Montesinización

Las plumas más renombradas se alquilaban, periodistas prestigiosos y muchos no tan famosos vendían sus opiniones

Jorge Eduardo Ritter Politólogos que se dicen aventajados, y que la crónica política así los considera, pronostican la inminente argentinización de Panamá, entendiendo por tal el surgimiento de protestas callejeras -aguijoneadas por las penurias económicas- similares a las que condujeron a la caída del presidente De la Rúa y a una desenfrenada sucesión de presidentes rayana en la comicidad. Yo, menos ducho en esas materias, discrepo: a pesar de la difícil situación económica por la que atravesamos, no estamos al borde de lo que ahora se llama un “argentinazo”. En todo caso nos encontramos -no sólo en sentido geográfico- mucho más cerca de Perú que de Argentina. Dicho de otro modo, más cerca de Montesinos que de Cavallo.

El tándem tenebroso Fujimori-Montesinos obtuvo tantas y tan resonantes victorias frente a sus adversarios políticos que terminaron por considerarse invulnerables, y por creerse sus propias mentiras. Creyeron en la unanimidad de los aplausos cuando en realidad habían logrado acallar a algunos miembros de la oposición y a buena parte de los gremios no con la contundencia limpia de los argumentos sino con las fuerzas deleznables de la extorsión y el soborno. La adulación constante y desmedida a la que vivían sometidos, lejos de ser espontánea era el producto de ese mismo soborno y de la corrupción o, en el mejor de los casos, provenía de quienes aspiraban a las concesiones y privilegios que con tanta largueza prodigaban a los que se sometían a sus incuestionables designios. Pues perder de vista la realidad de su entorno, volverse intolerantes a la crítica, y olvidarse de que el ejercicio del gobierno es efímero, no son deformaciones exclusivas de los dictadores: algunos de los que acceden al gobierno por vías democráticas -Fujimori ganó dos elecciones y por poco una tercera- acaban engreídos por la adulación y ensoberbecidos por el poder.

Las plumas más renombradas se alquilaban, periodistas prestigiosos y muchos no tan famosos vendían sus opiniones, juristas reputados y también magistrados acomodaban sus conceptos para satisfacer las ambiciones de los que mandaban o para justificar sus arbitrariedades, mientras la población, lentamente y en silencio, iba percatándose, con su propio olfato, de la podredumbre que carcomía las más altas esferas de los órganos del gobierno, de los gremios, de los sindicatos y de los medios de comunicación. Más tarde que temprano llegó, como siempre llega, la hora de saldar las cuentas. Y cuando esa estructura de sobornos y chantajes se derrumbó, cayeron por igual sobornadores y sobornados, los que pagaban y los que recibían, los que alquilaban conciencias y los dueños de las conciencias alquiladas.

Senadores y magistrados, periodistas y empresarios, ministros y generales que antes celebraban juntos los abusos del poder y gozaban de los millones que de él se derivaban, ahora también comparten un destino común: la cárcel y el desprecio de la ciudadanía. Algunos siguen listados como prófugos, pero ellos y sus capitales mal habidos son objeto de persecución por todo el mundo. ¿Quién iba a imaginar semejante destino cuando los dineros corrían a raudales, la prensa y el gobierno calificaban como patriotas a los parlamentarios sobornados, y el gobierno parecía todopoderoso y eterno? ¿Quién iba a suponer que los que una vez gozaron de inmunidad -parlamentaria en unos casos o la mera protección oficial en otros- iban a terminar vilipendiados aun por aquellos que en alguna forma fueron cómplices de sus fechorías? ¿Quién iba siquiera a presentir que un día Montesinos revelaría, con detalles que asquean, cómo compraba a los parlamentarios para satisfacer los caprichos de Fujimori?

La picaresca política bautizó como “vladivideos” las grabaciones en las que aparece Vladimiro Montesinos comprando votos de parlamentarios o, como dicen algunas invitaciones a matrimonios, demostrando su cariño en efectivo. Tal sistema de gobierno, en el que se combinaban amenazas y colusiones, extorsiones y sobornos, bien pudiera en el futuro recibir un nombre asociado con Montesinos, no porque el asesor de marras haya sido el primero en utilizarlo, sino más bien porque él lo elevó a cimas insospechadas de cinismo y porque ahora, con sus declaraciones, le ha comunicado al mundo entero que aquellos convertidos a quienes la prensa peruana tildaba de valientes habían sido, en realidad, comprados por el gobierno. “Montesinización” no logró su ingreso a la última edición del diccionario de la Real Academia Española. Debo presumir que en el futuro sí aparecerá y que, siguiendo el patrón de las definiciones académicas, la entrada dirá así: “Perteneciente o relativo a Vladimiro Montesinos: Dícese del proceso mediante el cual un gobierno logra, o pretende lograr, sus objetivos mediante la coerción, el chantaje y el soborno”. Lo trágico sería que, en lugar de aparecer como un peruanismo, apareciera, aunque aún se ignoren algunos pormenores, como un panameñismo.

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