LO BUENO, LO MALO Y LO FEO

La Habana tiene ganas: Miguel Zúñiga

Hace unas semanas tuve la fortuna de que me invitaran a conocer Cuba. Para serles sincero, no sabía qué esperar, estaba muy ansioso por conocer la polémica isla que desde mi niñez tacharon como un desastre, un país prohibido que no deberíamos pisar jamás. El momento en el que me tocó ir también fue clave. Acababa de inaugurarse en La Habana, frente al malecón, el edificio que se convertiría oficialmente en la Embajada de Estados Unidos en Cuba, luego de 57 años de odio visceral entre ambos países. Pasé cinco días en la isla, conversando con los cubanos y viendo la realidad social con mis propios ojos. Aunque trataré de abordar aquí la mayor cantidad de temas, puede que tenga que escribir más adelante de otros aspectos para profundizar y entender el país un poco mejor. Por lo pronto, cuento lo bueno, lo malo y lo feo de mi visita. Llegué a La Habana a eso de las 10:00 p.m., y en Migración solo me preguntaron si era africano o si en los últimos años había visitado dicho continente –supongo que están preocupados por el virus del ébola–. Tras responder negativamente a ambas preguntas, me dejaron pasar.

Lo primero que noté al salir del aeropuerto fue una gigantesca valla roja con las caras de Fidel Castro, José Martí, Simón Bolívar y Hugo Chávez. Un poco más adelante, otra valla con la cara de Fidel y, en grande, la frase: “La revolución seguirá adelante”. Realmente es abrumadora la cantidad de publicidad estatal que te entra por los ojos, solo había vivido algo similar cuando el partido Cambio Democrático pasaba por su época dorada.

Nuestra primera parada fue en la ciudad de Varadero, ubicada a unos 130 km de La Habana, en la provincia de Matanzas. Me adelantaré en el tiempo, porque a pesar de ser un lugar precioso, no es ni de cerca la realidad que vive el país. Es netamente turístico, es el Cancún cubano. Ya en La Habana, cuando decidimos salir a conocerla, hacía un calor tremendo, un fogaje tropical idéntico al de Panamá. Recorrimos el “casco antiguo” y visitamos el Museo de la Revolución, que antiguamente fue la residencia de Fulgencio Batista, el temido dictador derrocado por la revolución liderada por Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. En la mansión todavía quedan los huecos creados por las balas, que recuerdan el pasado violento del sitio. Al salir del museo, traté de hacer conversación con un muchacho de no más de 30 años (llamémosle Juan), para que me contara un poco de cómo ve su país. Lo primero que me dijo fue: “Vente para acá, hablemos bajito, que nadie me puede escuchar diciéndote esto”. Eso me impactó, pues pensé que las cosas ya habían cambiado.

Al preguntarle acerca de la relación entre Estados Unidos y Cuba, me comentó que “eso con los gringos”, le daba igual. Juan está convencido de que seguirá comiendo lo mismo y que la apertura de relaciones no se verá reflejada en el pueblo. No obstante, es oportuno recalcar que no todos piensan así; hay muchos ilusionados por la apertura de relaciones y convencidos de que vendrán mejores días.

Juan también me habló de la ilusión que le hace conocer el mundo, él quiere saber qué hay más allá de la isla; quiere conocer otras culturas y a otras personas. Esa ilusión desapareció de sus ojos cuando me dijo: “Estoy obligado a vivir aquí por siempre, y a no moverme”.

Según él, más del 80% de los cubanos no quiere a los Castro y considera que la revolución creada para derrocar al dictador Batista no ha sido (en 57 años) la solución. Como Juan no es una empresa encuestadora, es imposible afirmar que ese porcentaje del que me habló es real, pero seguro refleja lo que una parte del país siente y no puede decir.

Cuba es una isla preciosa que se quedó detenida en el tiempo. Y eso es, precisamente, lo que envuelve al visitante en una mística especial. Sus calles y rincones guardan historias de amor, luchas y debates ideológicos interminables. Los cubanos representan una cultura de la más pura que he visto, por lo que es imposible no toparte con una pintura, canción o poesía que te conmueva e impresione. Son un pueblo educadísimo y conoce su historia a la perfección, no fallan en los años, las fechas ni en la descripción de sucesos históricos clave. El régimen tendrá millones de defectos, sin embargo, está a años luz de nosotros en los temas educativos y deportivos.

Como panameño, ver esta realidad hizo que se me revolvieran las entrañas, porque le hemos dado más importancia al concreto que al intelecto y al deporte, a pesar de tener tantos recursos a nuestra disposición y de ser un país democrático.

La educación no es prioridad para nuestros políticos, pues no se traduce directamente en votos. Es algo que no se puede ver ni tocar y, sin duda, es una apuesta a largo plazo que requiere mucho más que cinco años. Ojalá vengan mejores días para los cubanos, porque ahora trabajan con las uñas. ¿Qué pasaría si tuvieran las herramientas del progreso a su disposición?

Espero que este artículo ayude a más jóvenes, como yo, a valorar lo que tenemos, para no tener que pasar nunca por algo similar. Termino con la última cachetada de realidad que recibí en Cuba; el señor que nos llevó al aeropuerto dijo: “Esta desgracia, para entenderla hay que vivirla”.

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