AUTENTICIDAD

Liderazgo político popular: Rolando Aparicio O.

La opción de contar con un gobierno que defina con su conducta la palabra política se nos está acabando. Se puede ser un administrador “popular” y contar con la aprobación del pueblo, pero seguir siendo un político más de los que ya conocíamos.

La popularidad no me hace un estadista, mucho menos si se ha alcanzado con un pragmatismo descontrolado. Los mejores cimientos para el país “desarrollado” que se proyecta están en la educación. El Metro no sirve de nada si no es para transportar a los jóvenes de San Miguelito a la Universidad de Panamá. Esa es la definición de política que seguimos esperando.

Un cambio social se está dando, dicen los creativos gubernamentales, y los necesitados lo están aprovechando. El que analiza con cuidado estas premisas proyectadas en los medios de comunicación descubre que, en cada cuña, el protagonista principal no es el pobre, sino más bien a quien el pobre le quiere dar gracias. El abuelo, cuya voz fuera de cámara no parece la suya, dice con claridad: “¿Cómo no agradecer al Presidente?”. El trabajador del Metro sigue maravillado de la inmensidad de la obra. El ama de casa, entre sollozos dice: “fue el Presidente quien construyó mi casa”.

¿A quién busca favorecer la propaganda gubernamental? ¿Por qué tanto empeño en mantener la popularidad? Acabamos de recordar a un gran líder mundial, Martin Luther King, que viajaba en un bus recorriendo los pueblos de su país, promoviendo la igualdad y el respeto a la dignidad de las personas. Uno de sus discursos fue tan fuerte que quienes lo escucharon quedaron marcados para siempre. Volvieron a creer que era posible seguir luchando por alcanzar mejores días. ¡Cuánta falta hacen esos líderes! En Panamá, nuestros políticos se mantienen en una granja tan subdesarrollada, que abiertamente sustentan un discurso de repartir dinero y dádivas a sus electores.

Principios tan elementales como la lealtad y la pertenencia a un partido político se han dejado a un lado. Al final, sin ideología y sin principios, le han arrancado el corazón a la política. Y así pasan los días y los años, termina un gobierno y llega otro, todos cortados con la misma tijera. Y como al parecer “lo políticos” no van a cambiar, quienes deben propiciar los cambios sociales tendrán que ser los mismos ciudadanos. No se recuerda a un líder porque era “popular” o por su elocuencia al hablar... recordaremos a los hombres y mujeres que con su testimonio de vida supieron inspirarnos motivos para seguir luchando. Un líder capaz de eliminar, por ejemplo, los subsidios y los bonos a la pobreza, y pararse firme ante los sistemas que propician la desigualdad. Un líder capaz de arriesgarlo todo con tal de sembrar en la conciencia de sus seguidores una nueva manera de ver y comprometerse con la vida.

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