DESACUERDOS

Historia de una alianza que nunca fue: Daniel R. Pichel

Pues todo indica que para mayo tendremos las candidaturas que ya se habían anunciado desde hace varios meses. La idealizada alianza opositora que muchos veían como la única manera de hacerle contrapeso real al candidato de Cambio Democrático, simplemente quedó en la imaginación de quienes pensamos que, de alguna manera, se daría un acuerdo que pusiera por delante los intereses de la democracia, las libertades y la transparencia, por sobre las ambiciones personales y los sueños ególatras de unos y otros. Por supuesto, ahora “la única alianza será con el pueblo” y “la alianza que los mueve es con los más necesitados”. Pura retórica politiquera sin sustancia alguna.

Era evidente que los dos candidatos del PRD y del Partido Panameñista no declinarían sus candidaturas. El vicepresidente Varela, simplemente, o iba de presidente en una nómina, o no iba del todo, pues no se puede reelegir para el cargo que ya ocupa (aunque a él no lo ocupe mucho el cargo). Navarro, que lleva toda su vida soñando con ser mandatario del país (¿habrá pensado que muchos panameños hemos tenido esa pesadilla por muchos años?) no declinaría sabiendo que quien ocupe la vicepresidencia, nadando en una mezcla entre agua y aceite, lo más seguro es que en menos de un año sería solo un recuerdo de otra alianza electorera, sin proteína ni condimento. Los esfuerzos de personas independientes para lograr la alianza quedaron en nada, principalmente porque nadie daría su brazo a torcer.

Como se dijo en muchos grupos de discusión, lo ideal hubiera sido montar una alianza en la que ninguno de los dos Juan Carlos ocupara la Presidencia, escogiendo una figura intermedia, sin un partido lleno de parásitos que exigieran espacios políticos, acceso al poder, a los puestos diplomáticos y a los grandes negocios. Que ese presidente y su Gabinete –que necesitarían de los dos partidos grandes– se comprometieran a gobernar dos años, llamando a una Asamblea Constituyente que redactara una nueva Constitución basada en las propuestas que dieron hace un tiempo los notables convocados a ese objetivo. Esa Constitución tendría que garantizar la independencia de los poderes, la reglamentación estricta del financiamiento de las campañas para que fueran abiertas y de acceso público, que la transparencia ocupara un espacio preponderante en el ejercicio de la función pública y que se evitaran las eternas reelecciones con el consiguiente clientelismo. Una vez aprobada la Constitución se podría llamar a otras elecciones en las que los actuales candidatos pudieran participar, bajo las reglas que entrarían en vigor.

Pero eso era demasiado pedir en un país donde tenemos a quien tenemos como presidente del Órgano Legislativo. Todas esas cosas son secundarias en un lugar en que los votos se consiguen obligando a la gente a hacer filas para recoger regalos; donde todo se quiere resolver a base de subsidios y no de incentivos; y con diputados, suplentes y representantes que se colocan en el escaparate para que el mejor postor los reclute, con tal de que ellos se vean a sí mismos reelectos, una y otra vez, hasta que la naturaleza o algún destello de lucidez de sus electores los saquen del camino y del panorama político.

Pero la culpa no es solo de los politiqueros, sino de la sociedad que escoge a semejante gente para representarla. Aunque hay que reconocer que se elige entre los candidatos que los partidos ofrecen, la oferta es malísima por lo poco exigentes que somos los electores. Los partidos siempre prefieren postular al tipo más popular del barrio, sin importar sus credenciales ni su preparación para ejercer correctamente el cargo para el que se le escoge. Así, los diputados tienen una especie de complejo de representantes de corregimiento hipertrófiados, mientras que los representantes solo piensan en dónde lucir su nombre en cada tolda o ladrillo que pongan. Finalmente, de eso dependerá que voten por ellos en la próxima elección. Y eso de que “ser político da mucho trabajo”, yo no me lo creo. Si fuera tan sacrificado y no representara nada apetitoso a cambio, no se tendría la desesperación que vemos en algunos para mantenerse de forma vitalicia en los cargos.

El problema de esta sociedad panameña es que, a todos los niveles, prima la ley del menor esfuerzo. Demasiada gente ve cómo consigue acomodarse o “rebuscarse”, con tal de encontrar un atajo para obtener lo que sea. Es deprimente la manera como en las oficinas públicas, la empresa privada y hasta en los pequeños y medianos negocios se ha vuelto común el que se haga propuestas a los clientes, a espaldas de los dueños, para ofrecer bienes y servicios a cambio de “un salve”.

Lo otro que no favorece en nada que el país progrese en valores, es la poca seguridad de castigo que existe ante delitos flagrantes. En Panamá, si se cuenta con los recursos necesarios para conseguirse algún abogado hábil, se podrá estar seguro de que nunca se pagará por un delito. Mientras recursos vayan y recursos vengan, nadie es castigado de manera ejemplar. Y, finalmente, lo más seguro es que se encontrará algún eslabón en la cadena judicial que, “por una suma correctamente negociada” dictará o un sobreseimiento o una prescripción o un indulto para reírse de todo el sistema.

Así, no importa cómo se haya afectado al país o al sistema financiero, la impunidad permitirá que se siga presumiendo de dinero, yates, casas, helicópteros y propiedades millonarias, pues todo se ha hecho “en estricto cumplimiento de la ley”. Y la ética... bien gracias.

Con este panorama, no es mucho lo positivo que se ve en el horizonte para el nuevo año. Ojalá me equivoque, pero no creo que, hasta 2019, haya esperanza de que ocurra un cambio real en Panamá. Qué triste... @drpichel

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