PREDICAR CON EL EJEMPLO

¿Martinelli o la apología del Critón?: Mario E. Chanis G.

“Critón insistía en que debía escapar de la prisión y así salvar su vida. El argumento por el que Sócrates le responde a Critón, por qué debía atenerse a la condena que le impusiera la ciudad de Atenas, radica en el hecho de que lo justo y lo pactado debe cumplirse de forma inexorable. Durante toda su vida, Sócrates vivió sujeto a las leyes de Atenas, a las que consideraba justas y con las que se comprometió, prefiriéndolas por sobre las demás, y sintiéndose orgulloso de su ciudadanía, como todo ateniense. Si se fugara, estaría conculcando los compromisos contraídos con ellas, con las que no se comprometió forzado ni urgido a tomar una decisión en poco tiempo, sino en 70 años. No es justo, pues, que por las circunstancias actuales se deba incumplir la ley. El hombre de bien nunca debe obrar voluntariamente el mal ni burlar lo convenido justamente”.

Con esta narración, de forma clara se ejemplifica la postura de un hombre de valores y virtudes que, pese a lo inescrutable de su futuro, antepone sus intereses y su propia vida, por el fiel cumplimiento de la ley.

La huida de Ricardo Martinelli Berrocal, so pretexto de salvaguardar su vida y espetar la falta de garantías que le aseguren un proceso legal indudable, justifican –según él– estar en el autoexilio, con falsos argumentos como el hacer oposición más eficaz desde fuera que desde dentro. Podríamos decir que salvó reputaciones, a su familia y su “vida”. ¿Realmente podríamos creer eso?

La verdad es el estandarte que todo hombre de valores debe blandir, no evadirse en la primera oportunidad.

Los “critones” panameños vociferan insustancialidades, que ni en lo más recóndito de sus pérfidas imaginaciones logran comprender. Las leyes son eso, ordenanzas que se deben acatar, aun cuando nos parezcan injustas. Entonces, ¿la fuga es justa o injusta?

El caso del expresidente es el típico argumento de aquel que esboza lo que no me conviene ahora, por eso, me voy y, además, me siento culpable. Distingamos ambos casos aquí presentados y juzguemos cuál posición es la correcta. Así sabremos con qué clase de ciudadano tratamos.

Obviamente, si anteponemos el pensamiento de Sócrates, Martinelli no se siente orgulloso de ser panameño ni valora las leyes que dice haber respetado. Tampoco siente amor por su pueblo y país, en donde ha vivido por años. Ha conculcado los compromisos que adquirió con Panamá, al evadirse, so pretexto de ir a foros internacionales a plantear su situación política y la del pueblo panameño.

Sabíamos que no era tal cosa, pero sí redimir su epidermis, tratando de expiar culpas que nadie cree. Solo su bipolaridad enmienda una fantasía cada vez mayor en la que él y solo él pernoctan. Es así como la clase política que él (Martinelli) representa ofrece un doble discurso, dependiendo del sitio en donde se encuentre (gobierno u oposición). Para ellos la diké (justicia) y la adikia (injusticia) es insustancial, y es la conveniencia lo más importante. Pero aún es peor creer que la verdad es una extensión de su ser y que solo él es dueño de esta.

Qué farsa tan grande, y qué pena que la ignorancia y la injusticia tenga tantos seguidores, como aquellos que creen devotamente en este pretencioso.

Cuán diferente aquel que creyó que se debía vivir en justicia y no responder a la injusticia con la injusticia. Si profeso desde un principio la creencia de las leyes, ¿por qué después dudo de ellas? ¿O será que nunca estuve convencido y solo vivía una quimera o, por conveniencia, defendí lo que creía y hoy no me parece?

El ideal político y ético dice que lo justo es obedecer las leyes de la ciudad o del país y el correcto proceder frente a todas las situaciones, no solo al peligrar la vida. Con ello, finalmente queda patentado el bajo concepto de honor del político panameño, la inexistencia de la virtud como ciudadano, la carencia de amor por su familia, la reputación incierta y lo banal de sus argumentos.

Se deben respetar los preceptos de la patria, aun cuando consideremos injustas sus leyes, vivir bien noble y justamente, y predicar con el ejemplo.

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