AMOS DESCONSIDERADOS

Perros en el parque: J. Enrique Cáceres-Arrieta

Desde hace años camino en el parque de El Cangrejo, Bella Vista. Allí he conocido a muchos y granjeado amistades. Mi filosofía es vivir en paz con todas las personas en cuanto sea posible. Hay seres humanos, no obstante, que no se comportan como tales sino como animales, sin razonamiento ni entendimiento. Son fieles creyentes del credo “Somos animales”. Con semejante programación, ¿qué conducta humana y cuerda se puede esperar? Ninguna.

Al ser afable y gustarme la gente, he trabado amistad con numerosos ciudadanos de distintas nacionalidades: panameños, colombianos, venezolanos, peruanos, chilenos, argentinos. En fin, americanos de habla hispana y también estadounidenses, canadienses, europeos. En el parque convive la ONU en miniatura.

Conversando con tantos y presentándolos entre sí, se ha formado un grupo que camina junto. Un día equis de la semana –después de caminar– vamos a desayunar. Durante el desayuno hay tertulias de variopintos temas: políticos, sicológicos, científicos, médicos, teológicos, sociales. Conversamos y discutimos todo, intentando arreglar al mundo, incluida Panamá.

En vista de que la cantidad de perros aumentaba en el parque y muchos dueños permitían que sus animales orinaran y defecaran por doquier sin recoger las deposiciones, una tarde conversé con la esposa del anterior representante de corregimiento. Le planteé la necesidad de corregir la situación. La mujer habló con su marido y en pocos días colocaron rótulos y bolsas plásticas con el objeto de que la mala actitud desapareciera.

El problema se corrigió bastante. La llegada exorbitante de inmigrantes a Panamá, empero, ha incrementado el número de canes en el parque, de tal manera que ya no solo hay personas haciendo ejercicios, sino también perros paseando con sus dueños; perros que descargan desechos fisiológicos por todos lados y cuyos amos no tienen la suficiente educación y consideración con el prójimo de recoger la caca, y evitar que el animal se orine en bancas, plantas, tanques de basura.

Asimismo, el “mejor amigo del hombre” estorba el paso de caminantes y trotadores porque sus queridos propietarios los pasean a lo largo de la calzada por donde transitamos, los sueltan, utilizan cadenas con largas correas y se distraen conversando, mientras hacemos “maromas” para evadir al can y pasar. Si eso no es abuso, ¿qué es? Me gustan los perros. Mis hijos tienen dos. El problema es el irrespeto al derecho ajeno.

Hace un tiempo, un extranjero (sin ánimo de parecer xenófobo, la abrumadora mayoría de personas problemáticas con perros en ese parque es extranjera) estuvo a punto de liarse a puñetazos con uno de nuestros compañeros porque se le exigió que no dejara el excremento de su mascota por ahí. Este ciudadano piensa que recoger y arrojar envases de otros a la basura le da derecho de convertir el parque en retrete perruno.

Innumerables han sido los incidentes en los que se les ha llamado la atención a los dueños de perros. No pocos han respondido con grosería, insultando, retando a pelear. A una joven se le habló al respecto. Al rato apareció un grandulón preguntando quién había sido el “hijo de la maceta” que “hizo llorar a mi novia”. Al indicarle que las cosas no habían sido así y cómo era posible empezar una pelea sin haber oído a la otra parte, el fortachón contestó que le creía a su “mujer”. Eso no es amor sino ser pendenciero.

Una fémina que conozco fue víctima de un perro suelto (no debe haber animales domésticos en soltura en el parque ni en ningún lado) que trató de morderla y la tumbó. La señora tuvo que ser hospitalizada. Me mostró la inflamación del pie y la pierna. No es la primera vez que el animal en cuestión causa problemas. En una ocasión trató de morderme. Le llamé la atención a la dueña (me habría entendido mejor con el perro). ¿Qué cree que replicó la susodicha? “Mi perro no muerde”. El cuatro patas quiere morderme delante de sus narices y la insensata afirma “mi perro no muerde”. Hay gente que niega hechos y cuyo sentido común está enfermo, o son niños en cuerpo de adulto. Si negamos hechos reales, quedan especulaciones y argumentos fundados en ignorancia, prejuicios, intereses. Ese mismo can quiso morder a un compañero del grupo y ella todavía tiene el descaro de afirmar que “no muerde”. Debe ser que no tiene dientes.

El día que el perro trató de morderme, denuncié a la señora en una oficina que la Policía Nacional tiene en el parque. Le llamaron la atención para que evitara problemas y lo mantuviera amarrado. Hasta el sol de hoy, la irresponsable doña sigue soltando al animal. Dizque entrenándolo. Como si el parque fuese para ese fin. ¿Haría eso en su país? Lo dudo. No ha cambiado de actitud porque no ha habido autoridad con pantalones. En otros países ha habido casos de personas que han matado o mordido al can que los muerde. No esperemos que suceda en Panamá. @earrieta

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