SOCIEDAD

Mitos sobre adopción gay: Javier Stanziola

“¿Dónde está mi mamá?” Para un padre adoptivo, esa es la pregunta más esperada, pero para la que nunca se está preparado. El día que mi bebé me hizo esa pregunta se convirtió en un niño de cinco años que calibró la palabra “adopción” por primera vez en su cerebro.

Dos años después, en la fila de entrada al colegio, sus amigos le preguntaron porque dos hombres diferentes se hacían llamar su papá. “Uno debe ser tu padrino”. “O tu padrastro”. Antes de que yo pudiese abrir la boca, mi hijo, sin parpadear, les explicó que él era adoptado. Que él tiene dos papás. Que ellos son gais, no son verdes ni azules, simplemente padres. Los niños me miraron, entendieron y pasaron a otro tema. Con siete años, ellos lo tenían todo claro.

A la Asociación de Pediatras de Estados Unidos y a la comunidad académica de Inglaterra les tomó mucho más tiempo, pero finalmente han llegado a la misma conclusión. Hace un par de meses, 60 mil pediatras estadounidenses se pronunciaron a favor de las familias con padres del mismo sexo. Este pronunciamiento fue sustentado por una síntesis de cientos de estudios sobre el tema en los últimos 30 años.

Estos estudios concluyen que a los niños que crecen en familias de padres del mismo sexo no les crecen cuatro patas, ni se tiñen de verde por las mañanas, ni les nacen licuadoras en las caderas. Estos niños crecen con una gran capacidad y tenacidad para lograr una buena salud social, psicológica y sexual. Estos núcleos familiares promueven la tolerancia, altos niveles académicos y la autoestima.

Por su parte, un estudio reciente de la Universidad de Cambridge en Inglaterra refutó categóricamente la hipótesis sostenida por muchos (incluyendo varios de nuestros legisladores y la iglesia oficial) que las parejas del mismo sexo no pueden ni deben criar hijos.

El estudio confirma que las dudas sobre los efectos negativos para estos niños carecen completamente de fundamento.

En realidad, existen más similitudes que diferencias entre familias de padres heterosexuales y de padres del mismo sexo. Las diferencias se encuentran en la manera en que forman sus familias y en los niveles de depresión, que son más bajos entre parejas de hombres gais.

Estos estudios comprueban que lo que importa no es la orientación sexual de los padres, sino el tipo de relación que los hijos tienen con ellos. Sin mitos religiosos ni prejuicios medievales, estos reportes científicos alimentan la tolerancia una cucharadita a la vez y ayudarán a que mi hijo y miles como él enfrenten un mundo con menos prejuicios.

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