VALORAR EL PAÍS

Panamá, también la patria mía: J. Enrique Cáceres-Arrieta

El jet cruza los cielos como tantas veces. El sol es radiante y el cielo ideal para un viaje tranquilo y placentero. Llegar a su destino no tomará más de 50 minutos. Es domingo, 9 de febrero de 1975, horas del mediodía. El avión despegó del sur del continente americano y se dirige al noroeste, a un pequeño país llamado “Panamá”, que, según sus ancestros, significa “abundancia de peces y mariposas”.

En ese avión viaja un adolescente de 15 años y su madre, quien trae una maleta de sueños para ella y su hijo. No es su unigénito pero es como si lo fuese, porque la vida y las gentes tienen caprichos y ella prefiere la distancia para olvidar y sanar.

A fin de integrarse al nuevo país, el chico debe aprender el himno, conocer y respetar los símbolos patrios y estudiar historia y geografía. Asimila tan rápido y se relaciona tan bien con otros pelados que nadie –salvo los docentes- sabe que viene de otro país.

La repetición del canto del himno en el colegio da frutos y el jovencito lo memoriza rápido. Llegan a sus manos las poesías Patria y Al cerro Ancón; las novelas La boina roja, El ahogado, Gamboa Road Gang... También las historias sobre El Incidente de la Tajada de Sandía, el 9 de enero, el Movimiento Inquilinario de 1925 y otras obras y acontecimientos de esa nación, que el adolescente devora y cultiva. Al cumplir 18 años, su madre decide naturalizarlo para que “las cosas se faciliten”. Y para ello el joven ya adulto tiene que jurar fidelidad, amor y respeto a su nuevo país. Toca renunciar a los derechos de su país de origen y acogerse a las obligaciones y derechos de la nación que lo adoptaba como a uno de sus hijos.

De esa manera, a grandes rasgos, llegué a ser parte de esta bendita tierra. Amo a Panamá tanto como amo a la tierra que me vio nacer. Me siento panameño. Soy panameño no solo porque haya adquirido la nacionalidad panameña, sino también porque aquí nacieron mis hijos; hijos de una panameña. Aquí, asimismo, he nutrido mi intelecto y mi espíritu. Mi intelecto porque me hice profesional. Mi espíritu, pues a inicios de 1979 –mucho antes de que nacieran mis pequeños– sucedió algo que marcó mi vida. No puedo explicarlo. Solo sé que algo extraordinario e inexplicable me ocurrió. Para entenderlo, toca vivirlo. Baste señalar que quien tiene esa experiencia no puede callarla porque desborda la vida. Trasciende la razón y los sentidos. Sobre todo, transforma tu vida para bien. El prójimo lo notará en ti, aunque quieras pasar inadvertido.

Pues bien, si no amara a Panamá después de casi cuatro décadas de vivir entre los panameños y de echar raíces intelectuales y espirituales aquí, sería desagradecido e ingrato. El más ingrato de los mortales. Este es mi país. Mi segunda nación.

Jamás me he sentido “extranjero”. Y –como Ricardo Miró– añoro esta tierra cuando lejos estoy. Los costeños en Colombia me llaman “el panameño”, y los panameños aquí saben que nací en la tierra de Santander, porque nunca lo he negado, aun cuando el acento caribeño me ayude a pasar casi sin notarme. En realidad, digo ser colombo-panameño. Colombiano porque nací en Barranquilla, atlántico colombiano, y panameño porque renací en Panamá. Este es mi hogar. El que en Panamá no tenga orígenes inmigrantes, que levante la mano. Panamá es un crisol de razas y es raro el nacional puro. A la verdad, eso no existe en ningún lado. De ahí que la xenofobia no tenga sentido.

Soy deudor de Panamá y me hubiese gustado haber nacido aquí. ¡Si yo fuera presidente! Demostraría a los políticos que se puede trabajar por nuestra nación y a favor del más necesitado sin meter la pata ni las manos. Panamá aún tiene pocos habitantes y muchos problemas pueden resolverse. Solo faltan voluntad y honestidad políticas.

Disfruto nuestras fiestas patrias. La única “bulla” que tolero es la de las bandas colegiales. Mientras escribo, veo en televisión empolleradas bailando típico ejecutado con violín. ¡Esa sí es pollera! ¡Esa sí es música! Prefiero una cumbia, pasillo o bullarengue que un reggae, rock o pop. Me confieso amante de lo nuestro. No hay como una empollerada bailando cumbia. Niños al son de El Punto. Adolescentes al ritmo de El Mogollón. Ninguna empollerada es fea. ¡Todas lucen bellas! Bellas porque la hermosura de la pollera resalta aun a la menos agraciada. ¡Qué lástima que tantos panameños prefieran la cultura foránea! Demasiados conocen más reggaetón o pop que la música de Ricardo Fábrega, Eduardo Charpentier, Manuel Zárate, Lucho Azcárraga, Rogelio Gelo Córdoba, Danilo Pérez, Rubén Blades, Omar Alfano, Dino Nugent, Santiago Stevenson y otros músicos nuestros. ¡Qué pena!

El 3 de noviembre sufrí, pues vi que solo una televisora transmitía los desfiles de ese grandioso día. Los otros canales presentaban ¡telenovelas! Telenovelas con refrito que glorifica la fornicación y adulterio en nombre del “amor”. (Luego esos canales se “escandalizan” por el incremento de divorcios y adolescentes embarazadas) Panamá, en contraste, es rica en historias que nunca aburren, edifican el alma y culturizan el intelecto.

¡Viva Panamá!

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