BASES DEL DESARROLLO HUMANO

Libertad, diálogo y educación: Paulino Romero C.

La libertad intelectual requiere que los hombres puedan intercambiar ideas y contradecirse sin estar sometidos a persecución directa o indirecta. Suprimir la opinión es menoscabarnos, al obstaculizar nuestro empeño por acercarnos a la verdad. Hombres tan diferentes como Buda, Sócrates, Jesús y Freud estuvieron de acuerdo en que la verdad es la fuerza que puede liberar al hombre. A menos de dar por sentado que somos infalibles, no podemos acallar justificadamente a quienes disienten de nosotros.

La libertad intelectual no puede lograrse hasta que el hombre esté dispuesto a someter sus ideas al escrutinio ajeno, en otras palabras: a entablar un diálogo. Si un hombre respeta a sus semejantes, respetará también su libertad para criticar sus ideas y creencias, pues no hacerlo equivale a asumir una actitud desdeñosa de que nada de lo que los otros hagan o digan puede alterar sus opiniones.

Cuanto más libre es el hombre más amplia es la serie de temas sobre los que se presta a discusión y crítica. ¿Qué implica el diálogo en nuestras relaciones con quienes disienten de nosotros? ¿Cuál ha de ser, por ejemplo, la actitud del misionero cristiano ante el pagano o la del diplomático del mundo democrático frente al comunista? El misionero o el diplomático puede tratar de persuadir a los otros de la superioridad de sus creencias, pero lo hará teniendo presente el derecho que estos tienen que hacer lo mismo con él. Además, en el fondo de su corazón tendrá la reserva de que quizás esté equivocado, de que el pagano o el comunista pueden tener razón y de que si los otros llegan a persuadirle de la superioridad de sus creencias él las abrazará y abandonará la fe en el cristianismo, en el capitalismo o en lo que sea.

Si no entablamos el diálogo con este espíritu no será auténtico, ya que no trataremos a los otros como seres humanos, igualmente dignos de respeto y de la libertad de argüir, discutir, aportar pruebas y persuadir. Entablar un diálogo en la creencia de que nuestras opiniones contienen la verdad, que ninguna prueba o argumento puede refutar, es obrar con hipocresía. Exigimos para nosotros derechos y privilegios que no estamos dispuestos conceder a los demás y así desdeñamos a nuestros semejantes como seres inferiores. Hasta el punto en que las presiones y controles externos ponen trabas al individuo para que pueda pensar, hablar, leer y escribir libremente constituyen una amenaza para su desarrollo cabal como ser humano.

Con más educación el individuo se percata del valor de la libertad de discusión y, por ende, llega a valorarla más. La sociedad que aspire a fomentar la libertad intelectual debe alentar el diálogo, pues de otro modo se encontrará con un pueblo que tal vez hable de nobles ideales y de máximas éticas pero sea incapaz de desarrollar esa clase de convicciones íntimas que se manifiestan en la conducta. Debemos comprender, sincera y profundamente, las bases y razones de nuestras creencias, si esperamos mantenerlas frente a la crítica y traducirlas en actos. Esa comprensión solo puede ser el resultado de haber sometido nuestras creencias a la prueba de la discusión libre y total.

Todas las sociedades precisan una dirección eficaz y dedicada para prosperar. Pero ello no basta con la sociedad libre. La sociedad que aspira a la libertad intelectual necesita un gran número de ciudadanos que estén dispuestos a dar tiempo y energías al cultivo y preservación de esa libertad, a costa de su confort y bienestar personal, si fuera necesario.

John W. Gardner ha dicho: “A diferencia de las grandes pirámides, los monumentos del espíritu no pueden mantenerse en pie si no se cuidan. Deben ser cultivados en cada generación mediante la lealtad de hombres y mujeres con fe”.

Ninguna generación, por mucho que trabaje y se sacrifique, puede garantizar la libertad de sus hijos. Puede contribuir a crear las condiciones que aumentarán las posibilidades de sus descendientes de lograr la libertad, pero cada generación tiene que emplearse nuevamente en la tarea esencial.

Esta eterna labor de ganar la libertad requiere un pueblo entrenado en el esfuerzo. Así como, al respecto, una generación no puede confiar en los esfuerzos de sus predecesores, un pueblo no puede confiar en sus dirigentes. Las grandes libertades no se dan, ¡se ganan!

En resumen, todo lo dicho lo podemos compendiar en muy pocas palabras. La simple cantidad de comunicación no basta para el diálogo: todos los involucrados han de considerarse como personalmente responsables de su integridad.

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