PODER DE CAMBIO

Políticos, ¿especies de otro mundo?: Jaime Cheng Peñalba

Conozco a un amigo que vive en el interior de la república que considera que los políticos son una casta especial de gente privilegiada, de cuyo círculo el “resto de las personas” no formamos parte porque no la entendemos o no somos capaces de asimilarla. Según este amigo, es normal que los políticos incumplan sus promesas porque tienen una agenda muy apretada en la cual somos una suerte de “vasallos”, que esperan su turno a ver qué nos cae de la mesa.

Llegar tarde, cambiar de agenda, prometer cosas irrealizables, dar teléfonos que nunca contestan porque están muy ocupados resolviendo los problemas de este planeta, son las características que mi amigo considera son propias de todo aspirante a algún cargo público y que no podemos cambiar porque “ya es así”. ¡Qué visión más reducida! La opinión de este amigo es parte de una percepción en la que subyace la baja autoestima colectiva que afecta a muchos poblados del interior, y que ha reforzado durante años la nefasta práctica del clientelismo político. “Después que nos toque algo” ya el político “cumplió” con nosotros”. Muchos de estos candidatos, en especial los que aspiran a ser diputados, son reverberos ambulantes, profesionales en calentar las orejas y en construir castillos de arena que luego las olas y el viento desintegrarán. Utilizan frases trilladas como: “Llámame para que hablemos”, “te invito a un café”, “anota mi número”, “te voy a tener en cuenta”, “tú eres mi hermano”, “no te voy a fallar”, etc., parecen extraídas del curso de “mentirología” del que casi ningún político se “pavea”, como lo hacen de la clase de ética y valores.

Conozco el caso de un candidato que tenía tres celulares con tecnología punta. Uno era para las llamadas importantes, es decir, de los donantes; otro para su familia, incluyendo a la esposa y la “querida”, y el tercero para el resto de la gente, es decir, los votantes, que casi siempre estaba apagado y solo se contestaba cuando al político le daba la gana. Muchos de ellos no tienen un plan serio ni cuentan con un equipo de gente responsable para cambiar las cosas que han funcionado mal por años. Lejos de eso, se rodean de personas intrigosas, envidiosas, celosas y sin ningún tipo de formación académica, quienes más que sumar, le restan. Les recomiendo a estos candidatos –que ni siquiera miran el periódico– que lean El arte de la guerra de Sun Tzu, en el que el autor muestra que a los enemigos no hay que menospreciarlos, y que si llegamos a ganar en la batalla, los prisioneros deben ser tratados con dignidad e integrarlos a nuestra causa.

Todavía no he tenido la suerte de toparme con algún político que no se crea el ungido para ganar las elecciones. Muchos invocan a Dios para su causa, como si tuvieran un monopolio sobre el creador de las cosas del universo. Nadie les gana en hablar pura “cháchara”, como dirían los españoles. Algunos se creen artistas de cine o de telenovela a los que hay que rogarles por su autógrafo.

Desde que se restableció la llamada democracia política, tras años de dominio militar, muchas han sido las frases que desfilaron por el escenario electoral. Títulos publicitarios como “El pueblo al poder”, “Ahora le toca al pueblo”, “Juntos con el pueblo”, “El pueblo primero”, no son más que consignas engañosas con las que siempre pierde, precisamente, el pueblo. ¿Hasta cuándo iremos jalando la carreta con los bueyes en la parte de atrás? Mientras muchos piensen de manera conformista, como mi amigo del interior, los políticos se encargarán de pisotearnos y vernos por debajo de ellos. No se trata de que pensemos siempre de la misma forma, ni de cambiar la idea de concebir la política.

El poder de cambio lo tenemos los ciudadanos que ejercemos el voto (de castigo si es necesario), la sociedad civil organizada, los gremios profesionales y los que ofrecen una propuesta distinta (aunque los tachen de radicales), no los políticos de “turno”. Ellos deberían ajustarse a nuestras exigencias, en vez de que seamos nosotros los que aceptemos sus “agenditas” cargadas de mentiras y falacias.

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