MIRADA CRÍTICA

Navidad y teletón, perspectiva ética: Xavier Sáez-Llorens

Dedico esta columna a la entrañable e irreverente Anita Alfaro (q.e.p.d.).

Diciembre me deprime. Por mi carácter racionalista y reflexivo, tiendo a antagonizar todo lo que huele a engaño, superstición, cinismo e hipocresía. La Navidad, por ejemplo, es una recopilación de historietas primitivas, diseñadas alrededor de Jesús, un ícono cuya biología humana fue manipulada y su figura carismática explotada para generar fama, poder y fortuna a las jerarquías religiosas. Como efecto colateral, los voraces comerciantes se benefician del consumismo paralelo. Las evidencias históricas indican que Cristo no nació este mes ni su peculiar gestación culminó en Belén. Estas festividades tienen en realidad un origen pagano, basado en el culto al invencible astro Sol.

En esta época, la Iglesia clama contra la acumulación excesiva de riqueza, pero sus arcas estructurales, artísticas y monetarias son multimillonarias. Hace poco, incluso, el Vaticano encontró millones de dólares “extraviados” en su entresijo bancario. El fortuito hallazgo, aparte de inverosímil, genera en cualquier librepensador una plétora de preguntas: ¿de dónde procede tanto dinero?, ¿no podría utilizarse esa inmensa fortuna para paliar la hambruna en regiones pobres del mundo?, ¿por qué si se tiene tanto, nuestros países subsidian y otorgan prebendas a las autoridades eclesiales locales, con los gravámenes de creyentes y no creyentes?, ¿por qué no hay auditorías independientes de los capitales que se manejan en Roma, en nunciaturas o en parroquias? Ahora que está de moda la palabra corrupción, ¿no sería una medida transparente y democrática la fiscalización financiera del negocio espiritual?

Estas fechas conllevan reuniones familiares y regalos a hijos, a quienes se les confabula su mente con la venida de Santa Claus o Papá Noel. Tristemente, la diferencia de clases aflora en este período. Mientras los pudientes exhiben alhajas, los humildes se entretienen con migajas. Unos reciben numerosos presentes, muchos esperan una dádiva solidaria. Pocos degluten manjares, el resto se conforma con una ración adicional de comida. Algunos disfrutan a sus dos progenitores, la mayoría vive en hogares disfuncionales. En mi caso, mi padre ya no está y mi madre, hoy de 90, ya no se entera. Se finge armonía entre parientes pero ocurren continuas trifulcas, a veces insalvables, en los 364 días restantes del año. Se festeja el nacimiento de un redentor que vino a salvar al mundo, pero que durante dos milenios ha fracasado en su misión. Tan solo en estos días, varios tiroteos, secuestros y atentados terroristas han segado la existencia de criaturas inocentes por doquier. La aberrante matanza de niños en una escuela de Pakistán corrobora, por enésima vez, que la supuesta deidad fue un invento conveniente, sigue en letargo milenario o padece de omnisciencia sádica.

Para incrementar mis desavenencias, en este mes se celebra el teletón. La iniciativa del club 20-30 es muy loable. El objetivo perseguido es magnánimo. Al sujeto símbolo se le asegura un futuro mejor. Muchos artistas ofrendan su tiempo para la noble causa. Hasta aquí vamos bien. Varios dilemas éticos, empero, se mezclan para enturbiar la colecta televisiva. El tema de la privacidad es uno de esos. La gente con alguna discapacidad no necesita piedad o caridad, sino oportunidad y dignidad. Exhibir el rostro o la dolencia de un chiquillo para inducir compasión es éticamente deplorable, particularmente porque él no está en edad para consentir o asentir libremente sobre su exposición. El muchacho podría ser susceptible a que compañeros de escuela se mofen de su fama transitoria o que suban sus fotos a redes sociales para posteriores hostigamientos.

Un segundo problema se asocia a las aportaciones que hacen funcionarios estatales utilizando divisas que emanan del tesoro nacional. Es el Gobierno, en todo caso, quien debe garantizar que hospitales, clínicas, instalaciones de rehabilitación y colegios oficiales dispongan del financiamiento apropiado para atender a los individuos con habilidades especiales, sin necesidad de teletones. Resulta repugnante ver a políticos subirse a tarimas y desplegar su habitual demagogia para entregar, a su nombre, parte del erario sin la anuencia de los que tributamos al fisco. La reciente repartición de bonos a diputados es fiel ejemplo de la podredumbre moral que impera en el país. El tercer aspecto se relaciona a la esencia del verdadero altruismo. El anonimato es el símbolo más genuino de la generosidad. Un auténtico desprendimiento significa ayudar al necesitado sin esperar retorno alguno, ni en la forma de reconocimiento público o exoneración de impuestos, ni mucho menos en la exaltación de la propia imagen.

Puedo entender que la mayoría de personas se abstrae de meditar sobres estas consideraciones para poder vivir momentos de paz y júbilo. No las culpo. Admito, además, que presenciar la alegría de un chaval al abrir sus inesperados obsequios es una sensación irrepetible. La felicidad, aunque sea transitoria, resulta vital para la salud mental de cualquier sociedad. Debemos aceptar, no obstante, la doble moral que nos asfixia y que impacta también nuestra conducta en otros quehaceres cotidianos. Aspirar a vivir en un mundo mejor amerita primero una modificación en la actitud y comportamiento de nosotros mismos. Si no estás dispuesto a cambiar, no esperes que los demás lo hagan. Feliz Navidad... @xsaezll

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