COMPROMISO

Panamá, frente al desafío de Venezuela: Monique Arias

A pesar de los múltiples llamados que le han hecho la Organización de Naciones Unidas, Amnistía Internacional y Human Rights Watch al Gobierno de Venezuela para que libere a los presos políticos y cese la represión, el líder de la oposición, Leopoldo López, cumplió un año de arresto. A pocos días de esta fecha, nuestro Presidente anunció la voluntad de mediar para un diálogo entre el Gobierno y la oposición venezolana. El anuncio se hizo con respaldo y respeto al mandato de Nicolás Maduro.

Hoy, como mujer panameña comprometida con las causas de la libertad, la justicia y los derechos humanos, siento la responsabilidad de decir que gobernar Panamá va mucho más allá de mantener las formas en el ejercicio de la democracia.

Las últimas dos semanas tuvieron un desenlace terrible en la escalada de persecución y represión violenta a los jóvenes estudiantes y a la oposición venezolana. El 13 de febrero, cinco días antes de que se cumpliera el primer año de la detención de López, sujetos armados entraron en su celda y, con soplete y mandarria y tras siete horas de requisa, destruyeron todo a su paso, incluyendo las fotos de los hijos pequeños de López. Pocos días después, los organismos de seguridad del Estado entraron a la fuerza y se llevaron al alcalde Antonio Ledezma por supuestamente intentar un golpe de Estado, sin pruebas ni testigos, y se le violó el debido proceso sin que mediara orden de arresto.

El último evento trágico segó la vida de un estudiante de 14 años que se encontraba en Táchira, en las inmediaciones de una protesta, cuando un guardia nacional de 23 años le disparó un tiro en la cabeza, probablemente amparado bajo el Decreto 8610, que permite el uso de la fuerza letal para reprimir las manifestaciones.

El liderazgo de quienes hoy gobiernan Panamá no solo será juzgado por los resultados de las políticas que beneficien a la población, sino por las políticas que honren el rol de esta Nación como gran istmo conector de libertades. Hoy, los venezolanos atraviesan la peor crisis de su historia. Desde las protestas que se iniciaron en febrero de 2014, se han registrado 43 muertes a manos de la represión, 3 mil 406 detenciones arbitrarias, incontables casos de torturas y 62 presos políticos, que incluyen figuras de alto perfil como López, líder de la oposición; Ledezma, alcalde de Caracas, y Daniel Ceballos, alcalde de San Cristóbal.

Venezuela pasa por una situación terrible, despertemos y definamos nuestra posición. La excusa de la “no injerencia” es insostenible frente al deber de condenar los graves atropellos a los derechos humanos.

Con ocasión de la Cumbre de las Américas, cuando Panamá se erigirá como anfitrión, tenemos la oportunidad para afianzar el derecho democrático de los países de la región, de conformidad con el mandato de la Organización de Estados Americanos y sus cuatro pilares: democracia, derechos humanos, seguridad y desarrollo.

Es oportuno recordar la histórica elección de nuestra Nación, hace 189 años, hecha por el Libertador para que fuera la sede del Congreso Anfictiónico de Panamá. Desde ahí, Simón Bolívar pronunció las siguientes palabras: “Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de una autoridad sublime, que dirija la política de nuestros Gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre solo calme nuestras tempestades”.

Hoy podemos decir que Bolívar anticipó estas tempestades de Venezuela y que la uniformidad de los principios a los que se refería no era solo aquella establecida por los acuerdos internacionales, sino al ejercicio real y vigoroso de esos principios que hoy prevalecen en la agenda latinoamericana de democracia y respeto a los derechos humanos.

Con una inflación del 70%, 25 mil muertes en 2014, y un índice de impunidad del 97%, los venezolanos enfrentan una crisis, social, política y económica, de dimensiones sin precedentes. Sus ciudadanos pasan largas horas en fila para conseguir leche, harina o aceite, y la situación de salud pública es alarmante. En diciembre 2014, murieron 10 pacientes en el Hospital Central de Caracas por falta de válvulas para el corazón, por la escasez imperante. Creo que es más que justo reconocer que están al borde de una crisis humanitaria.

Ahora Panamá es una nación distinta a aquella que pudo caer en el abismo de la crisis de 1989, pero gracias a la solidaridad de nuestros hermanos latinoamericanos, que no dudaron en tendernos una mano en ese momento, acabamos con la tiranía.

Tenemos, como panameños, la deuda moral de legar a nuestros hijos un país que anteponga los principios a los intereses, y extender esos principios más allá de las fronteras. En pocas palabras, contribuir con una región más justa, solidaria y digna: seamos el precursor de la Latinoamérica libre de opresión del siglo XXI.

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