APRENDIZAJE

Naufragar en el intento: Giselle de la Hoz

Los duelos sin resolver, en cualquier país, estancan la seguridad que requiere el ciudadano común para la convivencia, afectan su identidad y ponen de manifiesto su desconfianza, al moverse en diferentes escenarios.

Un duelo no resuelto nos estanca en el rencor del pasado y en el miedo que paraliza nuestro futuro, y las culpas restan nuestra capacidad de buscar un camino para sanar. De esta forma, el significado de la vida va perdiendo valor, debido a que el “hacer” y el “trascender” se pierden en una vorágine de retaliación.

La corrupción está enmarcada en el cuadro de violencia. La forma ilegal de acceder a la riqueza nos muestra el arquetipo primitivo de la violencia.

A través de la historia y desde los inicios de la República, producto de la rabia y el miedo, venimos enmascarando el resentimiento y endulzándonos con las riquezas materiales. Por años he convivido dentro de una sociedad panameña que se caracterizaba por su bondad, la incapacidad de recurrir a acciones vengativas y un dejo de poca profundidad.

Si tornáramos una cálida mirada de autocrítica, podríamos ver nuestros propios duelos no resueltos, podríamos identificarlos, ya que en muchas familias está instaurado el dolor, debido a todos los hechos que vivimos. En cada una de estas familias hay un anciano que sufre por los actos de corrupción que cometió su hijo o hija; en cada familia hay un niño herido, avergonzado, que no entiende lo que está pasando; en cada familia hay un cónyuge en conflicto que confronta su propia vulnerabilidad.

Seguimos naufragando en el intento, porque no hemos podido sentarnos, con discernimiento y madurez, a buscar el verdadero aprendizaje que dan los acontecimientos vividos desde hace muchos años. La historia de Panamá requiere encontrar la justicia y las garantías que necesitamos para que esto no vuelva a suceder. Aquí se aplica la frase del conferencista Rafael Reyes Velasco: “Los mitos, las medias verdades, las interpretaciones nacionalmente interesadas nos llevarán a mal puerto”.

La actitud de “moralmente superiores” aflora en nuestros líderes y ciudadanos y en la penumbra de la verdad asoman los mutuos señalamientos. Todos –sin excepciones– los que participamos de la vida pública tenemos un deber y un compromiso de buscarle el aprendizaje a estos duelos no resueltos.

La confrontación a veces es necesaria con la ayuda de actores locales e internacionales, y un duelo no resuelto nos grita al oído “cuán frágiles somos” y “cuán vulnerables”. Una alternativa es optar por el camino del perdón y no por el camino de la retaliación.

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