CARACTERÍSTICAS

´Hubris´, la enfermedad del poder: Fanny Cruz

La palabra hubris no se encuentra recogida habitualmente en los diccionarios, pues no es español, sino griego. En su traducción es “desmesura, todo lo que sobrepasa una justa medida, orgullo y soberbia”.

Contrapuesto a la hubris se encuentra frenesís, que se traduce como “sabiduría práctica”, a veces como “prudencia” .

De acuerdo con Nelson Alberto Castro, médico y periodista argentino, “Es un ego desmedido, una sensación de poseer dones especiales que lo hacen a uno capaz de enfrentarse hasta a los mismos dioses”.

El expolítico británico y neurólogo David Owen analiza la “locura” que provoca el poder. Este neurólogo escribe su libro después de seis años del estudio del cerebro de los líderes políticos y concluye: “El poder intoxica tanto que termina afectando el juicio de los dirigentes”.

Para el psiquiatra Manuel Franco, una persona más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre su capacidad, pero pronto surge la legión de incondicionales que le facilitan y reconocen su valía. Poco a poco, se transforma y empieza a pensar que está ahí por mérito propio. Todo el mundo quiere saludarlo, hablar con él, recibe halagos de todo tipo. Esta es la primera fase. Pronto da un paso más y entra en la “ideación megalomaníaca”, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible. Entonces comienzan a realizar planes estratégicos para 20 años, obras faraónicas, o a dar conferencias sobre temas que desconocen. Se dice que, tras un tiempo en el poder, el afectado por este mal padece lo que sicológicamente se llama “desarrollo paranoide”. Todo el que se opone a él o a sus ideas, es un enemigo personal. El afectado puede llegar incluso a la “paranoia o trastorno delirante” que consiste en “sospechar de todo el mundo” que le haga una mínima crítica. Y llega un momento en que deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por su cuenta, sin consultar, porque cree que sus ideas son correctas. Aunque finalmente se descubra que son erróneas, nunca reconocerá la equivocación.

Las personas con el síntoma del mal de hubris tienen un modo mesiánico de comentar los asuntos corrientes, con tendencia a la exaltación; un enfoque personal exagerado, omnipotencia; agitación, imprudencia e impulsividad; se creen inmortales y se sienten superiores; en su vida personal se dotan de lujos y excentricidades; se rodean de funcionarios mediocres; el rival debe ser desactivado por cualquier método; construyen una red de espías para controlar a los oponentes, aun a los de su propio partido, y terminan cayendo en la trampa de su propia política.

Más allá de todo lo extraído en la web, son muchos los gobernantes pasados y actuales que han sido diagnosticados con el síndrome de hubris. Según algunos especialistas en la materia, lo anterior se agrava cuando se reúnen dos condiciones: la primera, que no existan contrapesos institucionales, como en el caso de los dictadores o que estos sean precarios; y cuando el político en cuestión posee una personalidad de escasa madurez psicológica, pobre formación cultural y preparación humana frágil, lo que puede desembocar en un síndrome paranoide.

Particularmente, si las circunstancias le son adversas, una personalidad esquizoide, por ejemplo, sucumbiría a un delirio de grandeza combinado con uno de persecución. En ese contexto siempre tendrá la razón, porque lo contrario sería altamente riesgoso y cualquier oposición, en especial de su propio grupo, será eliminada de inmediato.

La diferencia entre un dictador y un gobernante de una democracia precaria es que la palabra “eliminación” es literal en un caso, simbólico en el otro.

De modo que no solo es indispensable velar por la institucionalidad del país, sin duda, lo más importante. También es esencial atender las características de personalidad de aquellos a quienes confiamos el Gobierno. Porque no es de extrañar, que comiencen a sentirse los dueños de la verdad, a ofender y humillar a quienes osan discrepar de ellos, a retirar de su entorno cualquier voz discordante. En suma, la fragilidad del sistema político aumenta las posibilidades de brotes de comportamientos patológicos, como el síndrome de hubris, la enfermedad del poder.

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