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EL MALCONTENTO

¿Y eso era todo?: Paco Gómez Nadal

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¿Y eso era todo?: Paco Gómez Nadal

Las fechas señaladas corren el peligro de ser tan abundantes en recuerdos como fugaces en el tiempo. Veinticinco años sí es mucho. Mucho tiempo, mucho olvido, mucho silencio, muchas mentiras, muchas verdades guardadas a la sombra de la incomprensión. Ya sabemos que toda historia tiene muchas versiones. Y que todas esas formas de recordar tienen un poquito de verdad… y de invención. El problema suele ser que no todas las historias tienen el mismo peso en una sociedad y que unas, por ser dominantes, parecen ser más veraces que aquellas que por minoritarias casi nunca encuentran espacio en la agenda pública.

La historia más repetida dice que érase una vez un militar muy malo, con una cara marcada por su propia perfidia. Y que ese militar tan malo tenía bajo su bota a todo un país. Cuenta que un grupo de valientes ciudadanos, casi todos pertenecientes a la clase económica y/o cultural que sí importa se enfrentaron a él y que fueron reprimidos y que Estados Unidos, consciente de las penurias de los pobres panameños, mandó a 24 mil soldados que salvaron al país del desastre.

Hay otras versiones, claro está. La de una élite asfixiada por un bloqueo económico que ella misma había animado; o la de un imperio cansado de un exempleado que le había salido respondón y corrupto; o la de una población mayoritaria que observaba alucinada y no muy implicada el enfrentamiento en las alturas; o la de un paísito un poco jodón que en pleno fin de la guerra fría no podía seguir vestido de camuflaje; o el del proyecto de Washington para Latinoamérica y en el que el país del Canal tenía que jugar un papel controlado; o el de los intereses económicos brutales que se jugaban en la economía offshore y que se estaban poniendo en riesgo; o el del narcotráfico, que una vez cumplida su función en la financiación de la contrarrevolución nicaragüense, había que controlar…

En fin… como digo… todas con un poquito de verdad y todas con un mucho de memoria pervertida. ¿Por qué ocurre eso? Por el silencio, por la falta de procesos de verdad, justicia y reparación que pongan en su sitio a cada actor de un conflicto, que identifique a las verdaderas víctimas y que logre resarcir los daños causados.

En el caso de la invasión de Panamá y de los estragos causados solo puede haber un culpable: el que invadió. Estados Unidos, 25 años después, sigue sin pedir perdón y sin asumir sus responsabilidades. Probablemente es pedir mucho, pero ese es un paso imprescindible para hacer justicia. Luego están los cómplices externos e internos y ese es un campo más delicado en el que habría que saber quién salió ganando, quién alentó, quién fue colaborador imprescindible en el desaguisado.

Las víctimas fueron los civiles. No solo los que murieron o fueron heridos (de los que se necesita ya un censo) sino aquellas personas que perdieron sus casas, que sufrieron graves secuelas sicológicas o que vieron condicionado su futuro.

Por eso, aún cuando hay que reconocer al presidente Varela que haya sido el ¡primero! de esta condicionada democracia en asistir al homenaje a las víctimas, la historia no se cierra “con un proceso de reconciliación para cerrar las heridas”. La reconciliación, en un caso de delitos de lesa humanidad como los que nos ocupan, no se logra sin justicia, a la justicia no se llega sin la verdad, y la verdad y la justicia están cojas sin la reparación.

La reparación se aborda desde muchos frentes: desde el reconocimiento público de los daños causados hasta la identificación de los responsables; desde la compensación económica hasta la instalación de hitos urbanos que recuerden lo acontecido; desde la dignificación de las víctimas a través de la memoria histórica hasta la modificación del currículo escolar y universitario para que las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido; desde la conmemoración de la invasión desde la óptica de las víctimas hasta el rescate de su voz.

No asumir estos procesos difíciles y dolorosos es jugar con el futuro. Lo escribo con conocimiento de causa porque tengo el pasaporte de un país que aún mantiene a cerca de 100 mil víctimas de su guerra civil en fosas comunes para cuya apertura no hay presupuesto ni voluntad política; porque aún hoy, en nuestro caso, después de 75 años, aún nos echamos en cara lo ocurrido y malversamos la historia según el silencio que nos cobije; porque no hacerlo supone construir una sociedad sobre unos cimientos carcomidos por el dolor y la revancha.

El 25 aniversario de la invasión no se puede quedar en unos programas de televisión especiales o en una declaración política. Varela ha dado un paso importante, ahora le toca a la vicepresidenta dinamizar sin dilación un proceso serio de memoria y justicia que sea ejemplar para los panameños y para la región. Ahora es el momento.

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