OTEAR LA POBREZA

Primaveral Medellín

Desde el metro cable de Medellín se logra divisar el mar de pobreza que baña la ciudad: un enjambre de casas deplorables, a medio hacer, en su mayoría de madera. Incluso se alcanza a ver –colgados de esta canasta de metal– el arrebato fatal que el fuego le ha hecho a una de las comunas. Otras construcciones son de ladrillos rojos y, desde la distancia, protegidos por la altura y el movimiento de un teleférico para nada turístico, se me ocurre que estamos viendo un Belén colombiano en el que a diario nacen decenas de criaturas en pesebres, desamparadas de futuro y de reyes magos.

Había que hacer el recorrido en el metro cable, uno de los medios que conforman el eficiente sistema de transporte de la ciudad. Porque los turistas quieren ver la comuna 13, el desgraciado sitio en el que toman lugar los sucesos de sangre más sonados de Medellín, una ciudad cuyo nombre no acaba de divorciarse de conceptos como sicario, narcotráfico y cocaína. A pesar de que los niveles de violencia han disminuido considerablemente, a Medellín se le asocia con uno de sus peores hijos, Pablo Escobar Gaviria. Pero hijo al fin, por eso es que su tumba es sitio de peregrinaje y por eso los taxistas no dejan de mostrar la casa–cárcel que él mismo se construyó.

Con el número de la mala suerte, la comuna 13 es un territorio de sobrevivencia brava, pero desde el metro cable se convierte en un paisaje lejano desde donde llegan ecos de historias macabras. Un día –comenta alguien que cuelga de la misma canasta– una bala perdida le llegó a la pierna de una señora que iba en una de las cabinas. Así como íbamos nosotros.

Se me hace morboso y perverso hacer turismo por el cielo de las comunas, volando por sobre los desvencijados techos de estos hogares humildes, donde vive gente que se vale del metro cable para ir a su trabajo cada día, a ganar el pan cada día, día a día, porque un día es un regalo en estos sitios. Por los días en que estuve en Medellín los miembros de una pandilla asesinaron a un habitante de la comuna 13 por equivocación. Y doble equivocación resultó porque además, este chico, de 24 años, era gestor cultural en su barrio.

Así son las crónicas que recorren estos cerros sembrados de casitas, que conforman una geografía trazada con los vericuetos absurdos y antojadizos de las construcciones surgidas de la necesidad y la desesperación.

Mis ojos solo alcanzan a sentir un interés social por el “paseo” en el metro cable. No me parecer divertido ver cómo viven los más pobres en la ciudad de la eterna primavera. Sin embargo, estas canastas son una solución acertada para el drama del transporte urbano y les otorga una mejor calidad de vida a los usuarios que, antes del metro cable, tenían que caminar hasta una hora para tomar un autobús.

Caminé tranquila por la ciudad que organiza el festival de poesía más grande del mundo, la que tiene ciclovías, un planetarium, un jardín botánico y un parque Botero en el que las voluminosas piezas le sonríen al lente fotográfico del turista.

En medio de la ambigüedad, tengo la certeza de que este lugar amable le ha declarado la guerra abierta a las balas con las armas de la cultura y la educación.

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