SILENCIO OFICIAL

Patrimonio cultural indefenso: Orlando Acosta Patiño

Los medios de prensa reportaron el avance del 55% en la tercera fase de la cinta costera, a un costo de $782 millones, sin mitigar los daños que se ocasiona al paisaje marino de la ciudad de Panamá. Se informó que el proyecto ha generado 3 mil empleos directos y de esa cifra, el 85% beneficia a obreros de Barraza, en El Chorrillo.

Sin embargo, ni la condición de Patrimonio de la Humanidad del área de construcción ni su gran potencial turístico han sido suficiente para elevar la voz a favor del conjunto monumental e informar, a Panamá y al mundo, sobre su presente, pasado y futuro. El proyecto –definitivamente– tiene cifras, no voces.

Bajo el alcance de la inversión de mejoramiento vial de la ciudad capital, la vía Cincuentenario fue sacada del recinto arqueológico de Panamá Viejo. En este caso –como el anterior– ni el Patronato de Panamá Viejo ni el Ministerio de Obras Públicas ni el Instituto Nacional de Cultura (Inac) han sido capaces de contarle a la ciudadanía acerca de los hallazgos arqueológicos hechos durante el avance de los trabajos. Por ahora, no lograremos conocer los secretos guardados durante siglos sobre la vida del Panamá colonial –primera ciudad– en las costas del Mar del Sur.

Ahora que Panamá y el mundo celebran los 500 años del avistamiento del Mar del Sur, sobre el conjunto monumental –que la nación guarda bajo su custodia con la administración el Inac– se ha autoimpuesto las más efectivas mordazas, evitando contarle a la comunidad nacional y al mundo acerca del presente, pasado y futuro de este sitio que es patrimonio mundial. ¿Es este el papel del Inac?

La importancia de la primera ciudad en el Pacífico americano transita en contravía con la agenda de la Comisión del Quinto Centenario del Descubrimiento. El marco de la celebración era la excusa perfecta para lanzar una acometida informativa de carácter cultural que gritara lo extraordinario del evento, desde la perspectiva del primer asentamiento humano a orillas del Pacífico, ¡pero nadie dice nada!

Recientemente, la crisis del transporte urbano perturbó el espacio contiguo al monumento histórico del edificio de la antigua estación del ferrocarril, en la 5 de Mayo, con un parapeto de parada temporal para resguardar del sol y el agua a los cansados viajeros urbanos. Nadie ha salido al paso en su defensa o para dar explicaciones que justifiquen esa intervención. Así el edificio se transformó en un espacio de conflicto funcional que riñe con su condición patrimonial.

La empresa Odebrecht –ni siquiera bajo el alcance de algún programa de responsabilidad social empresarial– ha sido incapaz de hacer hablar a la institucionalidad y articular, bajo el alcance de un programa público, información sobre los hallazgos culturales que han arrojado estos proyectos. En este caso, el maridaje entre empresa privada y empresa pública no ha funcionado. El paradigma de responsabilidad social empresarial no ha sido validado en la experiencia panameña. ¿Y a quién le importa? Como si fuese un problema de dinero, a pesar de los miles de millones de dólares contratados, parece que no se consideró destinar un fondo para cubrir una buena exhibición con recursos museográficos adecuados y disponibles; esto habría logrado captar la atención de la población y explicar el modo de vida y la cotidianidad del habitante urbano del Panamá colonial.

El proyecto se ha impuesto, sin la posibilidad de rebasar una restricción que ha enmudecido la realidad de una perspectiva histórica supeditada al lente conflictivo del transporte y la movilidad urbana. Creo que se ha perdido una oportunidad. El Inac, junto al Patronato de Panamá Viejo –que incluye al Club Kiwanis y representantes de la banca y otros actores sociales–, el Ministerio de Obras Públicas y la empresa Odebrecht dejaron pasar el minuto de oro.

Los proyectos de la cinta costera, el reordenamiento vial en Panamá Viejo y la intervención –dizque temporal– al edificio de la antigua estación del ferrocarril tienen como común denominador el tema de vialidad y transporte urbano, uno de los más desafiantes que enfrenta la administración pública desde los últimos años y al que no se le niega ni la importancia ni la pertinencia, porque afecta con diversa intensidad los elementos del patrimonio cultural panameño. El desafío de resolverlo tiene un alto componente político. Este tema expone en la primera línea de fuego de opinión pública a los personeros de Gobierno, particularmente al sector cultura, que no ha tenido la capacidad de articular un discurso pertinente, responsable, oportuno y científico de la intervención, en beneficio de su gestión y del futuro del sitio patrimonial.

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