REFLEXIONES

Pacto ´ético, político y religioso´: Jorge Luis Macías Fonseca

Es bueno indicar que en otras latitudes se han suscrito acuerdos, de cara a los torneos electorales, asumiendo diversos nombres: pacto cívico político, de transparencia electoral; de entendimiento de los partidos para prevenir la violencia electoral, de civilidad, etc. Cualquiera que fuese el nombre, el espíritu es promover eventos distantes de la calumnia, el irrespeto, la discriminación y los desenfrenados ataques, de forma que el ejercicio electoral sea claro y democrático.

En Panamá, la Conferencia Episcopal propuso la firma de un Pacto Ético Electoral. Conviene hacer algunas reflexiones frente a la propuesta, toda vez que esa noble actividad –como debe ser la política– se ha prostituido al punto de convertirla en un antro de bascosidad.

En primer lugar, habría que indagar si los que se adscriben al pacto son éticos. De no ser así, este quedaría invalidado. Convendría conocer el comportamiento de quienes ejercieron la primera magistratura, para ver si dieron muestra de realizaciones coherentes, con principios éticos. Sería, además, interesante observar con mucho detenimiento las figuras de dirección de los partidos políticos que aspiran al solio presidencial, para conocer si sus actuaciones públicas son, igualmente, correspondientes con la ética, y de la misma manera, saber si los grupos cívicos o de la “sociedad civil”, que se precian de ser los auténticos defensores de las libertades y de los derechos ciudadanos, en verdad mantienen una posición objetiva distante de los intereses políticos.

Desde luego, las debidas conductas morales se forman en el hogar, pasando por la educación formal para asumirlas luego en sociedad. No se necesitan pactos para que los individuos actúen correctamente. Queda claro que quienes abogan por conductas éticas son los mismos que han contribuido a diseñar una sociedad, sin valores, con violencia verbal y hasta física, con descalificaciones, actos de corrupción, desmedidas ambiciones políticas, fortunas amasadas, discursos demagógicos y con posiciones excluyentes y antidemocráticas. Ellos ven al pueblo como instrumento electoral al servicio de sus intereses.

La Iglesia católica, por su parte, se erige como árbitro entre las aparentes contradicciones de los sectores de poder que se debaten entre ellos, mientras que el pueblo es un convidado de piedra. Las campañas políticas no las ampara, diseña ni patrocina el pueblo.

A nuestro juicio, la Iglesia entendió que su papel era el de acercar posiciones entre la misma clase social, económica y políticamente fuerte. Esto, explica el vehemente discurso del más grande prelado de los católicos panameños, que en su aparición pública, expuesta por los medios televisivos, más que un mensajero de la fe, dio la impresión de ser un dirigente político.

Los pactos se dan entre parte iguales por principio elemental.

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