MIRADA OBJETIVA

Índices de maldad, violencia y criminalidad: Iván Samaniego

La violencia, como fenómeno humano, no es algo que debe asombrarnos, pues en nuestra naturaleza pueden existir tanto la bondad como la maldad, y los estudios del psicólogo Philip Zimbardo de alguna manera exploran de forma experimental las instancias en las que personas supuestamente pacíficas pueden llegar a ser muy agresivas en una situación determinada.

De hecho, la violencia es parte de la naturaleza humana y es el resultado de la forma como lidiamos con aquellas pulsiones llamadas “agresivas”, que conforman el paquete biológico que compartimos con el resto de las especies.

En términos mundiales, asistimos a una de las épocas más pacíficas de la historia, algo que suena paradójico cuando la percepción del panameño común y corriente, centrado en su contexto, es que la violencia y la criminalidad van en aumento.

Solo hay que remitirse a datos históricos para observar que la sociedad está plagada de actos abominables desde épocas antiguas, masacres en nombre de la religión, filicidios, contiendas sangrientas entre civilizaciones antiguas, hasta genocidios (Segunda Guerra Mundial) que muestran que lo humano se funda en sociedades guerreras basadas en la violencia y la intolerancia dogmática, memorias que llevamos impregnadas inconscientemente en nuestro ADN.

En Panamá ocurren fenómenos violentos que implican la pérdida de vidas humanas, pero a mi juicio de manera inter-episodica, es decir, brotes en un periodo y luego espacios de recesión o latencias. Y no de manera constante y creciente como si fuera una especie de línea ascendente a lo largo de los años, como algunos medios tratan de manifestar.

Igual esto debe ser manejado de manera objetiva con datos estadísticos y no catastróficos, reiterando que la forma muchas veces mediática e insensible como se manejan los casos de violencia –representados como algo doloroso y personal– es transformado en espectáculo y mercancía de consumo. Sin embargo, sí concuerdo con que en el último año ha habido brotes de violencia significativos, cuya maldad y perversidad rebasan los límites acostumbrados.

En ese aspecto, me refiero a dos crímenes registrados en menos de un año que involucran la masacre de familias enteras (en La Chorrera y Darién) y, sobre todo, resalto el asesinato de menores indefensos, cuyas edades oscilan entre uno a seis años. Esta barbarie sí debe preocuparnos, porque es expresión de una sociedad enferma, cuyos productos son sujetos antisociales e insensibles al dolor humano –probablemente con un perfil psicopático–, que no respetan la vida y, sobre todo, que en su vida miserable llevan esa parte infantil (niño o niña) muerta.

En Panamá, con la aparición de este tipo de crímenes se debe considerar la reformulación en materia penal e incluir castigos severos como la cadena perpetua y -por qué no- “la pena de muerte” para sujetos que cometen actos de esa calaña. Castigo que debe ser un mensaje para el resto de la sociedad, llamada a repudiar de manera ejemplar estos actos violentos.

La violencia y la criminalidad son el producto de múltiples factores, tanto intrínsecos (individuales y de personalidad), como extrínsecos (sociales). Uno de los factores extrínsecos a resaltar es la desigualdad o desequilibrio socioeconómico.

Es paradójico observar cómo en un país como el nuestro (con tantos recursos) la riqueza esté polarizada, pues resalta en sectores que reflejan estructuras físicas imponentes y suntuosas, marcadas por rascacielos y edificios de utopía, mientras del otro lado de la ciudad hay casas de cartón y zinc, y pobreza que trastoca el panorama.

¿Que si la desigualdad socioeconómica engendra violencia? Solo tendríamos que tomar de referencia a Islandia, un país con diferencias de clases sociales alta, media y baja casi imperceptibles, que practica una economía de mercado, con asistencia sanitaria y educación universitaria gratuita para todos sus ciudadanos y, aunque las diferencias socioculturales también podrían influir, lo importante es destacar que allá no hay personas extremadamente ricas como acá. Por cierto, muchas producto de la corrupción (políticos y seudo-empresarios) versus personas extremadamente pobres.

La tasa de homicidio en Islandia es de las más baja del mundo (1.8 por cada 100 mil habitantes), comparada con la nuestra que varía entre 17 y 21 asesinatos por cada 100 mil habitantes, fenómeno corroborado cuando se correlaciona la distribución de la riqueza en Latinoamérica (con las peores tasas de distribución de la riqueza) versus los índices de criminalidad.

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