SOLIDARIDAD

El otro Panamá: Alberto Valdés Tola

Por lo general, existe una concepción popularizada de que en Panamá no hay una sola sociedad, sino dos. Una caracterizada por la opulencia socioeconómica, que se vislumbra como una especie de islote en medio de un mar de pobreza y necesidades existenciales (la otra).

Esta apreciación, aunque algo distante de los hechos fácticos de algunos datos estadísticos, no dista de cierta realidad, que se evidencia cada vez más en nuestras calles y avenidas, en donde los mendigos y menesterosos invaden, impertinentemente, nuestra insensibilizada óptica, deshumanizada por la costumbre de la indiferencia.

Esta suerte de desidia social –porque lamentablemente lo es–, vislumbra el advenimiento de una sociedad panameña caracterizada por el crecimiento socioeconómico de un segmento de la población, no en detrimento de los otros –como algunos pensadores ortodoxos y trasnochados sugieren–, sino por el devastador fantasma de la pobreza y la exclusión social.

Ambos elementos constitutivos de una estructura social desinteresada en promover y garantizar el bienestar social de su población en general.

Así, grupos sociales marginados y vulnerables, como los adultos mayores, los jóvenes desempleados crónicos, incapaces de alcanzar un puesto de trabajo en el mercado laboral; los niños sin acceso a la educación primaria y secundaria en áreas rurales; la continua discriminación contra las personas con discapacidad, y la pobreza extrema de algunos grupos étnicos e indígenas, entre otros muchos ejemplos, son solo los testigos silenciosos de un mal invisible para la opinión pública y estatal. Ambas, ausentes de interés y despreocupadas del devenir existencial de los otros, se desvinculan egoístamente de la realidad social para enredarse en asuntos espurios y de poco valor humanístico y solidario, como lo son las intrigas políticas.

No es posible seguir sosteniendo la tesis que pretende alegar que un Estado no debe generar políticas, programas y servicios sociales universalistas y focalizados para atender las necesidades socio-estructurales de su población, porque podría generar procesos de dependencia socioeconómica y paternalismo institucional; en cambio, debe empoderarse no solo el Estado y la sociedad civil, representada principalmente por organizaciones cívicas y sociales que promueven cada año eventos nacionales en miras de adquirir fondos financieros que autogestionen iniciativas solidarias; sino, también, al ciudadano común y a la empresa privada.

Ahora bien, algunos entendidos podrán alegar –y con justa razón– que tanto los ciudadanos como la empresa privada se manifiestan cada año por medio de sus aportes económicos a eventos sociales como la teletón, sin embargo, este esfuerzo organizado y dirigido en un momento particular del año no es suficiente y menos aún satisfactorio en términos sociológicos, porque no constituye una plataforma integral y continua de ayuda y bienestar social para los más necesitados.

Solo es un paliativo de buena fe, en un mundo sistemáticamente desvinculado del sentir empático por los demás. Una suerte de caridad acrisolada, cuyo alcance nunca se transpola totalmente al devastador escenario de las carencias humanas.

Este desvanecer del amor por el prójimo, caracterizado, principalmente, por la falta de voluntad estatal en proporcionar una institucionalización adecuada y funcional para la distribución y aprovechamiento igualitario de los insumos socioeconómicos que genera el país, en beneficio especialmente de los más necesitados, no solo es una sombra molesta e incómoda en nuestra existencia cotidiana, sino un ejemplo fehaciente de nuestra pérdida de identidad ciudadana como panameños solidarios.

De esta forma, debemos todos los ciudadanos optar por constituir un solo Panamá, mediante una opinión pública vigilante que conceptualice el bienestar social, no como un privilegio de algunos, sino como el legítimo derecho de todo ser humano.

Solo así, podremos edificar un Estado más solidario y democrático para todos.

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