MIRADA INTERNACIONAL

Negociando el cambio climático: Elia Guerra-Quijano

Desde hace tiempo, se le achaca al cambio climático las lluvias, tormentas, sequías y huracanes, los que si bien es cierto son particulares de esta región, por su frecuencia y efectos devastadores despiertan interés e inquietud en la población.

Indistintamente de las condiciones climáticas que dan origen a estos eventos, existe entre la ciudadanía cierto conocimiento ante los alcances que tienen tales cambios en la salud, seguridad alimentaria, en fin, en el desarrollo del país; al punto de que ya algunos diarios sacan de las secciones de entretenimiento y sociedad, notas de prensa sobre el cambio climático.

Desde que “La Purísima” (como le llaman a las lluvias torrenciales) azotó las riberas del Canal en diciembre de 2010, con la suspensión del tránsito por unas cuantas horas, algunas instituciones públicas proponen planes de contingencia más allá de las tareas que realizan la Anam y el Sinaproc. Los informes de la Cepal y de la misma Secretaría sobre el Cambio Climático confirman la vulnerabilidad del istmo y la necesidad de contar no solo con un plan ante desastres, sino con una estrategia para adaptar a sectores clave, como el agropecuario, y resguardar recursos naturales vitales para la vida en el territorio del país.

No obstante, aun no se cuenta con una hoja de ruta que integre a los planes y programas de desarrollo, pautas para la mitigación de emisiones o medidas para la adaptación al cambio climático. Con la adopción de una política nacional se ha tratado de responder al objetivo último que es la reducción de los gases de efecto invernadero, en procura de darle al sector privado ciertas garantías para que, de manera voluntaria, introduzca nuevas tecnologías y buenas prácticas, junto a los esfuerzos que promueva el Gobierno.

Hasta hace poco, cerca de 40 países desarrollados tenían compromisos cuantificados para la reducción de esas emisiones. Para el resto se dejaba a su discreción, y según esas responsabilidades comunes pero diferenciadas, adoptar medidas que en la mayoría de los casos eran gestos paliativos por falta de visión, y casi siempre por no contar con recursos financieros y técnicos. No obstante, algunos países de la región han hecho aportes significativos. Costa Rica se ha propuesto ser carbono-neutral en 2021.

Con proyecciones tan tremendistas que indican que la temperatura subiría entre 1.5 y 4 grados centígrados en poco tiempo, el planeta Tierra exige el verdadero compromiso de todos los países –particularmente de aquellos más desarrollados, que tratan de esquivar el pase de factura–, por lo tanto, se promueven obligaciones para las naciones en desarrollo.

En Panamá tenemos un reto que va mucho más allá de un plan de energías renovables, sobre todo cuando la forma más económica de cumplir con nuestras obligaciones está en la prevención y adaptación, antes que pagar costos elevados para reconstruir la economía por causas asociadas al cambio climático.

Aunque desde 2012 se intenta llegar a un acuerdo para un régimen internacional, que le demandaría de Panamá cumplir con esas obligaciones, estas podrían estimular nuevos mecanismos financieros para facilitar su cumplimento, a través de un mercado voluntario de carbono y, junto a Costa Rica u otros países vecinos, fomentar un área libre de carbono.

La urgencia que implica intentar captar o secuestrar esas emisiones, según la jerga del convenio, ha resultado en una negociación compleja, política, comercial, económica, y menos ambiental. ¿Se imaginan a los países europeos o los vecinos del norte evaluados, para ver si pasan esos exámenes, y apuntados como trasgresores ante el resto del mundo?

En noviembre 2013, arrancó la etapa final de esta negociación, que se espera firmar en diciembre de 2015, en París, Francia. Igual de importante como han sido para Panamá las negociaciones para los tratados de libre comercio, los diálogos ambientales–multilaterales requieren poner a los mejores jugadores en la cancha. Son negociaciones a puertas cerradas, hasta horas de la madrugada y en inglés, en las que cada palabra negociada puede poner camisas de fuerza a las economías de los países en desarrollo, en sectores tan importantes como la aviación y el transporte marítimo, y/o ponerle un valor comercial a los recursos naturales.

El próximo 24 de septiembre, en Nueva York, el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, será el anfitrión en la más importante cumbre de jefes de Estado, para tratar el financiamiento para el clima. Se espera que los participantes respalden estas negociaciones con propuestas ambiciosas que, sin duda, podrían cambiar no solo el clima sino los hábitos, costumbres y tradiciones de las futuras generaciones de panameños. Al presidente Juan Carlos Varela le tocará elevar su voz, a nombre de Panamá, y compartir su visión para un desarrollo bajo en carbono que contribuya, junto a esa comunidad internacional, a salvar al planeta.

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