Paradojas de una civilización aberrante

Al niño hambriento nadie lo escucha, ya sea porque su marasmo interfiere con el timbre y articulación de su voz o porque nuestros oídos carecen de la sensibilidad necesaria para entender su desesperado susurro

Los atentados terroristas del 11 de setiembre fueron eventos execrables y detestables para cualquier ser humano razonablemente pensante. La muerte de civiles, fruto de cualquier acto bélico o retaliación de la contraparte, no tiene justificación alguna y merece la más enérgica condena. Billones de dólares fueron utilizados para dar cobertura universal a estos trágicos sucesos, para indemnizar a los familiares de las víctimas y para remover los escombros de edificios destruidos; y otros tantos se necesitarán para la futura reconstrucción del área siniestrada. No tengan la menor duda de que las imágenes televisivas serán transmitidas anualmente por los siglos venideros. Si estos hechos los analizamos de forma fría y objetiva, sin embargo, cuantificando el número de muertes y evaluando las erogaciones monetarias empleadas, nos damos fácilmente cuenta de las paradojas de nuestra aberrante civilización. Algunos de los datos que mencionaré fueron proporcionados por un médico amigo que vive en España, y modificados por pensamientos emanados de mis espontáneas inquietudes.

Según cálculos de la UNICEF, ese fatídico día 11 también murieron unos 30 mil niños de hambre (según mi opinión la forma más perversa de terrorismo que existe) en los países pobres del planeta, cifra 10 veces superior al número de decesos provocados por el terror de grupos islámicos fanáticos contra la ciudad de New York. No obstante, para denunciar los deletéreos efectos ocasionados por la inanición, no hubo ninguna edición especial de las redes televisivas, ningún artículo de la prensa escrita, ningún mensaje de presidentes, ninguna manifestación de solidaridad colectiva, ningún minuto de silencio, ninguna conmemoración en favor de las víctimas, ninguna colecta pública para ayudar a los familiares, ningún mensaje papal, ninguna movilización de ejércitos, ninguna hipótesis sobre la identidad de los criminales y ningún efecto sobre las bolsas de la economía capitalista. Da pena saber que muchas de estas muertes podrían haber sido prevenidas utilizando tan solo una fracción minúscula del gasto bélico desplegado en prácticas militares. Se estima que las inversiones en armamento alcanzan unos 2 mil millones de dólares diarios; es decir, casi 7 mil dólares diarios por cada niño que se esfuma del planeta. Con ese dinero, cada una de estas desafortunadas criaturas podría haber asistido a los mejores centros educativos del mundo, vestido con ropa fina, pudo haber ingerido manjares exquisitos y todavía le hubiera sobrado recursos para invitar a todos sus hermanos, primos y amigos del barrio a disfrutar del mismo escenario.

No debemos preocuparnos. Nuestra civilización responde efectivamente para mitigar la miseria infantil y la mortalidad de las criaturas más inocentes del planeta. Estas honrosas respuestas incluyen el imparable incremento de las políticas de globalización económica y neoliberalismo para beneficio cuasi exclusivo de los países desarrollados, la constante corrupción de nuestros gobernantes que drena los recursos de nuestras humildes regiones y desmoraliza las aspiraciones progresistas de las clases más desaventajadas, la negativa del Vaticano para cooperar con un efectivo control de la natalidad, y la irracional intolerancia entre diferentes grupos étnicos y religiosos cuyos líderes proclaman la supremacía particular y el exterminio de los enemigos e infieles. Nunca he sido pesimista, pero ante tan desolador panorama sólo resta repetir el título de este artículo porque no parece vislumbrarse un futuro prometedor. Ni siquiera apelando al sentido común, ya que este parece ser el menos común de los sentidos.

¿Qué podemos hacer para salir de la imbecilidad colectiva que nos aletarga, y cambiar el destino de tantos infantes que sufren por nuestra insolidaridad y por nuestro cómplice silencio? Al niño hambriento nadie lo escucha, ya sea porque su marasmo interfiere con el timbre y articulación de su voz o porque nuestros oídos carecen de la sensibilidad necesaria para entender su desesperado susurro. Tenemos que alzar nuestras voces y difundir nuestras palabras en las escuelas, iglesias, medios de comunicación, clubes cívicos y parlamentos. Hay que insistir hasta la saciedad, nunca parar de hablar y denunciar cualquier actividad que atente contra la salud, la moral, el bienestar y la nutrición de nuestros semejantes. Aunque pasen más siglos de inercia solidaria, llegará el momento que los políticos, líderes religiosos, empresarios y el resto de las personas influyentes de la sociedad escuchen el clamor de nuestras cuerdas vocales. De no ocurrir, le propondría a la naturaleza darwiniana que extinga nuestra especie para que empecemos de cero a enseñar tolerancia, paz, ética y moral entre los primeros habitantes que pueblen nuevamente nuestro planeta. Este nacimiento de un nuevo modelo de homo sapiens quizás represente la única manera de lograr que, para desempeñar cualquier puesto gubernamental, el candidato tendría que poseer como requisito obligatorio haber cursado la carrera universitaria de servidor público idóneo y honesto. ¿Quién me apoya?

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