EL MALCONTENTO

Pasaporte a Chiriquí: Paco Gómez Nadal

La conjunción de astros me hace llegar con atraso a la cita. Pero lo importante, decimos los que somos malos en competir, es llegar, no cuándo se llega. Aunque sí importa. Una de las cosas que más siento de la expulsión de Panamá es no poder ir cuando quiera a ese país donde tenía casa y afectos. No he podido llegar, por tanto, a los funerales de Raúl Leis ni de Juan B. Gómez ni he podido abrazar a Mariela Arce o a Juan Jované y trasmitirles mi afecto tras las pérdidas, esas pérdidas que no tienen consuelo ni remedio. Y no es que yo crea que es importante que los muertos nos presencien, sino que considero que los vivos necesitan de todo el patrimonio de afecto que podamos proporcionarle.

Pero no es posible. Ni siquiera es posible tener el amparo de las autoridades, ni de la ley. Por ejemplo: hoy, siete meses después de nuestra expulsión, la Dirección de Migración sigue sin contestar el recurso de reconsideración presentado de forma oportuna, cuando tenía un mes para hacerlo. Ya ven: esa es la seguridad jurídica que está vendiendo nuestro presidente en Nueva York a inversores e ingenuos. Mejor lo tiene Valter Lavitola, un presunto delincuente prófugo de la justicia de su país a quien Martinelli recibe con los brazos abiertos y aplaude como en benefactor de la patria.

Ya lo sé, ya lo sé: no pediré un pasaporte panameño de cortesía, mejor ni intentarlo. Además, lo cierto es que no me hace falta. Hace años que tengo uno que vale mucho para mí, aunque no sirva en la frontera. Fue en Dos Ríos, durante la celebración del Festival de Antaño, que un comité de nobles chiricanos me entregó la cédula y el pasaporte chiricano con mi nombre y mi foto impresos. Confesaré que cuando tuve que recoger cuatro cosas en mi casa, vigilado por escoltas de Migración, en aquellas horas funestas de la expulsión, no se me olvidó ni la camiseta con el lema “Panamá no se vende” ni el pasaporte verde chiricano.

¿Por qué esa afición por la provincia orgullosa? Pues, porque allí conocí y descubrí a personajes de esos que se dejan la piel por su patria chica y, en consecuencia, por la humanidad toda.

Entre ellos, el hoy ausente mas siempre guerrero y honesto periodista Juan B. Gómez, pero también Roger Patiño y Melva Miranda, esa pareja incansable, ilusionante, necesaria... Roger ha cabalgado, caminado y luchado por Chiriquí desde hace décadas y, ahora, en un trabajo poco conocido en la capital del país, junto a Melva siguen rescatando y potenciando el patrimonio cultural de cada uno de los municipios de la provincia al tiempo que arrancan al Estado con terquedad infinita infoplazas para lugares donde, de no ser por ese esfuerzo, no llegaría ni un cable. Roger también fue el creador, en 1988, del semanario Culturama que, hoy, con Milagros Sánchez al frente, es un dinamizador de la vida intelectual de los chiricanos.

También Antonio Singh con ese empeño discreto en mantener la calidad y la apuesta del Boquete Jazz Festival, sin la fama ni el apoyo que tiene Danilo Pérez, pero con esa quinta energía que los chiricanos sacan de la tierra y las raíces.

Raquel Coba de Boyd, Yaritza Espinosa, Javier Grajales, Ezequiel Miranda o tantos otros ecologistas que han salido de veredas y barrios, han dejado la comodidad de la familia y han incomodado a las mismas para luchar por sus ríos, por sus montañas, por sus comunidades. Es una tarea dura y desagradecida, pero sin gente como ellos, seguro, el mundo sería peor.

Faltan muchas y muchos en esta pequeña lista, pero el mensaje que quiero transmitir es claro: a veces, la ceguera centralista de ciudad de Panamá no permite ver las joyas humanas que se esconden en Chiriquí o en Colón, o en Los Santos, o en Bocas del Toro, o en Darién, en cada rincón del país.

No tienen programas de televisión ni son famosos; los periodistas no los solemos llamar para ver qué opinan del acontecer nacional (porque si no se reside en ciudad de Panamá parece que no se existe), pero son los cimientos, lo que puede salvar al país de este despiste de locura que padece. Yo los he visto, los he escuchado, los he acompañado en sus trincheras por cortos periodo de tiempo y hoy puedo decir que si soy un poco mejor se lo debo –también– a ellos y a ellas. Este es mi “orgullo chiricano”.

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