CONSTITUCIÓN

Institutas: Miguel E. Delgado A.

Las institutas de Gayo se escribieron para enseñar esa disciplina fundamental de la civilización: el derecho. En la obra del gran jurista romano subyace el armario necesario para la vestimenta civilizada de las sociedades; a ese armario le hemos llamado instituciones. 300 años después, Justiniano, en la Constitución de Tanta, le da vigencia a estas en todo el imperio romano de Oriente, ya no solo enseñanzas, sino ordenanzas de la “buena gobernanza”, para utilizar la terminología que desde 1994 impone el Banco Mundial.

Los cuatro libros de Gayo llegan hasta nuestra mesa de cultura, para degustar varias especies de institucionalidades, todas cocinadas al calor del poder popular y la acción popular.

El concepto “institutas” ha llegado a nuestros días en forma de concretización material del sueño de la justicia; al extremo de que cuando hablamos de instituciones estamos hablando de las obras o la obra fundamental que establece la fundación de una cosa; en el caso que nos ocupa, del Estado.

Panamá, como la mayoría de nuestros países, ha tenido varias fundaciones jurídicas o leyes fundamentales, siendo, solo desde mi punto de vista, la de 1946 la única que ha surgido de una auténtica asamblea constituyente. Lo anterior no ha sido ni es impedimento para que el país haya tenido y tenga una institucionalidad, lo cual no es sinónimo de democracia. Señalamos que la institucionalidad en sí, no es, ante sí y por sí misma, democracia. Hitler tenía su institucionalidad y nadie diría que era democrática.

De la misma forma, siempre guardando las proporciones, mal se puede hablar de institucionalidad democrática en un país que por más de 40 años ha estado signado por dos hechos violentos: El golpe militar de hace 44 años, y la invasión militar norteamericana de hace 22 años y cinco meses.

Del primero surgió la Constitución de 1972 aún vigente, y del segundo lo que se ha dado en llamar democracia panameña. Ambos hechos violentos ajenos a la voluntad popular en cuanto a la confección de las instituciones que se pretenden; en el primero es evidente que no se dio constituyente, ya que existía otro poder. Nos dice Washington Durán Abarca: “Frente a una constituyente no se puede dar ni explicar en justo derecho la presencia de otro poder, que interfiere sus decisiones....”.

En el segundo punto también el citado jurisconsulto peruano ilustra: “... en el orden de la realidad la doctrina de la autodeterminación signifique para las naciones decidir por sí mismas su destino, sus instituciones, su organización sin injerencia alguna de elementos o fuerzas extranjeras...”.

Un poco de memoria nos recordaría la presencia de ataques masivos con nocturnidad y alevosía de la artillería y aviación extranjera de última generación como paso previo a la instauración el 20 de diciembre de lo que acá, algunos llaman “instituciones democráticas”.

En el marco descrito en estas 500 palabras, resulta evidente que el país tiene al menos 44 años con una constituyente pendiente para poder darse una institucionalidad democrática.

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