PODER

Lecciones de historia: Guillermo Sánchez Borbón

Mis ojos, cada vez más débiles, me han privado de lo que, desde que tengo memoria, era mi mayor placer: la lectura. No incurriré en la ingenuidad de elevar al rango de virtud lo que en mí era un vicio o, en el mejor de los casos, un hábito adquirido en la infancia o impuesto por el caprichoso clima de Bocas del Toro. Cuando los frecuentes aguaceros torrenciales me impedían practicar, con mis compañeros de infancia, actividades más agradables y entretenidas como el cricket, el latá y otros juegos igualmente enigmáticos, la única forma de matar el tiempo era leer libros sustraídos a la rica biblioteca de mi padre. Así adquirí el hábito (o el vicio) de la lectura. Ahora que ya no puedo practicarlo (mis ojos y mi agotado cerebro me lo impiden), no me he desesperado como siempre lo temí. He aceptado, con un estoicismo estupefaciente, esta estocada del destino.

Aunque no niego que a veces (sobre todo en las noches de insomnio) añoro el viejo pasatiempo, sobre todo la lectura de los grandes místicos, que, en tiempos idos, me procuraron tanta felicidad. La vejez –y otras calamidades– me han privado de ella. Aunque a veces, en un chispazo, me vuelvan a la memoria hechos y frases que creía definitivamente borrados de mi sesera; como ésta, por ejemplo, que recordé súbitamente en el momento más inoportuno que pueda imaginarse. He olvidado cómo, dónde y cuándo la leí, pero puedo recordarla casi textualmente, motivo por el cual creo tener el derecho (y la obligación) de entrecomillarla. Una última aclaración: en esa época leí todos los místicos que se pusieron a mi alcance: “Los pecados menos graves son los ligados a la carne, porque están limitados por nuestra capacidad física de cometerlos. Así, por ejemplo, la lujuria. Por rijoso que sea un hombre, su capacidad para cometer esta transgresión está severamente limitada por el tiempo, en general mucho más breve de lo que quieren hacemos creer los pecadores”. Lo mismo puede decirse de otros pecados, algunos de ellos considerados (nunca supe por qué) veniales. La gula, por ejemplo. Por tragón que sea un hombre, al pasarse de los severos límites fijados por su organismo, se enfermará más o menos gravemente. “En cambio, no hay límites para los pecados de la voluntad. No hay límites para el afán de riqueza”. Quien acumula, pongo por caso, medio millón de dólares, no descansará hasta tener un millón. Pero un millón no es nada comparado con 5 millones, ni 5 con 10, hasta que se atragante el pecador, o una apoplejía mortal calme su ansiedad, su apetito insaciable.

“Tampoco hay límites para el afán de poder”. Hitler llegó a ejercer uno casi omnímodo sobre Alemania, luego sobre Europa. Pero no se ha inventado ningún medicamento para calmar (limitar) la voluntad de poder. No contento con tener a casi toda Europa en sus manos, se sintió tentado a invadir Rusia con el resultado que todos conocemos. La historia no enseña nada a nadie. Al parecer, cuando se dispuso a atacar a Rusia, visitó a Hitler el fantasma de Napoleón Bonaparte. Ebrio de hambre y de sed de poder, Hitler arrastró a su patria al abismo de la más desastrosa derrota militar que registra la historia. Y al que le caiga el guante, que se lo plante.

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