CAMBIOS NECESARIOS

Mediación comunitaria: Antonio Saldaña

La mediación es considerada por la legislación panameña “como método alternativo para la solución de conflictos de manera no adversarial, cuyo objeto es buscar y facilitar la comunicación entre las partes, mediante la intervención de un tercero idóneo, llamado mediador, con miras al logro de un acuerdo proveniente de estas, que ponga fin al conflicto o controversia”. (Art. 52 del Decreto Ley 5 de 1999).

Ya se conocía en culturas milenarias como China, Japón y el pueblo hebreo hace más de 2 mil años. Confucio decía que “la resolución óptima de una desavenencia se lograba a través de la persuasión moral y el acuerdo, y no bajo la coacción”. (Miguel Ángel Clare González-Revilla, Mediación y conciliación, página 16).

La Biblia, en el Evangelio según Mateo, escrito entre los años 50 y 75 d.C., dice: “Bienaventurados los pacificadores, [mediadores] porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mt. 5:9, Biblia plenitud, versión reina Valera, 1960).

Se desarrolló en la modernidad, en la década de 1970, en Estados Unidos, para resolver conflictos laborales, como medio alternativo de resolver pugnas entre empleadores y trabajadores. En Panamá, la mediación se remonta a las postrimerías del siglo pasado, con la promulgación del Decreto Ley No. 5 de 8 de julio de 1999, que establece el Régimen General de Arbitraje de la Conciliación y la Mediación. Es un mecanismo alterno al judicial o al de los tribunales para resolver conflictos, entendido esto “como un hecho cierto e inevitable, connatural, consubstancial e inherente al ser humano”. La visión que adoptamos del pleito, en este ensayo, es la supeditada a su gestión mediante la mediación. Es decir, además de ser el conflicto un hecho cierto e inevitable, se debe aprender a convivir con él y, sobre todo, a gestionarlo.

Hay diversas disputas y clasificaciones, aquí abordaremos los conflictos comunitarios, entre ellos los que se ventilan en corregidurías y juzgados nocturnos. El corregidor es un amigable componedor en su corregimiento, es la máxima autoridad dentro de su jurisdicción; es juez penal, civil y correccional de menor cuantía. Él, como jefe de policía, está llamado a proteger a los ciudadanos en su vida, honra y bienes. Pero, ¿qué sucede en la real vida? En el área metropolitana (distritos de Panamá y San Miguelito) prolifera un triunvirato del mal que propicia tropelías contra de los ciudadanos. Agentes policiales, corregidores y jueces nocturnos son compinches de violaciones a los derechos humanos y de todo tipo de vejámenes que terminan en multas ilegítimas, que muchas veces no se reportan al fisco municipal. ¿Qué hacer? Las autoridades deben crear centros de mediación comunitarios en cada corregimiento, al mando de personas con solvencia moral y ética; despolitizar la justicia administrativa; supeditar a los policías al señorío que la ley les otorga a los alcaldes y corregidores; nombrar corregidores, jueces nocturnos, secretarios judiciales y recaudadores idóneos, que respeten la ley y, sobre todo, honestos.

¡Así de sencilla es la cosa!

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