OBRAS GUBERNAMENTALES

¿Nadie había hecho tanto?: Javier Barrios D.

Años atrás leí en un medio local que el gobierno que más escuelas había construido era el de Marco Robles (1964-68), obra de un ministro apodado “El sembrador de escuelas”. El presidente Martinelli ha expresado que él ha ejecutado más obras que los gobiernos en los últimos 40 años, incluso, se adjudica la paternidad de proyectos gestados e iniciados en administraciones anteriores y de logros alcanzados en su período, como si nadie antes hubiera hecho nada al respecto.

Las estadísticas oficiales revelan algo distinto, pues el gobierno de Omar Torrijos en 11 años (1970–1981) –si bien equivale a dos períodos presidenciales– se acercó, equiparó y hasta superó, según el caso, a todos los gobiernos que le precedieron en 65 años de vida republicana, en la ejecución de obras en casi todos los ámbitos del quehacer nacional.

No cuestiono la justificación de muchos de los proyectos del señor Presidente, lo inapropiado son los criterios empleados para seleccionarlos, los métodos de adjudicación y el atropello en su ejecución (todos, como dice él, “a la misma vez”); en un proceso matizado de política, emoción y caprichos; buscando quedar como el mandatario que más hizo, y dejar sus “pirámides”, cual faraón. Incluso, hay cierto brillo de suntuosidad en lo que hace, quizás para que después él, los promotores de tales obras y gente desprevenida, lo disfruten, cual niño con juguete nuevo, y para que el visitante foráneo distraído sienta que ha llegado a un país del primer mundo... ¡chiste cruel!

Nuestros gobernantes no han comprendido que, como decía Torrijos, “el pueblo no agradece las obras que le haces, porque las considera deudas pasadas”... una obligación y, además, que no perdona los desaciertos y, generalmente, presume que todos roban.

Para lograr tales objetivos, este gobierno ha recurrido a diversas fuentes de financiamiento, viables o no, por ejemplo: Aumentando los impuestos (en 2012 recaudó B/.900 millones más de lo previsto) y el endeudamiento, utilizando los ahorros (Fondo Soberano) y vendiendo acciones y propiedades estatales, etc. Como resultado, en tres años de gobierno ha tenido a su disposición (presupuesto aprobado) B/.37 mil 800 millones, que es más del doble que el de Mireya (B/.17 mil 300 millones) para el mismo período de gestión y casi el doble que Martín (B/.20 mil 400 millones). Ha incrementado la deuda pública (contabilizada) en B/.2 mil 800 millones, cuyo saldo a la fecha alcanza casi los B/.14 mil millones, mientras que en el mismo período Martín solo la aumentó en B/.450 millones y Mireya en B/.800 millones.

Incluyendo la deuda no contabilizada (proyectos llave en mano y otros compromisos no vencidos), al final de su mandato nos dejará un regalito que rondará los B/.20 mil millones en endeudamiento, y las finanzas públicas en una situación riesgosa (un déficit fiscal mayor en términos reales).

Por tanto, nadie pone en duda que este gobierno –multimillonario– haya hecho (invertido y gastado) mucho más que sus antecesores inmediatos, pero extenderse a 40 años es erróneo. Igual ocurre en el sector privado, donde, obviamente, quien más recursos posee, más hoteles, centros comerciales, rascacielos, ¡supermercados!, etc. está construyendo en este país. Entonces, ¿a qué viene tanta alharaca... tanto cacareo? El asunto no es de cantidad, sino de calidad e impacto social. Cabe señalar que, como todo es relativo, los precios para el Gobierno en 10 años no han aumentado más del 50%, en cambio, el presupuesto ha rebasado el 100%.

La población ha dado al traste con algunas de sus pretensiones en la inusitada búsqueda de fondos e igual lo haría, si tuviera plena conciencia de que buena porción de los mismos está siendo utilizada en gastos no prioritarios y superfluos, en publicidad (en lo que ya debe haber gastado más de B/.100 millones) y en megaproyectos sin mayores estudios, de dudosa rentabilidad social, incluso financiera, otorgados mediante contrataciones directas y carentes de una adecuada supervisión, lo que se traducirá, entre otras cosas, en sobrecostos, como está ocurriendo con el Metro, que ya supera el presupuesto inicial en B/.430 millones. ¡Y vendrán más!

Unos hacen la fiesta, y que otros la paguen, como en Grecia y España, entre otros países (¡desarrollados!) que están sufriendo la resaca de juergas pretéritas. No puedo especular respecto a cómo el presidente Martinelli administra sus empresas, pero “nadando” en la opulencia del gobierno no ha mostrado mucha planificación ni disciplina financiera, corriendo con ello el riesgo de errar, malgastar, “distraer” recursos, etc... ¡como si los pobres no existieran! No hay derecho, ¿verdad?

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