Promovamos nuestro agro e industrias

En Panamá se coarta el derecho inalienable de las personas a comprar y vender libremente, pasando leyes espurias para proteger a los clientes del Gobierno a expensas de la ciudadanía

Irving H. Bennett N. Víctor J. Fábrega V. se suma a los que intentan justificar el proteccionismo que tanto perjudica a los pueblos. Comienza y termina con el consabido recuento del proteccionismo de los países desarrollados –que es mucho menor que el de los nuestros– para justificar el proteccionismo criollo. Es lo mismo que decir que porque los países desarrollados son violadores, nosotros tenemos que seguir siendo violadores. Si ellos son esclavistas nosotros también tenemos que ser esclavistas. ¡Así sí que vamos a desarrollarnos!

Continúa con una importante verdad: “Por cada dólar que gastemos importando productos, tenemos que atraer de afuera un dólar fresco”. Yo, en mi economía doméstica, sólo puedo consumir en la medida en que produzco. Sólo puedo comprar en la medida en que vendo. Por el hecho de la división del trabajo y la especialización de las tareas, me vuelvo eficiente en una tarea y vendo el producto de ese trabajo para comprar los diversos productos de otros, especializados cada uno en lo suyo. Es igual que en los países.

Sigue con un argumento muy engañoso: “Digamos que un producto se venda en tres dólares, y que su valor es la suma de un dólar en materia prima, uno en manufactura y uno en mercadeo, total tres dólares. Cuando ese producto se elabora, vende y consume en el país, son tres dólares que circulan en nuestra economía. Cuando ese mismo producto es importado, son 2 dólares que se nos van del país; además de las fuentes de trabajo que perdemos, se nos va un dólar en materia prima y uno en manufactura, y sólo queda aquí el dólar de mercadeo”. Este hecho sólo es importante en la medida en que no exportemos en la misma proporción en que importamos. Cuando exportamos, el dinero viene a circular en nuestro país. Nosotros exportamos servicios legales, Canal, turismo, frutas, camarones, harina y aceite de pescado, bananas, etc. Pero gastar energía en producir lo que no es apetecido por los consumidores de otros países, o que no es competitivo allá, es igual que producir arroz ineficientemente de manera que no lo pueda vender rentablemente. O me lo como o lo regalo. Panamá tiene muchas oportunidades para producir bienes y servicios de exportación, que desaprovechamos por tener una fijación morbosa en producir aquí lo que es exótico para nosotros, como las cebollas, el tomate, la leche, etc.

Luego se le ocurre decir que la “baratura” de los productos importados no le llega al pueblo porque “se queda en el camino” –me imagino que se refiere a los intermediarios–. Con ello implica que el consumidor es tan tonto, tan tonto, que paga más por algo porque sea importado: Y añade: “¿qué le importa al pueblo si el producto está más barato o más caro si no tiene empleo y de todas maneras no puede comprarlo?”. Si alguno no tiene para comprar el importado, tampoco tiene para comprar el doméstico –que suele costar más–. Si no tiene cómo comprar es porque no está produciendo algo que otros quieran. Como dice San Pablo: “El que no trabaje, que no coma”. El autor insinúa que esa persona no tiene trabajo porque el dinero que se paga por la producción de lo comprado no circuló en el país. La respuesta es que los consumidores panameños son casi 3 millones y los productores de ese rubro son a lo máximo unos cuantos miles y que esas personas pueden dedicarse a otra cosa más productiva. Termina este argumento diciendo que “es preferible comprar el producto local que por lo general es más barato, y aun cuando no lo sea, y retener aquí las fuentes de trabajo y los ingresos para poder adquirirlo”. Argumento cazabobos. Siempre que la calidad sea igual, es preferible comprar lo que cuesta menos. Vuelvo a decir que para comprar hay que vender algo. Si en mi finquita todos trabajamos y producimos lo básico, pero no vendemos nada afuera, todos tendremos de lo básico, pero no podremos comprar lo que no producimos en nuestra finquita. Si queremos algo que no hemos producido, necesitamos producir un exceso de algo para vender lo que sea apetecible y económico para otros.

Más adelante se refiere a la corrupción “principalmente” en que “impide la ayuda y protección adecuada de nuestra economía y fuentes de trabajo”. Esta es otra falacia. La corrupción se propicia cuando se prohíbe algo bueno haciéndolo ilícito para proteger a unos cuantos “juegavivo”. El proteccionismo de España dio lugar a la piratería inglesa, holandesa y francesa, quienes tuvieron que defender a cañonazos su derecho a comerciar, porque a cañonazos se lo quería impedir la corona española. En Panamá se coarta el derecho inalienable de las personas a comprar y vender libremente, pasando leyes espurias para proteger a los clientes del Gobierno a expensas de la ciudadanía en general. Luego se usa la fuerza para implementar la expoliación.

También repite el desacierto común de culpar a los países desarrollados de ser los promotores de la globalización. Los promotores de la globalización son, en primera instancia, los consumidores que desean las riquezas de las naciones. En segunda, los productores que desean satisfacer las necesidades, gustos y antojos de esos consumidores. Sólo en tercera instancia encontramos a los gobiernos sensatos y atentos a las necesidades de sus ciudadanos, los que procuran promover y garantizar los derechos de sus pueblos.

Los puestos de trabajo y el dinamismo de la economía se logran produciendo bienes y servicios apetecibles. La manera de protegernos es ofreciendo bienes y servicios mejores y a menores precios que los otros. Necesitamos desbordar las defensas de ellos. Ellos no se defienden en contra de lo que no producen. Produzcamos lo que ellos no producen. ¡Podemos hacerlo!

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