EL PAPEL DE LA IGLESIA

Prometido cumplido: Rolando Aparicio O.

Fue en la inauguración de un nuevo centro penitenciario que, finalmente, el Presidente de la República, le reclama a la Iglesia católica que reconozca en público las obras gubernamentales. Su tono gerencial emula al utilizado cuando se dirige a un ministro y le exige mayor celeridad en los proyectos atrasados.

El arzobispo, sentado, escucha y responde, dirigiendo la atención a realizar las obras como deber cristiano, y no buscando el beneplácito de los hombres: “Estuve en la cárcel y me fuiste a visitar” (Mateo 25, 31).

No es la primera vez que el mandatario reclama la poca o nula divulgación de sus obras; constantemente demanda a los medios de comunicación la misma preponderancia; es así como de la autocompasión: “Nadie reconoce lo que he hecho por el país”, pasa a sustentar la millonaria inversión en publicidad estatal. La constante promoción termina exaltando la imagen de quien gobierna, buscando hacer del apellido del gobernante una marca de poder, prestigio y dinero.

Nos preguntamos: ¿Si de faltar esta inversión millonaria en propaganda, los altos índices de aprobación de la actual administración serían los mismos? ¿La publicidad estatal ha buscado magnificar las obras, proponiéndolas como lo mejor que le ha podido suceder al pueblo?

A estas interrogantes, los publicistas responderían de la misma forma: este gobierno ha promocionado sus obras, como ningún otro y ahora, al finalizar su gestión, recoge con creces las utilidades. Dos minutos de cancioncillas para encumbrar la construcción de hospitales, aeropuertos, calles y avenidas, así como el Metro, quedan en ridículo ante los sonetos profundos que nacen de las carencias y las penurias que –a pesar de las obras, la gente pobre sigue viviendo. Pretender que la jerarquía católica promueva una gestión presidencial, sería pedirles que se aparten de la razón de su misión en la sociedad.

La petición oficial de reconocer las obras, cuando “hasta un ciego las puede ver”, podría ser más bien un reclamo a declaraciones que critican la corrupción, la falta de transparencia, la novedosa “guerra de tuits” que vemos, con mayor insistencia, en estos últimos años.

Al presente, si lo que se procura es sembrar una primera insinuación de parcialidad de los prelados católicos hacia un grupo político particular, para luego ir minando la institución “Iglesia católica” (con mayor nivel de credibilidad en Panamá), tal como pareciera suceder con el Tribunal Electoral (segunda institución con mayor nivel de credibilidad), advertimos que los fieles saben distinguir entre un cura que se codea con los políticos y la Iglesia, que como Jesucristo, no se deja manipular por los poderosos de su tiempo.

La Iglesia católica, sin candidatos a puestos de elección popular, no guarda silencio. La doctrina social de la Iglesia, sin demagogia alguna, ofrece aportes que pudieran ayudar en la búsqueda de un orden político, económico y social más justos. Aportes que dignifican la vida y defienden los derechos de todos los ciudadanos.

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