RÉGIMEN AUTOCRÁTICO

Panamá bajo acoso: Paulino Romero C.

Desde un principio, los políticos de nuestra transición democrática debían haber comprendido la verdad de muchas intenciones comunitarias. Pero, o no se enteraron o no quisieron reconocer los regateos de la evidencia. Hasta hubo alguno (o algunos), que imaginaron que ciertos paseos por el exterior podrían ayudar a recomponer la maltrecha imagen interna. Lo comprueban los cientos de viajes oficiales de las autoridades nacionales, particularmente de presidentes de la República en el último decenio (2004-2014).

Pero no bastan unas convencionales risitas de aeropuerto y otras tantas declaraciones ambiguas y de cortés satisfacción para transformar en un Talleyrand o un Metternich a cualquier viajero apresurado. Además, la diplomacia no es una ciencia exacta, pero sí es un arte de infinitos saberes, discernimientos y sutilezas, que no se improvisa ni se aprende por rodearse de intérpretes y de jefes de ceremonial.

La nación panameña, desde 2009 hasta el presente, es el resultado de las constantes violaciones a la Constitución Nacional, abusos de autoridad y los desdenes alternativos del régimen autocrático que nos desgobierna. Todo ello constituye, por mucho que nos duela, un auténtico acoso de menosprecios a la ciudadanía. De un modo u otro, a causa de no se sabe qué extraños complejos de estrecheces y picarescas, concluimos por representar el papel de mendigos del drama. Papel que apenas intentamos disimular, aunque los aparentes orgullos se vuelvan hacia otros horizontes.

Pero nos queda la Panamá soberana, la flagrante Panamá del corazón, consuelo de desencantados y fugitivos, de soñadores y menesterosos de toda clase, en donde el gobierno autocrático ha desvirtuado la justicia, destruido las instituciones tutelares, fomentado la corrupción e impunidad administrativa y el nepotismo; abandonado a su suerte la actividad del agro; minimizado la calidad de la educación y la cultura popular; desmejorando la salud de la población y quebrantado el más arraigado sentido de la nacionalidad.

A todo esto se suma el acoso exterior. La envidiable posición geográfica de nuestro país; el Canal Interoceánico, una de las maravillas del mundo, recuperado hace más de una década mediante los tratados Torrijos-Carter de 1977, hoy en proceso de ampliación, enfrenta un serio conflicto con algunas compañías extranjeras agrupadas en Grupo Unidos por el Canal por falta de cumplimiento del contrato con la Autoridad del Canal.

No obstante, Panamá es todavía el país de la imaginación. En bastantes momentos de la fantasía, más bien. Al panameño en estas circunstancias no se le puede ir con reiteraciones, falta de agudeza y de sensibilidad receptiva. Repetirle, como se sigue haciendo, desde hace más de una centuria, que “se ha acabado con la demagogia politiquera” significa que se tiene poco que decir. Lo peor para los panameños actuales es que el acoso no les viene solo de afuera. Es probable que esto tenga mucho que ver con la época que nos ha correspondido vivir. Sea cual fuere el concepto que se tenga de la historia, lo indiscutible es que somos cautivos. Cautiverio que no justifica nuestra dejación desesperada. Ni explica la ineptitud para enfrentar los aniquiladores problemas por parte de quienes ostentan el poder.

El acoso interno se ha vuelto una explosión continuada. La simbiosis crimen y delincuencia ha acrecentado la emoción de la inseguridad. Una emoción que acumula, día a día, cargas impresionantes de factores negativos, desde el miedo y la desconfianza hasta los más perniciosos fermentos de inhibición. El panameño medio (el que trabaja y procura vivir al margen de la política que padece) percibe con nitidez el cerco de acechos interiores. La íntima vocación destructora –que unifica por encima de provincias y regionalizaciones– se abre en las bocas de los revólveres y metralletas, en los modernizados establecimientos comerciales, residencias particulares y calles, en los exhibicionistas y criminales.

La seguridad de los panameños no solo se ve hostigada por la violencia, con sus cortejos de sangre, amedrentamientos y renuncias. Las sombras negras de otras realidades y amenazas les mantienen en vilo de temores e incertidumbres: crisis generalizada, pero ascendente, voracidad administrativa, desprestigio desolador de las camarillas rectoras. Ya no se sabe si ese multiplicado hostigamiento es el provocador de nuestros delirios o si son los delirios los que nos tienen al borde de saltar hechos trizas, náufragos de los trances históricos que no supimos o no tuvimos la grandeza de superar. No olvidemos que para vencer a estos aniquiladores, lo primero que hemos de hacer es consolidar la unión, siempre digna, de todos los panameños.

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