COLUMNA INVITADA

Oxígeno en un cometa: Camilo José Cela Conde

Si a cualquiera de nosotros se le preguntase qué es lo más esencial para poder vivir, diría con toda probabilidad que es el aire. Respiramos aire, es decir, oxígeno. Pero el oxígeno es una molécula casi imposible de encontrar, como tal, en la naturaleza, dada su tendencia a reaccionar con otros elementos para formar combinados como son el agua, el monóxido y el dióxido de carbono.

Que nuestra atmósfera contenga oxígeno libre es el resultado de la actividad de las cianobacterias que, hace cerca de mil 800 millones de años, transformaron en oxidante la atmósfera reductora de los casi 3 mil primeros millones de años de existencia de nuestro planeta. Desde que el oxígeno quedó libre en el aire la mayoría de los animales lo utilizan para sus funciones básicas y, a la vez, tienen que protegerse de la amenaza que supone ese elemento tan agresivo como para amenazar la propia vida. En buena parte, nuestro destino depende de la disposición de antioxidantes.

Agua, monóxido y dióxido de carbono son los principales componentes del gas neutro llamado coma (del nombre que tiene el pelo en griego). Un gas que envuelve el núcleo de cada cometa y forma su halo y su cola. Pero Andre Bieler, investigador del Department of Climate and Space Science and Engineering [Departamento de Clima y Ciencias del Espacio e Ingeniería], en la Universidad de Michigan (Ann Arbor, Estados Unidos), y sus colaboradores han publicado en la revista Nature los resultados del análisis que la sonda espacial europea Rosetta ha hecho del coma del cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko (67P), con una sorpresa de gran calado. El halo de ese cometa contiene una cantidad importante de oxígeno libre; casi un 4%, y esa proporción se mantiene de manera estable a lo largo de la trayectoria que sigue el cometa alrededor del Sol. Es decir, el oxígeno de su llamémosle atmósfera se desprende del núcleo del 67P.

Habida cuenta de que los cometas proceden de la época en la que el propio Sistema Solar estaba en periodo de formación, es decir, de hace 4 mil 600 millones de años, el origen del oxígeno presente en el 67P no se puede explicar bajo ninguna de las teorías actuales sobre lo sucedido en ese periodo. Los autores proponen algunas hipótesis a tal respecto. Inicialmente el oxígeno libre podría formar parte de la nebulosa protosolar, justificando así su incorporación al núcleo de un cometa. Más tarde los efectos de la radiación sobre el agua –la radiólisis– podría separar las moléculas de oxígeno e hidrógeno; si el primero quedase atrapado en los huecos del hielo y el segundo se evaporase de forma rápida se impediría que se produjera de nuevo la hidrogenación, inevitable en otras condiciones, la restitución del agua.

Pero, como dicen Bieler y sus colaboradores, los modelos en boga acerca de la formación del Sol y nuestros planetas no contienen las condiciones precisas para explicar el porqué del oxígeno libre en el 67P. Se había detectado esa molécula en el hielo de las lunas de Júpiter y Saturno pero nunca en un cometa.

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