SOCIEDAD

Mente sana en ciudad sana: Robin Rovira Cedeño

La vida citadina incide positiva o negativamente en nuestra proclividad. Como dijo Honoré de Balzac: “El medio social es el agente transformador de la naturaleza humana”.

Pregunto, ¿aglomerarse, cual ganado a la puerta de un corral, en este caso, a la puerta de un Metro Bus para abordarlo, ayuda a evitar que las personas se falten el respeto? He visto hombres que ejercen la violencia al forcejear con mujeres para subir al autobús.

¿No será así como empieza un feminicidio? Faltándole el respeto a una mujer a la puerta de un autobús, para después, fruto de un acto repetitivo de irrespeto contra ellas, acabar con la vida de alguna en cualquier otra parte.

Podrán decir que me he ido por la tangente, pues cada persona tiene su albedrío o que eso se aprende en casa, pero no en vano se habla en psicología sobre “condicionamiento” para denotar cómo el entorno influye positiva o negativamente en nuestras actitudes.

Nuestro entorno de vida en la ciudad nos condiciona o predispone a la vulgaridad (chabacanería) y a la violencia. Aglomeraciones en las paradas, en los buses y en el Metro; sistemas de aire acondicionado inservibles o música estridente en el transporte colectivo; desorden en las calles; procrastinación y falta de ética en la atención al público, y basura por doquier. Toda esta marejada de cosas conduce a la enajenación mental.

No quiero ser pesimista, pero viene a mi mente lo que escuché de un extranjero refiriéndose a su país de procedencia: “Es triste reconocerlo, pero mi país está maldito”. Ojalá no llegue el día en que tengamos que emigrar, porque nuestro modelo de vida urbano se torne tan intolerable que ya no sea posible vivir en paz. No solo las drogas conducen al enajenamiento mental, sino también un sistema de vida citadino insano. He visto a gente que habla sola en las paradas y dentro de los autobuses.

Aunque no tan recurrente, debido a la falta de vagones a ciertas horas, el Metro también reúne las condiciones para altercados de los que he sido testigo.

Decía Woodrow Wilson: “El primer deber de la ley es mantener saludable a la sociedad a la cual sirve”. Y cuando hablamos de salud no debe entenderse solo en el plano físico, sino también en el mental. Presencié cómo un hombre joven prácticamente desafió a un anciano. Algo no menos tirado de los cabellos, vi un conductor de Metro Bus que, tras no hacer la parada que le solicitó una señora, cometió el exabrupto de entrar en un “dime que te diré” con ella, al punto de ofenderla. Recordé, entonces, las palabras de José Ortega y Gasset: “La masa en rebeldía pierde toda capacidad de religión… lo característico de la masa u hombre medio es que sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera. Vivimos bajo el brutal imperio de las masas. La urbe (ciudad) es la súper casa”.

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