DECADENCIA

Pasión por la mentira: Charlie Del Cid

Estos días me enteré de que la Escuela de Filosofía languidecía. No sé si ya la habrán cerrado. Desde mi época de estudiante ya éramos pocos. Recuerdo que el profesor de Metafísica –algunos docentes prefieren llamarla ontología y la han dejado en manos de los adivinos, brujos y psíquicos– entró al salón de unos 30 estudiantes y dijo: “Después del primer parcial, quedarán unos 10”. Efectivamente, así fue. Tal vez la culpa de la muerte de la filosofía la tengamos los propios profesores de esta disciplina por haber perdido la pasión por la verdad.

Qué lejos aquellos tiempos en que los oradores y políticos estudiaban filosofía. Filipo II, rey de Macedonia, se buscó un filósofo para que educara a su hijo Alejandro Magno. Algunos dicen que Aristóteles empezó a alejarse de Alejandro cuando captó sus tendencias megalómanas. El mismo estagirita decía que la verdad es decir que lo que es, es; y la mentira es decir que lo que es no es, o que lo que no es, es. Un trabalenguas, verdad. Tal vez su otra definición es más sencilla: estamos en verdad cuando nuestro entendimiento está en concordancia con la realidad.

En qué nos ha ayudado o conspirado este mundo para que esto fuese así. Hace unas semanas el señor Presidente dijo “que todos los políticos mienten”. Esto me hizo recordar la clase de sofismas o falacias que con tanta pasión trato de enseñar a mis alumnos de lógica y filosofía. Los sofismas son mentiras que parecen verdades. Son la artimaña de los embaucadores para tratar de ganar un juicio, la opinión pública, debates, discusiones, peleas matrimoniales...

El Presidente, con su típico sentido bonachón, seguro quiso ganarse al pueblo con su comentario. ¿En el fondo, les importará a los políticos mentir o decir la verdad? ¿Este mundo está interesado por saber la verdad? El mundo se ha convertido en un supermercado de opiniones, donde la verdad no es tan importante; es más importante convencer, no importa si es con demagogia. Ya decía alguno de los sofistas que es más importante aparentar que se tiene la verdad, con un discurso, o con la fuerza, que tenerla.

Entonces nos hemos acostumbrado a la mentira. Puede que hasta justifiquemos nuestra posición con leyes y normas. Podría ser que nuestra opinión sea correctamente legal, ¿pero será lo éticamente correcto? Claro, para quien no acepta lo metafísico y trascendente las cuestiones sobre la verdad, los juicios, la moral y la ética se resuelven aquí y solo aquí. Hemos perdido toda referencia a las realidades últimas y hemos decidido que la verdad es un consenso de la mayoría.

Tal vez habría que cambiar los cursos de filosofía por algo así como pasión por la verdad. Hasta suena como el título de uno de esos culebrones que los canales de televisión suministran a nuestro pueblo, afirmando que ellos presentan lo que el pueblo quiere ver. Ya decía el sabio maestro “ay de aquellos que hacen pecar a los más pequeños...” Pasión por la verdad o pasión por la mentira. He ahí el dilema.

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