CAUTELA, TRANSPARENCIA Y PROBIDAD

Posición internacional

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Posición internacional

Todo buen análisis de la situación mundial toma en consideración la posición de los Estados en el sistema internacional. Los Estados mejoran su posición a través del aumento de su poder, clásicamente medido en términos militares, aunque también puede conceptualizarse según criterios económicos, culturales o morales (lo que se denomina “poder blando”). Aspectos como la institucionalidad democrática y la transparencia, entre otros, pueden formar parte de esta categoría.

Panamá no tiene posibilidades de mejorar su posición a base de la fuerza militar, pero sí puede hacerlo en términos de poder blando. En ese sentido, la corrupción y la mediocridad, rasgos sobresalientes de la partidocracia vigente en Panamá, atentan contra nuestra posición internacional, pues menoscaban significativamente nuestra reputación, debilitándonos frente a otros Estados, con consecuencias negativas para la población.

Tomando esto en consideración, es urgente que evaluemos con conocimiento, serenidad y prudencia las opciones realistas que la situación mundial nos plantea. Lamentablemente, los escenarios donde debería efectuarse este ejercicio –el Gabinete, la Asamblea Nacional, el Consejo Nacional de Relaciones Exteriores– están ocupados por la partidocracia que acapara hasta el mínimo espacio para someterlo a la rapiña sectaria y particularista.

En vista de estas circunstancias, recomendé a un viceministro amigo que el Gobierno panameño convoque a una junta nacional sobre asuntos internacionales, compuesta por gente conocedora y pensante (escasea, pero existe). Dicha junta propondría una hoja de ruta para nuestras relaciones exteriores, especialmente en sus dimensiones más complicadas.

Nuestra relación bilateral más importante es con Estados Unidos y lo seguirá siendo por mucho tiempo, pues a pesar de la gradual erosión de su poderío económico (que, eventualmente, reducirá también su fuerza militar y su atractivo cultural), la hegemonía estadounidense se mantendrá en esta región en los años venideros.

¿Cómo debe conducirse Panamá en el período próximo a iniciarse que, al parecer, será uno de acentuado unilateralismo, arbitrariedad y abandono de las tradiciones liberales? Con mucha cautela, transparencia y probidad. Ninguna de estas características es propia de la partidocracia burda y codiciosa, por lo que nos toca desarrollarlas y aplicarlas urgentemente a nuestras relaciones exteriores.

Después de Estados Unidos, tenemos con Colombia la relación más importante, cuyo estado es bastante malo. En el pueblo colombiano hay simpatía hacia Panamá, lo que debemos cultivar.

Sin embargo, la oligarquía que hace 200 años controla el gobierno de ese país manifiesta hacia Panamá un desprecio virreinal. A pesar de los fallos de la OMC, se resiste a eliminar sus aranceles sobre el calzado y los textiles reexportados desde la Zona Libre de Colón.

El presidente Santos trata con displicencia a nuestro mandatario (quien se lo aguanta) y, 113 años después de nuestra separación, la imagen de nuestro istmo permanece en el escudo nacional colombiano. Estos son solo tres ejemplos de un maltrato que nos perjudica.

Es hora de que Panamá se caracterice. Tiene los medios para hacerlo, pero la proverbial mediocridad y corrupción impiden que se tomen medidas inteligentes.

Con la excusa de que la cooperación para la seguridad, según la define el ejército colombiano, debe privar sobre toda consideración adicional, nos dejamos mangonear por el gobierno de ese país. Mientras, nuestros niveles de inseguridad se mantienen inaceptablemente altos. ¿Para qué nos sirve esa cooperación?

La ausencia de un discurso firme hacia el Gobierno colombiano contrasta con la retórica patriotera de algunos sectores, allegados al oficialismo panameño, hacia la OCDE y sus países más representativos. Pelearse con ellos o, peor aún, romper relaciones diplomáticas es una insensatez en un sistema internacional en el que dicho bloque tiene un peso enorme.

Lo que urge es adecentar el sector público, combatir la presencia de capitales mal habidos en nuestra economía y castigar con firmeza la corrupción. Esto es lo último que interesa a la partidocracia, pero lo cierto es que la OCDE nos respetaría si fuésemos un país más transparente.

¿Por qué recibe Costa Rica, un Estado más pequeño, con PIB y niveles de desarrollo humano levemente inferiores, mejor tratamiento que Panamá? En parte, porque su gobierno es menos corrupto, está compuesto por personal más calificado y es más democrático y respetuoso del Estado de derecho y los derechos humanos.

A Costa Rica no la zarandean como a nosotros. Aprendamos esta lección de nuestra vecina al oeste.

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