Gladys, la reina de 1930

Los recuerdos de Gladys Müller son los de unos carnavales ya idos para siempre

Pero algo muy especial le esperaba al regresar a su tierra: se convirtió en la soberana de los carnavales de 1930.

“Con tus encantos bella deidad/ miles de corazones destrozarás/ eres la reina, la majestad/ que más de un trono conquistarás”.

Esta fue parte de la letra del danzón escrito por Raymond Rivera en honor a su majestad Gladys I, y que retrata perfectamente el clima que rodeaba un carnaval que parece ido para siempre.

Sin duda, las cosas eran muy distintas cuando Gladys Müller lució su belleza y elegancia por las estrechas calles de San Felipe. “Uno podía darle la mano a la gente desde la carroza y a ambos lados de la calles, que se inundaban de serpentina y confeti”, recuerda aún hoy con sus dulces ojos quien luego se convirtió en Gladys de Saint Malo, en un rincón de su casa.

Pero a pesar de las grandes diferencias, el reinado de Gladys I parece haberse adelantado a su época en espectacularidad.

Por iniciativa de un amigo de la familia, Ramón Ricardo Arias (q.e.p.d.), se consiguió prestado un hidroavión en la Zona del Canal y Gladys I amarizó en la Bahía de Panamá, haciendo su entrada triunfal a la ciudad –entonces casi exclusivamente San Felipe y Santa Ana– para recibir las llaves de la ciudad en el Palacio Municipal. ¡Todo un happening!

En los primeros años del carnaval de Panamá –que se inició formalmente en 1910– las reinas eran también las reinas del Club Unión, exclusivo club social de la ciudad, donde las familias que vivían dentro de las murallas que originalmente dividieron a San Felipe del arrabal, que se iniciaba en Santa Ana, se divertían.

Otra diferencia entre el carnaval que vivió doña Gladys y lo que hoy sucede está en la organización de las fiestas.

Evidentemente las cosas eran mucho más fáciles: se trataba de una pequeña ciudad con pocos habitantes. Además, la gente del arrabal sentía un respeto casi reverencial por quienes eran conocidos como los “de adentro”, muy especialmente por sus bellas reinas.

En cuanto a la organización del evento, doña Gladys proporcionó a La Prensa un ejemplar del programa oficial del carnaval. El panfleto, de unas quince páginas, constituye un valioso documento histórico y una ventana a un Panamá que es difícil de imaginar.

Allí se detallan las actividades de cada día del carnaval, con la hora de inicio de cada una de ellas.

Por ejemplo, para el sábado de carnaval, a las 10:00 a.m., se preveía la siguiente actividad: “Será promulgado por medio de bando el decreto del alcalde del distrito por el cual se permiten y autorizan los regocijos públicos con motivos de las fiestas de carnaval, siempre que ellos no pugnen con la moral y las buenas costumbres...”

Para la noche –exactamente de 8 p.m. a 2 a.m.– el plan era: “Grandes bailes populares en los parques de Santa Ana y Catedral, para beneficio y regocijo del pueblo por el feliz arribo de su majestad al reino de sus amores. Las bandas reales amenizarán esos bailes y se invita a los vasallos de su majestad a que asistan a ellos”. Y la gente, sin duda, asistía.

Doña Gladys recuerda como parte de sus actividades nocturnas el recorrido por los toldos de la ciudad. “En un toldo que se llamaba Los Festivos, un muchacho me sacó a bailar y colocó un pañuelo entre su mano y la mía como gesto de respeto.... la gente era entonces sumamente respetuosa”, contó con nostalgia.

Otra de las novedades del reinado de Gladys I, fue que ella misma diseñó su corona. “Yo había visto una película sobre Lucrecia Borgia y copié el tipo de corona, que era alta a diferencia de las coronas planas que se usaban en Panamá”. La idea de la reina fue llevada a la realidad por los joyeros Aldrete y aún forma parte de los recuerdos de familia.

Con respecto al traje de la coronación, se utilizó terciopelo azul para la capa y lamé plateado.

Doña Gladys recuerda su experiencia con alegría. “Me habían advertido que la cosa no era fácil y que las reinas siempre lloraban... pero a mí no me pasó... todo salió muy bien”.

En realidad, alguien garantizó la felicidad de cada minuto del reinado de Gladys I. Su padre, Carlos W. Müller, no se le despegó un instante. Incluso caminó al lado de sus carros alegóricos durante los desfiles, a pesar de padecer en ese momento de erisipela.

La permanente vigilancia, sin embargo, no fue barrera para la flecha de Cupido, que ya había hecho su labor. Uno de los edecanes de Gladys I, Rodolfo Saint Malo, perdió el corazón por la hermosa soberana. Un año después se habían convertido en esposos y, seguramente, habrán revivido muchas veces juntos, aquellos inolvidables carnavales de 1930.

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