EL MALCONTENTO

Matusagaratí, o cómo perder un país: Paco Gómez Nadal

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Matusagaratí, o cómo perder un país: Paco Gómez Nadal

A veces, el silencio nos desangra. Casi siempre, el silencio es intencional. La opinión pública (equivalente a la opinión publicada) ejerce de dictadora noticiosa e indica qué nos debe o no preocupar. Los cubanos que vivían en el limbo darienita se hicieron noticia y el país miró por un momento a su frontera oriental. Los medios de ciudad de Panamá ponen el dedo sobre un asunto y todos los sectores se pronuncian, hablan, tienen una opinión incluso sobre lo que desconocen. El silencio es tan pernicioso que puede acabar con la verdad e, incluso, puede carcomer un país hasta sus entrañas.

El lunes 7 de marzo comenzó un incendio pavoroso en la laguna de Matusagaratí, en el distrito Pinogana de Darién, al pie del río Tuira. El viernes las llamas seguían sin controlar en el frente norte (hacia Metetí). Los días de fuego y la dificultad para atajarlo me hacen pensar que se quemaron muchas hectáreas alrededor del principal y expoliado humedal de Panamá, pero nada se puede afirmar ante el silencio oficial y el desinterés mediático. El silencio es buen cultivo para los especuladores y colonizadores sin escrúpulos. Quizá por ello Darién ha sido un lugar perfecto para la desposesión, para la angurria maderera, para el tráfico de sustancias ilícitas y personas, para la injusticia y la violación de los derechos humanos.

El Servicio Nacional de Fronteras, la fuerza de ocupación interna que fanfarronea con armas y estética militar, presume en sus medios de comunicación de haber salvado un águila crestada en Darién, pero no dice ni una palabra de este incendio. El Ministerio de Medio Ambiente difunde el trabajo de voluntarios limpiando Cabo Zapatillas, en Bocas del Toro, pero no da información sobre el desastre ecológico que está aconteciendo en Matusagaratí. Si los medios de comunicación no preguntan, si algunos de los supuestos ecologistas están en otras batallas, si las organizaciones ambientales como Ancon están celebrando aún que el Gobierno Nacional les done sede y plata, si el país parece vivir encadenado a la telenovela de Ricardo Martinelli, si Panamá cada vez es más ciudad de Panamá…¿a quién le importa que arda el principal humedal de Centroamérica?

Tampoco nos vamos a poner dramáticos ¿verdad? El humedal de Matusagaratí arde ahora, pero antes ya ha sido desecado y esquilmado en una buena parte con el consentimiento silencioso de las autoridades. De sus 49 mil hectáreas, unas 30 mil ya están en manos de una empresa arrocera (Agricultura y Servicios Panamá, AGSE S.A., de capital colombiano) y de los colonos que se han apuntado al saqueo. Sus aguas ya no son el espacio perfecto para el desove y criadero de especies marinas y terrestres sino el “combustible” para los arroceros.

Las élites de Panamá decidieron hace mucho tiempo poner el país en venta y los diferentes gobiernos no han hecho más que certificar el modelo de acumulación por desposesión del patrimonio nacional. Recuerdo cuando Rubén Blades se enojó conmigo por denunciar este hecho durante la perversa administración de Martín Torrijos, o cómo molestaba a Ligia Castro que se señalara el silencio cómplice de la ANAM. No puedo olvidar el silencio cuando denunciamos el papel del Programa Nacional de Administración de Tierras en todo este proyecto para arrebatar tierras y futuro, ni quiero olvidar cómo se mató, violó y estigmatizó a los ngäbe-buglé cuando trataron de proteger la comarca de la minería o de los proyectos hidroeléctricos. El silencio, la complicidad y la represión han hecho su trabajo y ahora parece que nada acontece. También ha servido la “profesionalización” de la defensa ambiental, la “institucionalización” de casi todo. Sobreviven algunos activistas que nos abren ventanas para que la información rompa con el silencio mediático. Del incendio de Matusagaratí nos enteramos gracias a uno de ellos y luego he podido corroborar su información con fuentes oficiales que no se pronuncian oficialmente.

Con la lenta desaparición de la laguna de Matusagaratí, que comenzó a denunciar hace 10 años una periodista valiente de Darién (y que fue amenazada por ello), se va perdiendo el país. Darién, patrimonio de la humanidad no declarado, cada vez se parece más a las desecadas provincias centrales y dentro de unas décadas, cuando tratemos de bebernos los edificios de la gran especulación nacional y nos demos cuenta que el vidrio se astilla en nuestras gargantas, ya no habrá nada que hacer. Podemos seguir callados y perder el país o movilizarnos para defender la vida. Es mucho más incómodo protestar que quedarnos callados (miren si no lo que ocurre en Honduras), pero también es cierto que el confort de ahora solo es la garantía de un futuro hostil a la vida.

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