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MALESTAR

¿‘Quo vadis’, Panamá?: Bogdan Kwiecinski

Hace casi 50 años, llegué a Panamá como miembro de un equipo de misión de la Organización de Naciones Unidas. Desde entonces, el país se convirtió en mi patria adoptiva y me fue grato disfrutarla por muchos años.

Siempre viví en el barrio de Buena Vista, siguiéndole el paso a los años y a las administraciones correspondientes. Eran tiempos agradables, quizás no para todos, pero sí para la mayoría de los habitantes de la ciudad. El edificio más alto era el Atalaya y, en Punta Patilla, solo crecía pasto para las cabras. No conocíamos los tranques, mientras que el transporte público era atendido por los venerables busitos o “chivas”.

Por muchos años, no tuve que poner alarmas en mi carro ni en mi casa, incluso dejaba el auto sin cerrar... hasta que los ladrones empezaron a llevarse las radios y después, los propios vehículos. Posteriormente, vinieron los robos a mano armada y el incremento de la violencia.

La población urbana se limitaba al casco urbano, la mayoría de los habitantes vivía en el campo. No había migraciones masivas hacia la capital. San Miguelito empezó como un asentamiento de interioranos, y era una sensación por su folclor y sus misas criollas. Sus alrededores estaban despoblados. Por cierto, el lugar tenía problemas con el suministro de agua potable y la recolección de la basura, pero eran manejables, porque se producía suficiente agua para el consumo interno.

Hoy día, todo eso ya es historia. Ahora el país se torna inmanejable, independientemente del partido que llegue al poder. Han sido muchos años de manejo incompetente, de galopante corrupción –sea de la oligarquía o de la dictadura militar– y de una seudodemocracia. Mucho más allá de atribuir todos los males del país al pasado colonial español o al imperialismo estadounidense, lo anterior es en realidad lo que más nos afecta.

Como muestra del masivo deterioro, a lo largo de los últimos 50 años, pude observar cómo se fue deteriorando el abastecimiento de agua, el servicio de recolección de la basura y el transporte público, todo debido a la incompetencia y a la reinante corrupción en las instituciones responsables.

Ahora bien, hay un dicho que reza: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen” y viceversa. Los periódicos y la televisión están llenos de reclamos por el despilfarro de agua y por los cochinos que son ciertos ciudadanos, entre otros problemas que repercuten de forma negativa en el medio ambiente. En el campo prolifera la quema de docenas de hectáreas cada día, la deforestación masiva de las áreas boscosas y la destrucción sistematizada del Darién. Estos males podrían ser solucionados con modestos presupuestos nacionales y mediante la cooperación ciudadana, sin burocracia y sin la reinante corrupción e incompetencia, pero nadie hace nada.

Un típico ejemplo de la ineficiencia, desidia y corrupción es que hay más de 20 millones de dólares en multas acumuladas por mal manejo (en la mayoría los camiones y volquetes), pendientes de pago en la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT), incluso desde el año 1990. ¿Qué clase de corrupto e incompetente manejo tenemos que no se ha cobrado ni la mitad de esa deuda?

Pregunto: ¿Quo vadis, Panamá? Y respondo: A ningún lado, pues parte de la sociedad está enferma, dedicada enteramente al consumismo y al “juega vivo”. Con este gobierno, también vamos camino a un Estado fallido, enfermo de gravedad, porque aún reina la corrupción.

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