrática”, porque de lo contrario, las mayorías, o astutas minorías con apoyo mayoritario, continuarán expandiendo su poder en perjuicio de los derechos y libertades fundamentales que han permitido que vivamos en la época más próspera que la humanidad ha visto jamás. No dejemos que nos metan gato tiránico por liebre democrática.

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