Mireya, dos años después

Juan Ramón Martínez Dettore Cuando se escribe en los medios, cuestionando y atacando al gobierno, no importa quien lo represente, ni que el que escriba el asunto resulte ameno; no hay necesidad de ser objetivo y basta con reiterar ciertos comentarios matizados de especulaciones y exageraciones, sin necesidad de efectos probatorios. Cuando se hace laudatoriamente, el asunto se pone tedioso. Cuando se trata de analizar y balancear —con sus créditos y débitos— una gestión gubernamental, hay que juzgar su período de actuación de principio a fin, para llegar a una conclusión definitiva. Mientras, en los análisis parciales, como el de los períodos anuales, no queda otro recurso que intentar ser objetivo.

Hace ya dos años que la gran mayoría de la población decidió catapultar a la Presidencia de la República por primera vez en nuestra historia, a una dama de origen campesino con aureola de honestidad, que a algunos les crea mortificante contraste y a la que quisieran destruir a base de distorsiones y mentiras. Desde el principio de su gestión sus copartidarios, dada la fe y expectativas depositadas en su persona, han sido exigentes con sus motivaciones y actuaciones. Esto es así por razones comprobadas en antecedentes: de cierta clase de gente ejerciendo el poder, el país se resigna a esperar cualquier incoherencia o tracalería.

De un gobierno arnulfista, la gente espera unos márgenes coherentes y honestos en la actuación gubernamental. Tal como lo han sido hasta ahora acciones nada comunes, como un contralor exigiendo informes detallados a los ministros de Estado, así como a funcionarios de diversas instituciones. Una Corte Suprema rechazando recursos presentados por el Ejecutivo (separación y verdadera independencia de poderes). Una presidenta de la República frente a las cámaras de televisión, planteándole a un denunciante de supuestos hechos cuestionables de un funcionario, que acuda a los organismos correspondientes y haga la denuncia. La intervención directa de la presidenta ante la actuación sospechosa y titubeante de ciertos funcionarios, en relación a los desaparecidos, torturados y asesinados, en vista de que la Constitución la faculta a velar por el cumplimiento de la justicia. Las destituciones de funcionarios de alto nivel, por actuaciones dudosas. Y todo esto en el plano legal y ético.

Por doloroso contraste, una Asamblea Legislativa despilfarradora y mayoritariamente sin sensibilidad, cuya META es negar hasta el agua a la población. Además anulantemente contraria y constantemente bloqueadora de cuanta iniciativa positiva proponga el Ejecutivo (IDAAN, modificaciones tributarias, Fondo Fiduciario para disminuir la deuda externa, etc). ¡Imagínese todo lo que se hubiese podido lograr con una Asamblea mayoritaria y positiva!

El electorado deberá recordar estas canallescas actuaciones y evaluar a quién dará su voto.

En lo que compete a lo que regula todo en esta vida, la faceta económica, es evidente e irrefutable la protección y facilidades al agro y al campo en general, lo que contribuye a disminuir el éxodo.

Queda en evidencia también, los márgenes presupuestarios a la educación y a la salud, la proyección en el plano internacional en pos de relaciones comerciales y diplomáticas provechosas y en las que no dejan de ser motivantes las simpatías que emanan hacia nuestra gobernante.

Sus adversarios la han difamado como a ninguna otra dama en nuestra historia republicana. A su gestión de gobierno le han querido atribuir sus propias “virtudes”; justo las mismas de las que ellos han hecho gala en su histórica misión destructiva y cleptómana. De ahí las constantes acusaciones sin pruebas ni fundamentos.

El credo gobeliano de repetir una difamación hasta el cansancio para darle visos de credibilidad, ya ha cansado a la opinión pública la cual por el efecto bumerang está remembrando cada vez más, quiénes hipotecaron el futuro con una monstruosa deuda externa; quiénes han saqueado los fondos públicos; quiénes sospechosamente privatizaron las empresas estatales más rentables; quiénes firmaron un tratado de “neutralidad” que nos ha creado como tarea inconclusa su abrogación ya que desvirtúa nuestra real soberanía, por más que lo quiera ocultar con “interpretaciones potables”, así como han querido ocultar los hechos más canallas y criminales de nuestra historia, con tumbas sin nombres ni cruz.

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