COLUMNA INVITADA

Meditando: Camilo José Cela Conde

Médicos, psicólogos, economistas y hombres de negocios creen en los beneficios de la meditación y predican sus virtudes. No todos ellos, por supuesto, pero sí al menos quienes se suman a los grupos que se están creando para reunir a los fieles de esa especie de nueva religión –reúne, como todas, fe, esperanza y caridad– destinada a lograr que nos relajemos.

Falta nos hace. Nuestro mundo se ha vuelto una especie de caos en el que las angustias se acumulan y los nervios sufren. No digo nada ya de los atascos cotidianos de las vías de circunvalación de las ciudades, que cualquiera sirve de ejemplo. Pero incluso fuera del coche, en el supuesto refugio que proporcionan las cuatro paredes de la oficina o del cuarto de estar, las presiones siguen al ritmo de una agenda y un noticiero de locos. Se diría que existe un Golem maligno, un demiurgo perverso que se encarga todos los días, de madrugada, de pensar cómo meternos más presión.

En semejantes condiciones el que alguien hable de meditación suena a filosofía oriental y en realidad algo hay de eso. Quienes divulgan las ventajas de la relajación suelen recomendar posturas que recuerdan a las de la práctica del yoga y no hace falta imaginación alguna para oír el “ooooom” que sale casi de sus gargantas.

Aunque los expertos en el arte de relajarse hablan de la necesidad de hacerlo en cualquier sitio, ya sea el transporte público o incluso el coche metido en un tapón, no suelen verse por la calle meditadores activos sentados con la espalda recta, cruzando las piernas sobre las rodillas y con los dedos de las manos que se juntan palmas arriba. Parece que ni siquiera es necesario.

En tiempos yo tenía en el cajón de mi mesa de la universidad una tarjeta en la que apoyabas el pulgar y salía un color diferente de acuerdo con tu tensión y estado de ánimo. Pues bien, solo con usarla ya te relajabas algo. También había una pelota de goma para apretarla y descargar así la ansiedad sin necesidad de dar patadas a los muebles.

Pero la meditación es otra cosa. Dicen que consiste en activar la “propiocepción” sintiendo cada parte de nuestro cuerpo, notando cómo caen las gotas de agua sobre la espalda en la ducha o de qué manera te calienta la cara el sol por la mañana. Será que mientras haces esas cosas no tienes el pensamiento puesto en cosas peores. Pues bien, semejante programa me parece de perlas y ojalá que aprendiésemos a relajarnos de esa o de otra forma en vez de caer presos de los nervios a cada instante. Pero la verdad es que yo esperaría algo más de una disciplina a la que se llama meditación.

Que fuésemos capaces, por ejemplo, de plantearnos si merece la pena lo que estamos haciendo, si trabajamos más o menos que antes de que existiesen las computadoras, si es vida lo que llamamos vida y si hay alguna manera de darle a la tecla de rebobinar, comenzando de nuevo con la esperanza de que el progreso nos salga mejor a la segunda.

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