EL MALCONTENTO

Libertades relativas: Paco Gómez Nadal

Las libertades siempre son relativas (falsas, que dirían los marxistas respecto a las libertades “burguesas”). Nos han hecho creer que mientras queden consignadas en una Constitución todo está garantizado. Es evidente, a estas alturas, que esa teoría es un cuento para niños no muy inteligentes.

La legislación de las naciones es cada vez más una carta en la que aparecen los deseos de abajo o las mentiras de arriba. En medio, una franja de impunidad y realidad que suele doler cuando ya no hay más velo que la oculte. En el caso de la libertad de expresión la cosa es en cadena. Hay varias libertades en juego: la de pensamiento, la de comunicación, la de prensa... El pensamiento es tan difícil de atajar como fácil de limitar. Las libertades que tienen que ver con el intelecto y con las emociones (que son las imprescindibles) son las más complejas de garantizar, especialmente en un mundo occidental en el que los medios de comunicación, soporte de algunas de las manifestaciones de esas libertades, son, en su mayoría, privados (aunque ganen dinero a costa de un bien público como lo es la información).

Por un lado, están las presiones del poder político. Los gobiernos “secuestran” a los medios públicos de tres formas: garantizando su malísima calidad, provocando un tono inocuo, o convirtiéndolos en altoparlantes de su propio discurso. Con los medios privados juegan a torcerlos de otras maneras: limitando la publicidad estatal, con presiones directas o indirectas a periodistas y dueños o, como en el caso de Ricardo Martinelli, comprándolos.

Las propias empresas de medios, muchas veces, tiran piedras contra su tejado. En Latinoamérica, la mayoría de los grandes grupos de comunicación –exceptuando casos rarísimos como el de La Prensa– son propiedad de familias que han tenido y tienen fuertes intereses económicos y políticos y, por tanto, su grado de libertad está condicionado, cuando no doblegado, ante tales intereses. Nadie puede pensar que los medios de Cisneros en Venezuela, Slim en México o los grandes consorcios del sur (como Clarín o A Folha) son neutrales o imparciales en la gestión de la información.

Panamá vive un momento crítico en cuanto a su ecosistema mediático. Si bien nunca ha sido lo diverso y plural que sería de desear, ahora se está produciendo una concentración encubierta de su propiedad que hace temer lo peor. Mientras el Presidente de la República –o personajes muy cercanos a él– acumulan medios de comunicación y voluntades, los responsables políticos del partido oficialista no dejan de fustigar a los poquísimos medios y a los periodistas que son críticos con la gestión de Gobierno. Son ellos, los políticos, los que quieren trazar la línea roja de la profesionalidad periodística; son ellos los que quieren, en realidad, silenciar y acallar todo aquello que desentone de sus discursos triunfalistas y simplistas.

Leía en estos días como Norma Núñez Montoto, del Consejo Nacional de Periodismo, auguraba que el periodismo sería el único negocio en el que fracasará Martinelli porque no hay medio de comunicación exitoso si no tiene credibilidad y se basa en la gestión de la verdad. Es un buen punto el de Núñez, pero demasiado romántico.

Martinelli sabe a la perfección que en este mundo mercantil en el que sobrevivimos no se vende lo mejor o lo más honesto, sino lo que esté mejor empacado. Y, cuando se trata de ganar plata y poder, el Presidente está dispuesto a todo: incluso a traicionar su estilo manipulador y torticero. Creo, más bien, que debe producirse una reflexión nacional entre los profesionales del periodismo. Si bien es cierto que los periodistas no somos los propietarios de los medios, no es menos verdad que somos nosotros los que los llenamos de contenidos como obedientes obreros. Así, igual que una vez llamé sin éxito a los funcionarios de alto rango a renunciar antes de ser cómplices de un gobierno corrupto y “rofiador”, ahora me parece pertinente pedir la reflexión entre los periodistas y entre aquellos que los forman en la universidad. La debacle de los medios en el norte global tiene mucho que ver con la pérdida de credibilidad de medios y periodistas entre las audiencias; en Panamá, todavía se está a tiempo de evitar la complicidad y conseguir que pervivan medios y profesionales que hagan de contrapeso al estado de cosas autocrático que vivimos. Las libertades de expresión y de prensa son tan relativas como imprescindibles y son los profesionales y los ciudadanos quienes las pueden ejercer y salvaguardar. Los medios y los Gobiernos, recordemos, solo son los canales y los garantes teóricos. O desde nosotros, o contra nosotros. Así será.

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