GOBIERNO AUTÓCRATA

Mirarse en el espejo venezolano: Temístocles De Obaldía

Siempre he dicho que los panameños y venezolanos tenemos muchas similitudes como pueblo, algo propio de las herencias que compartimos. Precisamente, por esas similitudes, debemos vernos en ese espejo para no cometer los mismos errores.

Considero a Venezuela como mi segunda patria porque hice estudios en ese país, en 1983. Tengo muchas amistades allá y he regresado en incontables ocasiones durante los últimos 15 años.

A inicios de la década de 1980, en pleno boom petrolero, decíamos que Venezuela era la Arabia Saudita de Latinoamérica. Entonces cualquier ciudadano de ese país podía ir de compras a Miami o a Nueva York; muchos estudiaban en las mejores universidades de Estados Unidos y de Europa, con becas del Estado.

Caracas ya era una ciudad vibrante, moderna, bulliciosa y costosa para esos tiempos, y la mayoría pensaba que la bonanza nunca acabaría. Tenían la democracia más robusta, solidaria y ejemplar de toda la región, sin embargo, no supieron cuidarla. Poco a poco, el boom petrolero se acabó, pero los partidos políticos –como Acción Democrática y Copei– no se reinventaron, no se corrigieron ni superaron los vicios adquiridos en los años de la bonanza. Ambos sufrieron divisiones, mientras el descontento social iba en aumento y se produjo el rechazo popular a esos dos partidos tradicionales.

En 1998, surge como alternativa política un militar de nombre Hugo Chávez Frías, quien intentó dar un golpe de Estado unos años antes y fue a la cárcel por esa razón. Una vez indultado por el ex presidente Rafael Caldera, Chávez comenzó a captar el descontento popular. Con su discurso fogoso llenó el espacio político perdido por los grandes partidos. Cuando fue electo Presidente, abrió una nueva etapa en la vida del país bolivariano.

Hoy podemos concluir que la medicina resultó mucho peor que la enfermedad. Recuerdo que cuando el chavismo comenzó, en 1998, le dije a mis amigos y conocidos que Chávez y su sistema destruirían esa nación. Nadie me hacía caso, todos estaban felices con el gobierno y apoyaban el Socialismo del siglo XXI.

Cuando el Presidente llegó al poder, el barril de petróleo se cotizaba a $7.00, pero tuvo la suerte de que al poco tiempo, subió a $153.00. Así Venezuela revivía la bonanza petrolera. El Gobierno elaboraba los presupuestos de Estado situando el precio del barril en $36.00, pero en realidad valía entre tres y cuatro veces más en el mercado internacional.

Los bolívares a manos llenas cegaban a los venezolanos, más preocupados por hacer riquezas, adquirir bienes suntuosos y viajar que por estar alerta ante las verdaderas intenciones del chavismo, que avanzaba en el desarrollo de un sistema político, social y económico dictatorial y socialista. Se fue tejiendo así una telaraña ideológica, política y social, por medio de dádivas, becas, las conocidas “misiones de barrio adentro”, la confiscación de grandes industrias y fincas agropecuarias, la regulación de la prensa, planes sociales de todo tipo, con fines paternalistas y electoreros. Chávez se convirtió en un Dios que regalaba a los pobres, y todos tenían expectativas de recibir algo.

Esa telaraña sirvió para controlar de forma casi absoluta la vida del país y los pobres se volvieron mucho más vulnerables y dependientes del Estado.

Hoy, después de 16 años de chavismo, en Venezuela impera la anarquía, la violencia, la pobreza, la escasez y el caos permanente. Hablamos de una nación con la mayor riqueza en recursos naturales de la región, y con la ventaja de haber disfrutado de los precios más altos del petróleo en su historia. Nada de esto evitó su destrucción moral, social y económica. Por muy rico que sea un país, si está en manos inadecuadas, esas riquezas no le sirven de nada.

Hoy la juventud ha vuelto a las calles para rechazar el statu quo, exigiendo que se cambie el rumbo fracasado, para salir de la profunda crisis. Hay esperanza gracias a esos jóvenes heroicos que hacen sentir su militancia vibrante, poderosa y ejemplar en defensa de la libertad y los valores democráticos. Entre ellos ha hay mártires que con su sangre han conmovido la conciencia colectiva. La lucha será dura y larga, pero la convicción en los principios y la esperanza de un mejor país servirán para mitigar el sufrimiento.

Al igual que lo advertimos en su momento con los hermanos venezolanos, lo hacemos ahora en Panamá. Cuidemos y fortalezcamos nuestra democracia, para evitar las experiencias nefastas de otros pueblos que han tenido que caer en la ruina y la desesperación, para reaccionar.

¡Adelante Venezuela, gloria al pueblo bravo! Los demócratas de Panamá te apoyamos, profundamente, en esta coyuntura histórica de luchas y sacrificios hasta alcanzar la victoria.

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