NUEVO GOBIERNO

Primero justicia: Roberto Brenes P.

No menos del 75% de los panameños nos sentimos aliviados y agradecidos con los resultados electorales del 4 de mayo. El proyecto de reelección disfrazada se frustró y el Presidente electo promete ser un servidor de los ciudadanos. Pero un nuevo gobierno no puede, ni legalmente ni moralmente, dejar de lado la aplicación de la justicia a aquellos que han protagonizado el gobierno más corrupto de la historia.

Se le atribuye a Octavio Paz la frase, “sin justicia la democracia es demagogia”. Ahora y aquí, esta sentencia no puede ser más cierta. Los panameños nos sacamos de encima el continuismo que proponía Ricardo Martinelli, no por su falta de obras ni por su poca diligencia. Nos lo sacamos de encima porque sentimos que este país no iba aguantar un quinquenio más de abusos, rapiña, vulgaridad y, sobre todo, de corrupción.

Resulta totalmente improcedente que ahora, habiendo pasado la página electoral permitamos, otra vez, el crimen sin castigo al que nos acostumbran la sucesión de gobiernos que hemos tenido. Pero esta vez hasta los mismos políticos se han asustado ante la perpetuación de un régimen de rapiña sin precedentes. Está en nosotros los ciudadanos denunciar y presionar para que se proceda por la vía legal contra todas las violaciones de la ley y los actos de corrupción.

Debemos empezar de inmediato con los casos de corrupción electoral. No solo se trata de invalidar las elecciones de circuitos. Se trata de aplicar lo que el Código Electoral tipifica como delitos y entablar los juicios que correspondan. Pero también de pedir la rendición de cuentas a los funcionarios de Gobierno que transfirieron bienes y recursos del Estado a estos candidatos, para su propio beneficio electoral.

Desde el Programa de Ayuda Nacional (PAN) hasta el Despacho de la Primera Dama, deben entablarse juicios por corrupción y abuso de autoridad a los que detentaban los cargos responsables de la rapiña. Y a los candidatos culpables, además de las sanciones electorales y penales, imponerles sanciones civiles para que devuelvan o paguen lo robado.

Nada me complacería más que ver al Estado cobrarles a los candidatos impugnados las sopotocientas refrigeradoras y las bolsas de comida que regalaron, sin que les costara.

El señor Juan Varela debe de inmediato instaurar una o varias fiscalías especiales que de forma sistemática investiguen los casos de alto y bajo perfil que hay. Los ciudadanos ya perdieron el miedo, y a los fiscales les sobrarán fuentes y sapos sobre los chanchullos.

No hay que empezar por los monos más gordos –ni por el mismísimo Lomo Plateado– sino por los simios de mediano nivel, particularmente, los allegados y familiares. Y, por supuesto, todas sus contrapartes empresariales. Los ministerios y secretarías y autoridades están llenos de historias de fraudes, sobrecostos, contratos pagados sin concluirse y contrataciones públicas hechas para que se cobren, pero no realicen.

Es necesario que se reabra el caso de Financial Pacific, en el que la Superintendencia de Valores tiene una papa caliente que no ha podido resolver, gracias a que los protagonistas principales han gozado de la protección de un íntimo del jefe, quien irónicamente tiene iniciales de Gestapo y es el Joseph Goebbels del gobierno en retirada. Allí, sin duda, se encontrarán indicios interesantes de otros escándalos.

Los fiscales deben ser rápidos, constantes y pacientes. La extensa red de negociados y porquerías flotará más temprano que tarde. Y con lo cobardes y llorones que somos los panameños, sobrarán los sapos que, a cambio de que los absuelvan o les alivien la condena, embarrarán para arriba; porque aquí nada pasó sin la autorización del supremo.

El éxito de estas gestiones dependerá de su seriedad e integridad. Debe haber justicia, no venganza, y un pulcro debido proceso sin persecución política. Pero es indispensable contar con el activismo ciudadano que respalde la acción judicial. No puede ser que los otrora limpios, hoy millonarios, y los millonarios, hoy archimillonarios, se tomen sus copitas en cualquier bar sin que nadie ni los silbe les tintinee una copa.

La corrupción es el mayor obstáculo a un buen futuro político. Las elecciones comprobaron que no tenemos diferencias ideológicas importantes y parece que sí nos gusta la libertad y la alternabilidad. Pero no podemos cultivar una democracia sana sin un país moralmente enfermo.

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